¿Estás quemada como mamá?

El Síndrome del Burnout o síndrome de desgaste profesional es muy frecuente entre profesiones relacionadas con el cuidado de personas como médicos, enfermeras, psicólogos, maestros y trabajadores sociales. Pocas vemos nuestra labor como mamá como un trabajo, pero de lejos es mucho más demandante que los anteriores y además no está remunerado.

Qué es el síndrome del burnout

Es una afección relacionada con el estrés laboral que tiene graves secuelas en la salud física y emocional de quienes lo padecen. 

Motivado por largas jornadas y reducidos o ausentes descansos entre otros factores, se perfila como una de las tragedias de las nuevas condiciones laborales del siglo XXI.

Los investigadores Pines, Aronson y Kafry, en su libro Burnout, From Tedium to Personal Growth, definieron este síndrome en 1981 como El estado de agotamiento mental, físico y emocional producido por una persistente implicación en situaciones emocionalmente demandantes.
Si a esta demanda emocional le sumamos un trabajo de 24 horas al día 7 días a la semana, casi sin descansos, con interrupciones del sueño, como las que sufrimos las mamás, la situación se vuelve terrible e insostenible.

¿Es posible que como mamá este quemada?

Si tu labor como mamá, que al principio llevabas con alegría, acaba ahora con jornadas en las que te sientes agotada y vacía. Cuando hasta ves la hora de estar con tus hijos con angustia, porque tu cuerpo no da más de sí. Cuando ya no tienes ratos de ocio en los que refugiarte y a lo único que aspiras es a que llegue el fin de semana y anestesiarte frente al televisor, …

Sí es posible que estés quemada. 

El burnout es un problema de salud y de calidad de vida. Es un tipo de estés crónico que se podría definir, en palabras de Marisa Bosqued en su libro Quemados, como la respuesta psicofísica que tiene lugar en el individuo como consecuencia de un esfuerzo frecuente cuyos resultados, la persona considera ineficaces e insuficientes, ante lo cual reacciona exhausta, con sensación de indefensión y con retirada psicológica y a veces física de la actividad a causa del estrés excesivo y de la insatisfacción.

¿Te ves en ese estado? Yo tengo que reconocer que sí. Muchas veces.
Esa sensación de no hacer lo suficiente pero no haber descansado desde antes del día del parto en los primeros años, de ver pasar los días haciendo siempre lo mismo, cada vez con menos energía, vitalidad y alegría por vivir.
Esos síntomas podrían compararse con los de la depresión transitoria y son creados por un estrés excesivo y, sobre todo, falta de descanso.

Las sensaciones relacionadas son, según Bosqued, Agotamiento emocional, despersonalización, es decir, una separación del objeto de cuidado, en este caso de nuestros hijos y de nuestra pareja, a quienes culpamos de nuestra situación, y sensación de baja realización personal.

No importa lo exitosas que hayamos sido en el pasado, la maternidad hace que nos cuestionemos a nosotras mismas, nos mantiene en un estado de altísimas expectativas constantes y bajo la opinión de toda la sociedad, pero sobre todo de las personas más cercanas a nosotras. Esto causa que nuestra autoestima baje en picado hasta un nivel que ya no reconocemos ni quien somos.

Entre los factores de riesgo más elevados entre las profesiones del cuidado, las madres nos llevamos la palma, ya que todas cumplimos casi el 100% entre los factores de riesgo:

  • Fuerte idealismo y altruismo: queremos dar lo mejor para nuestros hijos sin recibir nada a cambio
  • Elevadas expectativas sobre nosotras mismas: y muchas veces irreales sobre lo que podemos cumplir en un tiempo concreto y el grado de impecabilidad al hacerlo.
  • Mayor sensibilidad hacia los sentimientos y necesidades de los demás: que cuando somos madres no sólo se circunscriben en nuestros hijos, sino en nuestra pareja, nuestra madre, amigas hermanas que parece que al sentirnos menos disponibles empiezan a demandar como nunca antes.
  • Elevado nivel de autoexigencia: como si tuviéramos que hacer todo perfecto y además mejor que nadie más
  • Excesiva autocrítica: lo que se deriva de lo anterior, porque como humanas que somos, jamás podremos estar a la altura de nuestros propios niveles de autoexigencia
  • Falta de habilidad para afrontar y manejar el estrés y las situaciones conflictivas: porque estamos tan agotadas que nuestras emociones están a flor de piel, nuestra autoestima es baja no somos capaces de pedir lo que necesitamos de forma apropiada.
  • Locus de control externo: o la atribución excesiva de las consecuencias de nuestros actos, como si de nosotras dependiera que el mundo entero fuera a caer o el bienestar de nuestros hijos, sin que nadie pueda ayudarnos.



