Cómo saber si has perdido la conexión con tu instinto maternal

 

Cuando una mujer queda embarazada vive un proceso muy fuerte de conexión con su instinto maternal. De repente una se encuentra con una sensibilidad mucho más acentuada que antes. Pasa con los sentidos: el olfato de sabueso, la vista, la sensibilidad a los ruidos. También a nivel físico: la comida ya no sabe igual, sentimos deseo por unos alimentos y aversión por otros. Es como si de repente el cuerpo nos gritase lo que necesita, lo que es bueno o malo para el bebé y para nosotras mismas.

A nivel mental pasa exactamente lo mismo. Antes de estar embarazadas, teníamos unas ideas de lo que íbamos a hacer respecto al bebé, de cómo lo íbamos a criar, de en qué momento íbamos a hacer tal o cual cosa. Y como si de nubes se tratase, esas ideas a veces toman fuerza y a veces se van desvaneciendo.

Poco a poco va ocurriendo un cambiar de opinión sobre de todo lo que el entorno y nuestra propia infancia nos indica porque nos encontramos con un latido interno que nos dice lo que sí y lo que no. En esos momentos la conexión con el instinto maternal y las necesidades de nuestro bebé (nacido o por nacer) es muy grande.

A partir de aquí pueden ocurrir dos cosas. Una es que el entorno y nuestras historias de apego sean más fuertes que esa llamada y que la vayan silenciando poco a poco. Lo de afuera comienza a “pisotear” las indicaciones instintivas de la mamá y poco a poco ésta se va desconectando de él, siguiendo las indicaciones de todo el mundo, que a veces son contradictorias entre sí y la mayoría de las veces con el instinto maternal.

Entonces haremos por adaptar al niño a esas indicaciones y negaremos nuestro propio instinto maternal y los reclamos de tu hij@ que llorará, enfermará, vomitará y hará lo que sea necesario por recuperar a su mamá conectada, tal y como su instinto de supervivencia le dicta. Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con él ya desde antes de nacer.

Lo de afuera comienza a “pisotear” las indicaciones instintivas de la mamá

También puede ocurrir que nuestra voz interior sea más fuerte que la exterior. Entonces nos sentiremos extrañas en un mundo que nos parece hostil y con poco en común con nosotras. Entonces buscaremos otros apoyos, en los libros, en los estudios, en los grupos de mamás y, si tenemos suerte, los encontraremos. Si esto ocurre, entonces esa voz se convertirá en un grito y tendremos que confrontar al entorno, a lo de afuera, y encontrar nuestras propias estrategias para sobrevivir a la experiencia de la maternidad contra el mundo.

Todas nosotras nos situamos en algún punto de estos dos extremos. Pero no nos engañemos, los dos son lugares muy incómodos que nos llevan desde la culpa por no seguir el instinto, la inseguridad de haber perdido el pulso de lo que el bebé necesita, a la necesidad de complacer y hacer caso a lo que nos dicen o el miedo a perder el control o cometer errores.

Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con el bebé ya desde antes de nacer.

Pero el problema no es que lo que nos digan no esté bien. Seguro que cuando alguien nos da un consejo es porque le funcionó, o porque hay un estudio que lo avala, o porque hay un porcentaje de niños con los que funciona, pero eso no quiere decir que vaya a funcionar con mi hijo. Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los bebés pero no con MI hij@. Mi hij@ es único y ese libro está por escribir, y lo escribiremos mi bebé y yo.

Pero el asunto aquí no es que lo que dice el entorno esté bien o mal, sino que al escuchar a lo de afuera, dejamos de escuchar a lo de dentro: a mi misma y a mi hij@. Para saber qué necesita mi hij@ necesito entrenar la conexión con mi instinto que funciona como un músculo. Y eso sólo lo conseguiré mirando a mi bebé y escuchando mi interior. Las recomendaciones y opiniones están bien siempre y cuando las pongamos a prueba con la mirada hacia a mi hj@ y a mi misma. Entonces sabremos qué está bien o qué no está bien, en ese momento, para nosotros.