¿Cuáles son los pasos que nos llevan desde el cansancio al burnout extremo?


  1. Fase de entusiasmo o luna de miel. Esta es la fase por la que pasamos todas las mamás en el embarazo y los primeros días de nuestra maternidad. Queremos dar lo mejor de nosotras, cueste lo que cueste. Pensamos que vamos a poder con todo y decidimos que vamos a hacer todo de la mejor manera. Yo siempre digo que todas pensamos, en esta fase, cuando vemos a amigas pasarlo mal como madres o tener malos resultados con sus hijos “esto no me va a pasar a mi cuando sea madre»
  2. Estancamiento. Despertar. La luna de miel se acaba, y empiezas a darte cuenta de que todo lo soñado hasta ahora, nada tiene que ver con la realidad. Ni lo que sucede ni yo misma soy capaz de dar lo que me había propuesto. Así que me siento mal conmigo misma, creo que las situaciones me sobrepasan y siento que soy un desastre total como madre.
  3. Fase de frustración. El entusiasmo y la energía desaparecen. A duras penas somos capaces de mantener nuestras propias rutinas de auto cuidado. Nos alimentamos mal, abandonamos casi casi las prácticas de aseo personal. Casi nos volvemos zombies, nos alteramos por cualquier cosa y nos desbordamos emocionalmente con frecuencia. Llega la sensación de querer salir corriendo de allí. Nos volvemos críticas, irritadas, culpables y no suficientes.
  4. Apatía o burnout total. La desesperanza es la nota predominante. Realmente queremos salid de allí a toda costa, pero estamos paralizadas y no tenemos autoestima suficiente para conseguirlo. Empezamos a sentirnos deprimidas, con ideas negativas sobre el futuro y empezamos a pensar que no servimos como madres o que nuestra vida no tiene sentido. Casi que nuestros hijos estarían mejor sin nosotras.

¿Cómo salir de esta situación?

Estemos en la fase que estemos, revertir este estado es posible. En casos como en depresión extrema, es necesario a veces pasar por el psiquiatra, aunque lo menos aconsejable para nuestros hijos es que estemos anestesiadas, hasta las orejas de antidepresivos.

La alternativa es volver a ponernos nosotras en primer lugar. Revertir el proceso tal y como se generó: descansando más, pidiendo ayuda, siendo conscientes de nuestras propias necesidades externas e internas y ocupándonos de satisfacerlas.

Tanto el burnout como el estrés extremo que padecemos las madres nos quitan la energía y la vitalidad, que podemos recuperar conectándonos con la mujer que siempre fuimos. Equilibrando nuestra vida dándonos momentos frecuentes de descanso, pero también ocupándonos en otras labores que nos permitan desconectar y que nos devuelvan nuestra autoestima.

No estoy pensando en hacer algo útil, sino todo lo contrario, útil o no, en algo que nos devuelva la ilusión, la alegría de vivir, que seamos capaces de hacer sin esfuerzo y que no sea tan importante como ser madres.

Darle a nuestra vida, a nuestra psique, estos momentos nos sacará progresivamente del estado de estrés crónico, ya que si nuestro organismo detecta que podemos dedicar tiempo a nuestro ocio y autocuidado, automáticamente percibirá que la situación general no es tan grave y nos permitirá aflojar un poco la marcha.

Para eso necesitamos parar, ser conscientes de las señales de nuestro cuerpo y esto, básicamente, conlleva dedicarnos tiempo. «Tiempo para mi” es la respuesta más frecuente a la pregunta “¿qué necesitas?” Que le planteo tantas veces a las mamás a las que ayudo.

¿Cómo puedo tener tiempo para mi?

Para una madre, parece una misión imposible, pero no lo es. Se trata de volver a conectarte con aquello que te hacer feliz, que no son tus hijos cuando por fin se durmieron. Que seas una guardiana de tus momentos de descanso, que aprendas a pedir ayuda y cuáles son tus ladrones del tiempo.

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Para eso he diseñado el curso Tiempo para ti, para ayudarte a hacerlo paso a paso. Para que no te sientas culpable y tengas una estrategia y un plan que te ayudaré personalmente a elaborar.

También te ayudaré a que te liberes de los bloqueos internos y las creencias limitantes que te mantienen en ese estado de estrés que hace que seas tu peor versión para tu familia.

Date permiso, encuentra tu equilibrio y aprende a ser la mamá que quieres para tus hijos sin dejarte tu salud y tu felicidad en el intento. 

¿Quieres saber si este curso es para ti?

Ve este video

Cómo convertir las agresiones de o hacia tu hijo o hija en oportunidades de aprendizaje

 

Hoy quiero compartir contigo un aprendizaje que surgió entre un grupo de padres de una comunidad Waldorf donde fui invitada a dar una charla.

El tema que les preocupaba era cómo responder adecuadamente en una situación de conflicto con agresión, donde tu hijo o hija o bien es el agredido o el agresor o ambos.

Las preguntas principales fueron: ¿Le decimos que se defienda? ¿Si no se defiende se va a volver codependiente? ¿Es lícito agredir para defenderse? ¿Cómo evitar esas situaciones? Me pareció muy interesante y quiero compartir lo que aprendimos en el blog.

En primer lugar, las situaciones en las que los niños (sobre todo de menos de tres o cuatro años) llegan a las manos son normales, desde el punto de vista del desarrollo al menos. Tenemos que pensar que antes que racionales, somos animales en proceso de socialización. La socialización viene después y se va asimilando según nuestro cerebro «superior» o cognitivo va desarrollándose. 

Es normal que nuestros hijos e hijas peleen si son pequeños, porque ante todo somos animales que no entendemos de normas o de lo socialmente aceptable. Eso hay que enseñarlo.

Desde el primer momento debemos evitar que los niños se hagan daño, ya sea ellos mismos o por manos de otros. Eso está claro. Pero jamás debemos etiquetar a ningún niño o niña por sus acciones, sino su comportamiento.

Igual que unos hablan, dejan el pañal, caminan, etc. antes o después, el auto control y el manejo socialmente aceptado de las emociones dependen de cada niño y su desarrollo. Dicho esto, siempre, siempre, siempre que hay agresión hay que intervenir. Como adultos, somos los responsables de mitigar, resolver y enseñar a manejar esas situaciones, sobre todo con el ejemplo.

Un adulto enfadado, que se siente culpable, que se siente agredido por la situación, acusador, etc. no está en el estado más indicado para resolver de forma constructiva una situación así. Así que lo primero es respirar, tranquilizarse y no hacer caso al juez interno para actuar con la mayor ecuanimidad posible.

Siempre, siempre, siempre que hay agresión hay que intervenir.

Es un conflicto en el que siempre las dos partes creen tener razón. El agresor lo es porque se está defendiendo de algo: del otro (aunque tuviera buenas intenciones en realidad) o de sí mismo (su miedo a ser menos, a quedar mal delante de otros, a perder su autoridad, etc.) Si tenemos esto en cuenta, nos será más fácil entender de forma equilibrada y equitativa la situación y actuar de forma adecuada.

Si nuestro hijx agrede a otro, lo que tienes que tener en cuenta es desde donde lo hizo, de qué se estaba defendiendo. Si se siente comprendido, después aceptará mejor las alternativas más socialmente aceptadas que le propongas. Debemos enseñar a nuestro hijo o hija son otras maneras de expresar su disgusto, enfado, miedo o la emoción subyacente, de formas más socialmente aceptadas, sin juzgarle ni condenarle personalmente, sino su coportamiento.

Idealmente, él mismo, si tiene la edad suficiente, puede pensar en las alternativas a la agresión que crea que podrían ayudarle en próximas ocasiones. No esperes que deje de reaccionar de esa forma a la primera, pueden pasar meses hasta que desarrolle el autocontrol que necesita, pero la clave está en que no pierdas la paciencia o la calma y en la repetición.