¿Y por qué nos pesa tanto el afuera? La mayoría de las mamás venimos de historias de apego inseguro, esto es, con nuestros instintos trastocados, más desarrollados en la parte de la supervivencia, con una gran tendencia a respuestas desproporcionadas ante el estrés. La inseguridad, el miedo, la culpa, son activadores de adrenalina, hormona que inhibe la tan necesaria oxitocina tanto en el parto como en la lactancia. Para mi esa es la causa principal de los partos complejos que acaban en cesáreas, los problemas de lactancia y de establecimiento de un apego seguro con nuestro hij@: El miedo, el miedo a soltar, a dejarme ir, a confiar, a ser.

Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los hij@ pero no con MI hij@

En mi opinión, lo más importante para ayudar a que estos bebés puedan disfrutar de una infancia feliz, con mamás sensibles a sus necesidades, pasa por que reeducar el entorno, para que entre todos aprendiéramos cómo apoyar a las mamás, antes y después del parto, para que hagan lo que su sabiduría interior sabe hacer.

A las mamás no hay que enseñarles nada. No lo necesitamos. Sí necesitamos médicos que nos ayuden con las enfermedades de nuestros hij@s, sí necesitamos papás, abuelas, amigas que nos apoyen -sobre todo emocionalmente- que nos digan que estamos haciendo lo que podemos, que nos quiten de las tareas que nos apartan de él, que nos escuchen y que nos digan la frase mágica: ¿qué necesitas?. Entonces la maternidad será más fluida y tan placentera como nos venden en la TV (o casi).

Con todo, esta tarea me parece bien difícil, porque ese entorno también viene de un sistema de apego inseguro, muchas veces ansioso y otras desconectado y empuja a las nuevas mamás a hiper angustiarse realizando intervenciones médicas excesivas, obligando a comer a sus hij@s, con un exceso de medicación, etc. o a desconectarse emocionalmente de ellos (dejándolos llorar, ignorándolos cuando hacen berrinche, no arrullándolos, con el uso excesivo de carreolas, balancines y demás aparatos), con la demonización de la dependencia, etc.

En mi experiencia la prevención es difícil porque parece que la maternidad es fácil, que se trata de tener controlado a los hij@s, de no mal educarlos y ya está, pero no es así. Todas antes de ser mamás decimos “esto no me va a pasar a mi” y luego me pasa eso y más. Las mamás embarazadas están pendientes del parto y poco más: cómo cambio pañales, cada cuanto lo alimento… es decir, cuestiones prácticas, el manual de instrucciones, pero nadie las prepara emocionalmente para lo que va a suceder o para acoger y atender de forma sensible a sus hij@s, muchas veces porque no lo consideran importante.

Y esto es lo que hay que cambiar, lo que vamos a cambiar, entre todas y todos. Contar nuestra experiencia ayuda, criar y educar a nuestra manera en entornos “no amigables” también ayuda, compartir estudios que apoyen el bienestar de los niñ@s y de las mamás puede ser una opción. Pero sobre todo recordar pedir ayuda para reconectarnos, para re-aprender a mirar a nuestr@s hij@s con otros ojos, los ojos de mamá conectada, sensible. Y desconectarnos de los deberías del afuera, de los libros de crianza que hablan de los niños y sus etapas como si fueran coches en lugar de personas. 

Tu hij@ es único y necesita tu mirada única. Saber qué necesita, cuándo, qué te está pidiendo y cómo se lo puedes dar, es lo que hará la diferencia en tu vida en esta etapa, pero sobre todo, marcará la diferencia en su infancia y, desde aquí, en su vida adulta.

Si te ha gustado esta entrada, por favor, compártela porque puede ayudar a muchas otras mamás. Si quieres que te acompañe personalmente en tu proceso de reconexión, en esta etapa de tu vida tan apasionante como es la crianza, cuenta conmigo y mira aquí como te puedo ayudar.

Por tu felicidad y la de tu hij@

Los pediatras no deben opinar de crianza

Se que este post no le va a gustar a muchos, pero creo que es muy necesario empoderar a las mamás en este sentido y, como siempre, me pongo a su disposición para contestar a sus comentarios. Intentaré ser lo más respetuosa y clara posible.

El otro día en un comentario a uno de mis posts, una mamá me explicaba que había llevado a su hija de un año a la guardería porque el pediatra le había dicho que estaba demasiado apegada y que necesitaba estar con otros niños. Tengo que decir que cuando lo leí de verdad me molesté. Le di una respuesta a la mamá, en caliente, y me gustaría ahora explicarme con más detalle.