En cuanto al agredido, si es nuestro hijo o hija, lo que más va a ayudarle es que le mostremos cómo evitar ese tipo de situaciones en el futuro, enseñándole a conectar con su sentir, con su propia sabiduría interior sobre lo que está «bien» y lo que está «mal” (desde un punto de vista social), a leer en el otro su intención y su estado de ánimo, para que aprenda a prevenir esas situaciones y, lo más importante, a distinguir lo que le lastima de lo que no.

Si tu hijo agrede a otro, enséñale a ponerse en el lugar del otro y a diferenciar lo que está bien de lo que está mal por sí mismo

Este punto podría ser materia de otro artículo completo, pero lo más importante aquí es que le enseñemos a no ser una víctima, a no necesitar la aprobación o el amor de los otros a toda costa y a darse cuenta de cuándo algo es dañino para él o ella, ya sea física o emocionalmente, ya sea en cuanto a su integridad como persona o ya sea un precio a pagar por amistad o amor de otro.

Los conflictos en la vida son inevitables, eso es así. Uno no puede ni debe estar evitando confrontaciones, porque a veces son muy necesarias. No se trata de huir o de convertir a nuestros hijxs en pusilánimes. Se trata de que ellos aprendan a diferenciar a las personas, animales o cosas que, potencialmente, pueden hacerles daño. Ese es un aprendizaje invaluable para su bienestar futuro.

Lo más importante es que enseñemos a nuestros hijos a sentir lo que no les conviene, ya sean situaciones, personas o cosas

Para eso tienen que tener el suficiente nivel de desarrollo como para entender al otro, cómo piensa, qué siente, cuál es su ánimo y su intención. Para los niños de hasta cinco años, entender las intenciones de otra persona, es decir, poder adivinar lo que el otro estaba pensando y cuál era su intención al hacer algo, es madurativamente hablando imposible o al menos poco probable.

Predecir el pensamiento ajeno es una habilidad del cerebro cognitivo que necesita estar madura para producirse. Por eso, los niños menores de cinco años no saben si alguien hizo algo a propósito o accidentalmente o si su intención era lastimarles, engañarles o tener una atención con ellos. ¿Te ha pasado que golpeas a tu hijo o hija menor de cinco años sin querer y se enfada como si lo hubieras hecho a propósito? Es por esta razón.

Aunque madurativamente sea un desafío para ellos, tanto el aplicar otras formas de expresar sus emociones como el entender las intenciones de los otros, nuestra labor es explicarles la realidad de lo que pasó en la situación, sin poner ni quitar nada. Que nosotros traduzcamos con palabras su experiencia les ayuda a entender lo que pasa, cómo funciona el mundo, a que esa maduración se realice de acuerdo con la realidad de los que pasa y a desarrollar sus propias estrategias para resolver los conflictos.

 

Errores que no debemos cometer

 

  1. Culpabilizar a los objetos

El típico ejemplo de un error que no debemos cometer ya desde muy temprano es cuando nuestro hijx de un año o menos, que empieza a caminar y se golpea la cabeza con la mesa y nosotros le intentamos consolar diciendo “mala mesa, mala mesa”. Este es un claro ejemplo de “contra-educación”. Si hacemos eso, les estamos enseñando a:

  1. Culpar al otro sistemáticamente
  2. A no responsabilizarse de las situaciones y de su propio cuerpo
  3. A vivir la vida desde su subjetividad sin cuestionarse la realidad de los hechos

¿A cuántos adultos conoces que tienen este comportamiento ante los conflictos con los otros?

 

2. Jamás etiquetar ni a al agredido ni al agresor

Cuando etiquetamos, estamos siendo agresivos. Debemos recordad que el agresor siempre se está defendiendo, al menos en el caso de los niños pequeños. No existe la maldad en los niños. Ellos reaccionan de una forma socialmente incorrecta, pero no son malos.