Los pediatras, en general, son grandísimos profesionales, dedicados, con una gran sabiduría en cuanto a enfermedades y dolencias infantiles, prevención, diagnóstico, tratamientos, etc. Cuando una mamá tiene una preocupación sobre la salud de su hijo, ya sea un salpullido, una tos, una caída, o lo que sea de esa índole, mi consejo siempre es: llévalo al pediatra y haz lo que te diga. Y si no te convence su diagnóstico, ve a otro pediatra.

En cambio, cuando una mamá viene diciendo que el pediatra le dijo que debía hacer tal o cual cosa en relación con cómo es criado su hijo, los criterios de los papás en cuanto a cuando llevarlo a la guardería, si es muy demandante o no (esto es totalmente subjetivo de cada niño y cada mamá/papá), cuánto o con quién debe dormir, si la mamá quiere seguir dandole pecho (sea cual sea la edad del bebé), o si es manipulador, mañoso, malcriado o si le debe cuidad la nana o la abuela, sólo puedo decirla una cosa: un pediatra no sabe nada de crianza por ser pediatra. Otra cosa es que se haya especializado en crianza, lactancia o la disciplina que sea. Pero ya no será su opinión como doctor o como pediatra. Será en calidad de otra cosa (persona que se informa de crianza??? no lo se).

Un pediatra no sabe nada de mi, de mi vida o de cómo es mi bebé (a nivel emocional o psicológico) ni tiene derecho a opinar con quién duermo yo o duerme mi bebé, si quiero seguir dándole pecho, de si está muy apegado a mi o no, de si mi bebé me manipula o no (no es su problema), o por supuesto cuando es la edad idónea para que mi hijo vaya a la guardería, si lo debería atender la abuela o la prima, o si lo consiento o no. Puede parecer fuerte pero no es su problema. No es un psicólogo infantil, ni experto en traumas de la primera infancia, ni en apego, ni en lactancia

En la carrera de pediatría no se da la asignatura de crianza, ni siquiera les enseñan sobre teoría del apego, lactancia, trastornos psicológicos en la primera infancia. Lo que nos sueltan en la consulta, la mayoría de las veces sin que se les pregunte, son puras opiniones, como las puede tener cualquiera: yo, mi abuela, la abuelita del pediatra o la vecina de al lado. Lo que pasa, es que todo lo que sale de la boca de cualquiera con una bata blanca (incluida la señora que sirve las tortillas en el Superama), en un momento tan vulnerable como es la maternidad, cala profundamente en nuestro interior y nos lo creemos a pies juntitas. Es más, nos siembra una duda que nos aleja de nuestra sabiduría interior y refuerza la opinión externa que te aconseja: “ves, si hasta el pediatra lo dice”. Entonces empezamos a tomar decisiones contradictorias, totalmente alejadas de lo que nos indica lo que sabemos de nuestro bebé (con el que hemos estado muchas más horas que el pediatra y lo conocemos mejor) y de nuestro sentido común. La culpa y la opinión externa ganan. Y nuestra autoestima, nuestro instinto, y lo más importante, nuestro bebé pierden. Así de injusto.

De crianza no debería opinar ningún pediatra. Ni Carlos González, al que sigo, admiro y cito en muchos post, si lo hiciera solamente en calidad de pediatra. Él mismo reconoce que tras acabar la carrera de pediatría no sabes nada de crianza. Él se interesó en el tema y se convirtió en un experto cuando comenzó a investigar acerca de crianza respetuosa con la infancia y de los trastornos asociados a su carencia. Sólo hay que leer sus libros para ver cuántas referencias menciona a estudios científicos, psicólogos infantiles y expertos en trauma infantil.

Igualmente tengo que decir, para que no se me mal interprete,  que por el mundo hay excepcionales pediatras, expertos en tratar patologías en niños, enfermedades, prevención, etc, que es su campo. Algunos de estos buenísimos profesionales opinan de crianza y otros no. Nuestra labor como madres es buscar a estos profesionales, darles todo el crédito en su ámbito de sabiduría y experiencia pero dudar a la hora de seguir sus consejos de crianza. Unos consejos serán buenos y otros malos, igual que los de la vecina.