 

3. Jamás pegar, castigar, regañar o humillar

Cuando un niño expresa rabia o agresividad desproporcionada es porque la ha sufrido en algún momento. Es esa sensación de impotencia, injusticia, abuso que sufren cuando, por ejemplo, les pegamos o castigamos sin tener en cuenta sus motivaciones. Esto de forma reiterada causa la agresividad y la rabia en otros más pequeños o en un posición de menor poder. Normalmente se pega, castiga o regaña al agresor, pero también, sin querer a veces humillamos a la víctima. Le decimos que no sea “niña”, que no sea cobarde, que actúe, que se defienda, cuando a veces no puede. Los seres humanos estamos diseñados para atacar, huir o congelarnos ante una amenaza. Cuando un niño no se defiende puede que su organismo le haya paralizado de forma automática.

 

4. Decirle a un niño que actúe de una determinada forma 

Siempre debemos enseñar a responder y ofrecer diferentes alternativas y a distinguir las personas o situaciones problemáticas y a valorar cómo actuar sobre ellas. Si le decimos que peque de vuelta si le pegan, le estamos autorizando a pegar cuando sea conveniente, pero no le estamos enseñando a valorar primero la situación y a actuar en consecuencia. Tal y como la naturaleza nos ha equipado de “serie”, cuando otro te agrede a veces es mejor huir, otras veces hacerse el “muerto” y otras atacar. Un niñx menor de 5 años todavía no va a poder distinguir una cosa de la otra.

Hay múltiples formas de actuar en una situación de agresión, enseñarle a distinguir cuál utilizar en cada momento usando su propio criterio, es lo más educativo que podemos hacer. Debemos, en primer lugar, validar su reacción, después enseñarle a usar su guía interna para actuar en consecuencia y de forma socialmente aceptable. Una y otra vez. La repetición es la clave [/box]

 

Hagamos que nuestros hijxs se conviertan en adultos más equilibrados, seguros y empáticos. Es nuestra responsabilidad ?

 

Me encantará que compartas conmigo tus dudas sobre este u otros temas que te preocupen a través de una asesoría de crianza. Es un espacio de 1 hora, online, en el que te ayudaré de forma personalizada a resolver tu problema con la crianza, con el comportamiento de tu hijx o con cualquier situación personal que te esté impidiendo dar lo mejor como mamá. Puedes ver aquí en qué consiste https://mamaenequilibrio.com/asesoria-de-crianza/

Si te ha gustado la entrada me encantará que la compartas en tus redes sociales y que dejes tu comentario abajo. Me ayudará mucho a seguir ayudándote en esta etapa de tu vida.

 

Por qué son necesarios los comportamientos inadecuados de los niños

 

El comportamiento de nuestros hijos es como con las estaciones del año: es posible que nos guste más una estación que otra. Pero lo que se nos olvida casi siempre, en ambos casos, que recordar que todas las estaciones y todos los comportamientos, nos gusten o no, son necesarios.
 
Enfadarse es bueno cuando siento que alguien pasó mi límite. No obedecer está bien cuando la regla me parece injusta, estar triste es saludable cuando siento una pérdida.
 
Los adultos nos sentimos muy incómodos cuando nuestros hijos expresan emociones que a nosotros nos parecen inadecuadas.
 
Pero tenemos que entender que ellos están expresando lo que sienten. Y eso siempre está bien.
 
Nuestra labor es ayudarles a entender lo que pasa, a leer las intenciones de los otros, a ponerse en su lugar o formas más adecuadas de expresarse. Lo que corresponda en cada caso.
tenemos que entender que ellos están expresando lo que sienten. Y eso siempre está bien.
Es es nuestra función. Así les enseñamos cómo manejarse en la vida. No debemos frustrarnos con ellos porque simplemente están aprendiendo y experimentando.
 
Y ciertamente hay muchos adultos que ya deberían o deberíamos haber llegado a ese punto de madurez que, a veces, exigimos inadecuadamente a los niños, y no lo hemos hecho.
 
Comencemos por adecuar nuestras expectativas sobre los comportamientos de nuestros hijos. Sigamos enseñándoles con el ejemplo, no con palabras o exigencia el comportamiento aceptable y correcto. Mostremos nuestras emociones de forma saludable. Y todo estará bien con ellos.
 
Yo te ofrezco mi ayuda, a través de mi Asesoría de crianza, para que estés segura de en qué punto se encuentra tu hij@ y de qué forma puedes ayudarle.
 
Por tu felicidad y la suya.
 
¡Feliz primavera y otoño!
 