De entre estos buenísimos profesionales yo prefiero aquellos que son respetuosos con mi bebé y conmigo. Es decir, no obligan a mi hija ser examinada contra su voluntad sólo por rutina y si es estrictamente necesario lo hacen con el máximo respeto y sin insistir; no la tratan como si ella no estuviera allí, sino que se dirigen a ella y son cuidadosos con sus comentarios: “esta niña está muy mimada” o “es una cuentista” o “esta niña es un poco manipuladora”. Para mi el límite salta cuando oigo algo acerca de mi hija que me molestaría que lo hubiera dicho de mi: “señora está usted muy mimada” o “es usted un poco cuentista” o “es usted un poco manipuladora”. Si alguna vez le escucho esto a algún pediatra, o a cualquier persona, creanme que notará mi disgusto y no me volverá a ver por su consulta.

Otra señal de un pediatra poco respetuoso es que me regañe. Este punto me da hasta risa. Nadie puede tomarse la libertad de regañarme. Soy una adulta, soy madre y todas, todas y cada una de las decisiones que tomo a lo largo del día, las tomo porque creo que hago lo mejor para mi bebé y tomo responsabilidad por ellas. También apechugo con las consecuencias. Y no sólo yo, esto es cierto para todas las madres del mundo (menos las que tengan un trastorno severo de la personalidad). Entonces: “no me regañe señor pediatra, lo que hice lo hice pensando que era lo mejor para mi bebé (como siempre), pero quizá me equivoqué porque soy HUMANA, igual que me he equivocado viniendo a su consulta. Buenas tardes”.

Busquen a esos grandísimos profesionales de la pediatría que aman su trabajo y a los niños, que son respetuosos con ellos y con nosotras. Eso es lo que merecemos, un trato respetuoso y razonable, nada menos que eso.

Ya saben que sus comentarios son bien recibidos.

Les mando un beso

La crianza con apego no debería existir

La crianza con apego está de moda. Hay cientos de grupos en Facebook, blogs, páginas y páginas sobre este tema Pero ¿qué es el apego?

Me gustaría empezar por lo que no es. El apego NO es portear al bebé, ni hacer colecho, ni amamantar hasta los cinco años. El apego no tiene nada que ver con estas prácticas. Una mamá puede amamantar, hacer colecho, portear y aun así no estar favoreciendo un apego seguro en su bebé.

El apego es algo que el bebé hace cuando nace: apegarse. Se apega a la figura maternante que tiene a la mano. Normalmente la madre. Es un instinto más como llorar cuando le pasa algo, un reflejo más como el de succión, el del moro, el de extrusión y todos los demás. ¿Y por qué lo hace? Para sobrevivir. Si no hubiera nacido con la capacidad de apegarse o esa capacidad estuviera condicionada, entonces, el ser humano se habría extinguido hace miles de años.

Entonces, ¿a qué viene tanta historia con el apego? ¿No hay que hacer nada para que un bebé se apegue? La respuesta es que no, no habría que hacer nada. De hecho decir crianza con apego no tiene sentido, debería ser una redundancia, como decir subir arriba. El bebé nace y se apega. Se apega con un chupón, se apega con una mantita, con un osito de peluche. ¿Por qué no se apega a su madre? ¿por qué hay tantos niños y adultos con problemas de apego?

El problema con el apego no es el niño que acaba de nacer. El bebé se apega y ya. Pero, como para pelearse, para apegarse también hacen falta dos: un bebé y una figura maternante. Aquí está la cuestión. La madre tiene que ejercer de figura a la que apegarse y esto es lo que dificulta el apego seguro. Si no hay nadie a quien apegarme, no puedo hacerlo.

Nosotras las mamás hemos perdido el instinto de apego. Nuestras madres ya lo habían perdido. Se limitaron a sobrevivir emocionalmente y no había más que nos pudieran ofrecer. Esa distancia emocional con nuestra propia mamá hizo que nosotras tuviéramos que sobrevivir sin el apego seguro que tanto anhelamos para nuestros hijos.

La falta de contacto físico, de sustancia materna (como diría Laura Gutman), de confort, de contención emocional, de apoyo incondicional, de presencia, de ternura, de disponibilidad, del que carecimos de niñas, es el mismo del que carecemos ahora de adultas. La cosa no fue muy diferente en nuestra infancia.

Crecimos en la distancia emocional como pudimos. Pero ahora somos mamás y revivimos nuestras historias de apego inseguro de nuestra infancia. Queremos darle lo mejor a nuestros hijos, les cargamos, les damos la teta, leemos el libro y lo seguimos a pies juntillas. Y aun así nuestros bebés siguen demandando mamá y no entendemos qué más tenemos que darles. Según crecen los problemas de apego se hacen más evidentes. No digamos en la adolescencia.

¿Y qué pasó? ¿Qué faltó? Faltó figura maternante. Faltó presencia, disponibilidad, blandura, disponibilidad emocional, aceptación incondicional. Faltó cuerpo, calor, movimiento, ternura.

¡Pero si yo le di todo! Exacto. Le diste todo lo que tenías. Y no se te puede pedir más. Le diste todo lo que estaba en tu mano. Y eso te hace la mejor mamá que tu bebé pudo tener.

El problema del apego es en realidad un problema de consciencia. De falta de consciencia sobre nuestras propias carencias infantiles. Sobre nuestra falta de maternaje. Sobre nuestra falta de modelo materno. Ese es el modelo que deberíamos tener introyectado en nuestro ser. Pero en lugar de ese, tenemos el otro. ¿Somos culpables? No. ¿Somos malas madres? No. ¿Nuestras madres lo fueron? Claro que no. Tuvimos la mejor madre que pudimos tener bajo las circunstancias en las que se formó. Somos la mejor madre que podemos ser en las circunstancias en las que devinimos madres.

¿Cómo puedo crear un apego seguro en mi bebé? Primero tomando conciencia de tus propias carencias emocionales. Luego de tus propias limitaciones como madre. Reconocerlas y aceptarlas tal y como son. Sin pretender se mejor de lo que eres, pero sin esconderlas tampoco. Después poniendo mucha consciencia sobre ellas, dándote permiso para fallar, para ser humana y así poder volver hacia tu interior. Hacia lo que sí hay. Mirar a los ojos a la sombra y decir: ok, está bien, pero es hora de dar un paso hacia adelante.

Un gran paso es reconocer que tu bebé está bien, que sus reclamos son legítimos. Que si me necesita es porque no me tiene, o no me tiene lo suficiente. Pero que si él así lo reclama, él está en lo cierto, porque él todavía está bien. Obligarlo a dormir solo, a comer lo que no quiere, doblegarlo, someterlo a la voluntad de terceros (familia, doctores, etc.) es repetir el círculo.

La crianza así es más difícil para nosotras. Pero se lo debemos a nuestros hijos. Somos una generación que queremos dar lo que no hemos recibido. Esto nos honra. Somos mamás vórtice. Estamos aquí para cambiar el mundo, queramos o no. Ya lo hicieron antes las que reclamaron los derechos para las mujeres. Las que nos dieron la capacidad de votar. Ahora nos toca a nosotras defender las necesidades de nuestros hijos. Reconocer que yo también necesito estar 24 horas al día con él, sin vergüenza. Y reconocer también que ya no soporto más estar con él, sin culpa. Sacarle de las fauces de un doctor desconsiderado. Llevarlo a mi cama aunque su propio padre no lo entienda.

El porteo, el colecho, la lactancia son herramientas que nos pueden ayudar a que la vida pegadas a nuestro bebé sea más fácil y más agradable. Nos ayudan a conectar con nuestro bebé, pero sobre todo nos ayudan a conectar con nosotras mismas, con nuestro ser esencial, con nuestro instinto maternal. Pero muchas veces lo que encontramos en la conexión no es lo que esperábamos. A veces encontramos incomodidad, rechazo por el bebé, somos incapaces de dar una gota más de nosotras mismas. Esto no es porque somos malas madres, ni debemos sentir culpa. Esto son sólo síntomas, pruebas de nuestra propia falta de maternaje. De nuestra necesidad desmedida que, como un agujero en el alma, drena toda nuestra ternura y capacidad de dar amor.

¿Qué hacer cuando esto pasa? Primero tomar consciencia. Después hablar a nuestro bebé. Decirle lo que nos pasa. Lo que nos pasó. Que estamos ahí para él, pero que necesitamos un momento, un poco de la energía que nos queda para ponernos una vendita y seguir entregándole lo que tenemos. Que no nos vamos a ir a ningún sitio. Que estamos y estaremos para ellos. Ellos lo entenderán.