PD: Puedes ver aquí cómo una Asesoría de crianza puede darte la seguridad y las herramientas que necesitas para la crianza de tu hij@

Cómo dejar de sentirte culpable como mamá

 

Muchas veces nos sentimos culpables como mamás. Porque se cayó el bebé, porque enfermó, porque llegaste tarde a buscarlo a la escuela, porque gritaste…

La culpa no sirve de nada. No repara el daño y no nos prepara para la próxima vez. Las cosas pasan porque pasan.

Entonces, ¿por qué nos sentimos culpables?  Inconscientemente, lo hacemos para compensar el dolor que hemos causado en el otro. Cuanto más cercano el o la persona a la que hemos dañado y menos «merecido» el daño, más culpables nos sentimos. En el caso de los hijos, la culpa es mayúscula, porque ellos son a los que más queremos y, en el fondo, sabemos que ellos siempre son inocentes.

Parece ilógico, pero sentirnos culpables nos ayuda a calmar el dolor que sentimos por habernos equivocado con una persona a la que amamos. Visto así parece un acto bastante egoísta, y lo es, porque no repara, no ayuda al otro, no consigue que no nos volvamos a equivocar. Sólo sirve para aliviar nuestro dolor por dañar, con más dolor auto infligido.

El mecanismo es este: Si yo te he hecho sentir mal, sintiéndome mal yo parece que me solidarizo contigo y eso arregla algo. Pero esto no es cierto. La culpa no hace nada por nadie. Y menos por ti.

Al contrario, la consecuencia a corto plazo de la culpa en ti, es que te hace sentir mala persona en ese momento. Pero la peor consecuencia es en el largo plazo, ya que, como nos equivocamos taaaantas veces (porque somos humanas) vamos reforzando la creencia de que sí somos malas mamás, malas amigas, malas cuidadoras, malas trabajadoras… malas personas en definitiva.

Cómo lo puedes solucionar

Si te sientes culpable por algo, automáticamente, date cuenta del daño que te estás auto infligiendo para nada. Después reconoce que ese sentimiento no ayuda tampoco al otro en absoluto.

La culpa no beneficia a nadie. Y no te hace mejor persona. Al contrario. Sentirte mal por algo que has hecho, después de hacerlo sólo te indica que has de aprender algo, intentar hacer las cosas de otra manera la próxima vez.

Pero a veces, ni eso es posible, porque todos actuamos bajo condicionamientos en muchas ocasiones. Y esos condicionamientos no son fáciles de modificar. 

Tener la intención de hacerlo, pensar en qué vamos a hacer diferente la próxima vez y ser compasivas con nosotras mismas, son las claves para conseguirlo.

¿Qué es lo que sí puedes hacer?

  1. Repara el error si tiene arreglo
  2. Tanto si tiene arreglo como si no, discúlpate con la persona a la que has dañado
  3. Piensa qué puedes hacer para que no vuelva a repetirse
  4. Si se repite la situación, y te das cuenta de que te estás sintiendo culpable, repite el proceso: eliminar la culpa es como entrenar un músculo, sólo se consigue con repeticiones.

Me encantaría que me digas si te sientes culpable alguna vez en comentarios y qué vas a hacer diferente la próxima vez.

Si te ha gustado el post, dale un like y compártelo, estarás ayudando a que más mamás dejen de sentirse culpables.

Si crees que necesitas ayuda con este tema o con otro que te haga sentir mal como mamá, recuerda que yo puedo apoyarte. Sólo tienes que seguirme en redes sociales o contactar conmigo para que veamos cómo podemos colaborar  Mas información en www.criandoenequilibrio.com

Te mando un abrazo.

Eva Martínez

7 errores que puedes evitar para dejar de sentirte culpable e insatisfecha con la crianza

 

Criar y educar a un hijo es, posiblemente, la tarea más difícil, demandante y agotadora que tengamos que afrontar nunca. Parece que cometer una equivocación irreversible pende de un hilo. Pero no tiene por qué ser así.

Yo siempre digo que esto es a base de prueba y error. Uno toma decisiones, con la mejor intención, esperando un resultado concreto. Pero esto casi nunca ocurre como esperábamos. Porque de lo que hablamos es de seres humanos y de la vida. La vida es aquello que transcurre mientras tú haces otros planes, como decía John Lennon. Y así es.