Y en cuanto podamos pedir ayuda. Gritar ayuda. No a nuestro esposo o a nuestra mamá. Ellos no sabrán ni de qué les estamos hablando. Me refiero a grupos de mujeres en nuestra misma situación y también a ayuda profesional especializada. Hay muchos expertos en inteligencia emocional, en sanar infancias desde adultos, psicólogos especialistas en apego, terapia de familia, constelaciones familiares, coaching para mamás, terapia de sanación emocional, biodanza, a cualquier terapia que te reconecte con tu ser. No importa qué terapia tomes. Pide ayuda, acepta ayuda.

Ahora es un momento fundamental en la vida de tu bebé, pero aunque ya haya pasado el tiempo, nunca es tarde para sanar.

¿Eres una madre lo suficientemente buena?

super-951190_1280En todo este lío de la maternidad, hay una cosa que tengo diametralmente clara: todas las mamás del mundo quieren lo mejor para sus hijos. Punto. Unas ponen el foco en la alimentación, otras en la educación, unas los llevan a los “mejores” colegios y otras los educan en casa porque consideran que eso es lo mejor para sus hijos. Como sea que lo quieran conseguir, todas lo hacen pensando en el bienestar de sus hijos. Esto está claro.

Muchas veces, esta intención nos lleva a realizar un cambio radical de vida y a renunciar a aspectos importantes. Aunque no lo veamos como una renuncia, en muchas ocasiones este cambio de vida nos hace pagar un precio bastante alto: físico, emocional, económico, de realización personal, etc. 

Una vez que hemos elegido un camino, normalmente nos ponemos en una posición bastante radical en cuanto a la crianza y nos juzgamos unas a otras de forma muy dura. En este sentido, para mi, cada mamá conoce mejor que nadie su vida, la vida de su familia y a su hijo y nadie tiene derecho a juzgar. Educamos como fuimos educadas. Hacemos todo lo mejor que sabemos y aun así, parece que no es suficiente. Nos visita la culpa varias veces al día. Descubrimos facetas propias que no nos gustan. Y en muchas, muchas ocasiones nos sentimos fatal con nosotras mismas.

Por este motivo, me gustaría  compartir contigo un concepto que me pareció de lo más interesante: La mamá lo suficientemente buena, acuñado por Donald Winnicott. Este célebre pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés, se especializó en el estudio de la relación mamá-bebé y las implicaciones de esta relación en el infante a lo largo de toda su vida.

Según Winnicott, la mamá influye en la vida de su hijo de manera significativa, sobre todo en lo emocional y en lo psicológico, hasta el punto que de sus cuidados depende que éste se desarrolle plenamente. Ahí es nada.

Para este experto, la mamá lo suficientemente buena es la que desarrolla un instinto que le hace poner las necesidades del bebé por encima de las propias, está más atenta a los ritmos del bebé que a los suyos propios y es capaz de verlo como un ser integral con todas las potencialidades en su interior. Esto sería la mamá que se quita el abrigo para tapar a su bebé, la que decide comer cuando su bebé ya se ha dormido porque percibe que tiene sueño o la que le deja que se suba a la silla solo porque ya se ha dado cuenta de que el niño ya puede hacerlo por sí solo. Hasta aquí vamos bien.

En lo que se refiere a necesidades físicas parece que todas nos sentimos más o menos cómodas al ejercer la maternidad. Pero la cosa se pone un poco más difícil cuando hablamos de necesidades emocionales. Para Winnicott, un cuidador lo suficientemente bueno, es aquel que busca trascender las limitaciones personales, sus estados de ánimo y sus propias reacciones en beneficio de los pequeños. En este sentido, al ponerse en lugar del bebé, la madre se vuelve capaz de darle el amor y cuidado que sus requerimientos físicos y emocionales requieren. 

Aquí ya vamos un poco más limitadas. Esto no es tan fácil como podría parecer en un primer momento. A veces somos excesivamente individualistas y somos incapaces de ver las necesidades del otro (hijo o no hijo) dado el tamaño de nuestra propia necesidad. Otras veces la limitación es la falta de habilidad de poner límites de forma amorosa. Y no me refiero solamente a nuestros hijos. También suele ocurrir que nuestro propio perfeccionismo nos haga ser irracionalmente exigentes y rígidos con nuestra forma de crianza y con el trato al prójimo (y sí, aquí estoy pensando también en nuestras parejas).

Así nos pasamos la vida saltando de la autoexigencia feroz al reconocimiento de las propias necesidades, que tampoco llegamos a cubrir porque la culpa llega para hacer estragos en nuestra realidad emocional. Queremos ser buenas madres pero sentimos un vacío interior tan inmenso, una necesidad emocional tan grande que no nos llega para dar lo que nosotras mismas nos exigimos.

Y ¿por qué nos resulta tan difícil?. Lo que más nos limita en realizar nuestra función de cuidador suelen ser las limitaciones de nuestro propio carácter. Los rasgos dominantes y automáticos que quedaron fijados en nuestra más tierna infancia al defendernos de formas de crianza irrespetuosas e invasivas y de aceptar inconscientemente como buenos estos patrones.

Esta visión de la maternidad es, además de irreal, muy dañina para nosotras mismas y sobre todo para nuestros hijos. Si tenemos en cuenta la definición de Winnicott, este experto no dice que el buen cuidador es el que es capaz de trascender sus limitaciones personales, sino el que BUSCA trascenderlas. Y aquí está la diferencia, sutil pero importantísima porque aquí estamos la gran mayoría de nosotras.

Él no habla de ser una madre sufrida y dedicada que entrega su vida al cuidado de su bebé. No. Tampoco habla de dejar el trabajo, ni de dar la teta hasta los siete años ni nada de esto. ¡Ojo! que no estoy diciendo que esto no sea deseable ni conveniente, sino que no es imprescindible ni mucho menos suficiente. A veces no se puede, y eso está bien. A veces no se quiere, y eso también está bien. Lo que nos convierte en un buen cuidador es buscar trascender nuestras propias limitaciones y buscar alternativas que permitan llegar a cubrir las necesidades de nuestros bebés de forma balanceada con nuestra forma de vida. ¿Y de esa forma también somos buenas madres? Sí, así somos madres lo suficientemente buenas también.

Efectivamente, ser un cuidador suficientemente bueno es un trabajo de tiempo completo que exige una apertura a la transformación personal sin precedente para comprender, aceptar y cubrir nuestras propias necesidades para ser capaces después de cubrir las necesidades del bebé. Sin esta apertura y esa autosuficiencia emocional será muy difícil darnos cuenta de cómo resolver nuestros propios dilemas personales antes de que pueden llegar a limitar el desarrollo emocional, psicosocial y cognitivo del niño.

Puede que no sea fácil, pero espero que sirva que recordemos que el punto óptimo está en la búsqueda, en la intención y en la indagación personal para sacarnos las autolimitaciones y los autosabotajes que seguro también impactan en otras áreas de la vida.

¿Y cómo lo hago? 

  1. Sigue como vas: lo estás haciendo muy bien.
  2. No te dejes engañar: tú sabes qué es lo mejor para tu hijo.
  3. No te engañes a ti misma: tienes necesidades. Míralas de frente. Acéptalas. Atiéndelas.
  4. No te cuentes cuentos. No busques excusas: tú sabes lo que necesitas. Si tú no estás bien, ninguna persona a tu alrededor lo estará. Tu hijo el que menos.
  5. Busca ayuda. Grita ayuda: ayuda profesional de un coach, un psicólogo, lo que mejor te cuadre, pero siempre especializados en lo que te pasa a ti, alguien que te entienda; busca a alguien que te ayude con la limpieza; busca a alguien que te ayude con los niños; busca un gimnasio con guardería; busca lo que o que sea que necesites PARA ESTAR BIEN TÚ.
  6. Busca tiempo para ti. Me remito al punto 5: busca ayuda para conseguir tiempo.
  7. Quiérete mucho. Tú a ti. Ese es el cariño que más necesitas. Deja a los demás con su vida, sus amores y sus elecciones. Tú sólo necesitas quererte tú.

¡Mucho ánimo mamás!

Espero que te haya servido el post y me cuentes tu opinión en los comentarios.

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¿Quieres saber qué puedo hacer por ti?

Descubre cuál es mi fórmula para que tu crianza sea placentera, equilibrada y eficaz para que tu hijo crezca como un adulto feliz

Aprendiendo crianza respetuosa con Pepa Pig

Peppa Pig - Serie de TV - PORTADAMe imagino que también te pasa: Mi hija es fan de Pepa Pig. Sí, yo también tengo esa vocecita cursi y sabionda metida en el cerebro. A veces desearía poder desconectar la tableta con la mente para parar tener aun poco de paz. Pero también tengo que reconocer que cuando vamos en el coche o me tengo me meter al baño me viene muy bien.

No estoy diciendo que sea lo correcto. Me encantaría no tener nunca la necesidad de hacerlo. Pero las mamás también necesitamos unos minutos para tomar aire. Esa es mi opinión, pero hoy no voy a hablar de eso.

Hoy quiero compartir contigo algo que me llama profundamente la atención. No se si te has fijado, pero en la familia Pig los niños son niños: se enfadan, hacen travesuras, rompen cosas, no saben compartir, compiten… Son niños normales. Los que no son normales son los papás.

Yo me reconozco fan de Mamá y Papá Pig y de su forma de resolver los conflictos. Jamás se enfadan, pero ni entre ellos. Y eso que a veces se nota la tensión. Pero aunque algo no les guste, siempre tienen una palabra amable o una ironía para quitar hierro a la situación. ¡Me encantan!

La idea no es ser perfecta imitando un ideal imposible. Yo no soy una caricatura, pero a mi los Pig me dan que pensar y sobre todo un modelo a seguir: ¿De verdad es tan importante que Pepa haya metido su vestido rojo en la lavadora con la camiseta de jugar al fútbol de Papá Pig y que esta se haya vuelto rosa? Pues seguro que a mi me hubiera enfadado mucho, pero Papá Pig supo mantener el tipo, no culpar a nadie y disfrutar de su partido. ¡Chapó!

Igual yo no voy a ser capaz de mantener el tipo de esa forma, ni aunque me lo proponga. Yo soy humana igual que tú. Pero esta familia me da una idea de lo que está bien y de lo que está mal con los hijos. De que se puede bajar la intensidad de las situaciones con los niños y que está bien hacerlo. De que nada importa más que predicar con el ejemplo que las cosas materiales importan menos que herir los sentimientos de las personas.

Sabes, alguna vez he pensado que no me gustaría que mi hija pudiera desear pertenecer a la familia Pig en lugar de a la nuestra. Pero a mi sí me pasa que me hubiera gustado ser una Pig y saltar en los charcos de barro con mi familia alguna vez. Eso nunca pasó, de hecho hubiera sido impensable, pero que mi hija sienta que es feliz en la familia a la que pertenece, eso sí depende de mi.

¿Cómo podemos conseguirlo?

Cuando se da una situación conflictiva a mi me ayuda seguir estos pasos. Primero casi casi tendría que anotarlos en una lista y sacarla para no olvidar nada

  1. Observar la situación SIN reaccionar
  2. Respirar
  3. Evaluar objetivamente y sin juzgar: Lo que ha pasado es A y B
  4. Respirar otra vez
  5. Pensar si en realidad merece la pena hacer sentir mal a mi hija por esa cosa que ha pasado
  6. Sí, respirar o más bien suspirar
  7. Ponerme en modo solución: ¿Qué podemos hacer ahora para resolverlo?
  8. Involucrar a mi hija en la solución
  9. Celebrar (esta es la que más me gusta) que lo solucionamos juntas

De esta forma no juzgamos a nuestros hijos por sus errores. No les hacemos sentir culpables, con lo que no dañamos su autoestima y no les trasmitimos el mensaje de que son malos. Les enseñamos a no juzgar, a no culpar y a no culparse. Les enseñamos a ser positivos y a resolver ante las situaciones problemáticas de la vida. Aprenden que las cosas no valen más que las personas y que nunca merece la pena herir a otro ser humano. ¿Suena bien verdad? Pues a aprender con la familia Pig 😉

Me encanta todo lo que he descubierto con esta familia, pero sobre todo me encanta que esta serie ayude a normalizar un trato justo, equilibrado y respetuoso con los niños.

¡Un 10 para la familia Pig!

Espero que te haya servido el post y me cuentes tu opinión en los comentarios.

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