Uno quiere hacer las cosas lo mejor posible… y lo consigue. Lo mejor posible con lo que se, con lo que me han dicho, con lo que he experimentado en mis carnes… y luego toca ver qué sale de todo eso y rectificar. Siempre rectificar.

Pero parece que tenemos que acertar siempre. Sobre todo en un tema tan importante como este. Y no es así. Eso es totalmente imposible. Pero hay algunos errores que debes conocer para intentar evitarlos. No porque vaya a ser irreparable, sino porque tenerlos presente y rectificar, rectificar, rectificar, puede cambiar radicalmente tu experiencia en la crianza.

Estos 7 errores son los que más pueden influir en que tu experiencia con la crianza sea una pesadilla o no. Todo lo demás, es menos importante, porque recuerda: si tú estás bien, tu familia estará bien.

 

  1. Comparar a tu hijo con los demás

Este es el number one. Una tiene unas expectativas de cómo quiere que sean sus hijos… y de cómo no quiere que sean. Error. Error máximo. Los hijos son, cada uno con sus días buenos y sus días malos, con sus dones y sus errores. ¿Sabes por qué? Porque son humanos. Como tú, como yo, como todos.

Aaaahhh! Pero parece que la hierva crece más verde en el jardín del vecino, ¿verdad? Los niños de los demás siempre parecen mas obedientes, más listos, menos traviesos, … Y encima eso es lo que nos dicen: nuestras mamás, nuestras vecinas, nuestras hermanas: “pues mis hijos nunca hicieron eso”, “pues tú de pequeña te portabas muy bien”…. Patrañas. Por no decir mentiras.

Tu hijo es un ser único, inigualable, especial, es UN MILAGRO viviente. Es un humano excepcional, que está aprendiendo qué es esto de la vida y cómo manejarse con ella. Merece todo nuestro amor y respeto, por sus aciertos y por sus errores también.

Si alguien, alguna vez, te dice o insinúa algo así, piensa jamás pretendieron ayudarte, sólo pretenden ningunearte e infantilizarte. Puedes responderle lo que quieras, pero que suene parecido a “claro, tienes razón, ¡es que mi hijo es único!” Y quédate tan ancha 🙂

 

  1. Escuchar los consejos de todo el mundo

Esta va al hilo de la primera. ¿Qué sabrá nadie de tu vida, de lo que te conviene, de lo que necesitas, de cómo es tu familia…? Harta ya estoy de todo eso. Ni yo lo se, escúchame bien, ni yo se se lo que te conviene. Ni tu madre, ni el pediatra, ni el médico de la familia, ni tu hermana, ni tu amiga la que tiene hijos, ni la que no los tiene… Grrrr… Porque tú y tu familia sois únicos. Nadie debe decirte cómo hacer las cosas, ni opinar de si lo estás haciendo bien o mal. ¡Hombre ya!

No voy a añadir nada más 🙁

 

  1. Pensar que hay una respuesta correcta

No la hay. Esto no es contabilidad o matemáticas. Esto es la vida my darling. En la vida, todo es como debe ser, todo ocurre a su debido tiempo. No te pelees con ella, simplemente actúa con lo que venga.

En la vida no existen los errores, solo los resultados, deseados o no. Sea lo que sea lo que pase, es simplemente un resultado. Tú decidiste llevar a tu niño a su habitación con tres meses para que fuera más independiente (y para dormir un poco más, ¡pecado mortal!)… ¿pero cuál fue el resultado? Que acabaste levantándote cada tres horas a atenderlo.

Ok, está bien, no era lo que esperabas. Si dejarlo llorar no es una opción, ¿qué puedes hacer? Ya has aprendido una forma que no funciona, ya tienes una forma nueva que no probar. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Y si te quivocas? ¡Fantástico! Ya estás una decisión más cerca de acertar 🙂

 

  1. Juzgarte: pensar que te equivocaste

Esta podría haberla puesto la primera porque es lo peor que puedes hacer para tener la crianza satisfactoria y placentera que tanto soñaste. La he puesto aquí porque si has entendido las tres primeras, esta te costará un poco menos de poner en práctica.

De todas formas, el juicio vendrá, porque todas nosotras tenemos un juez interior implacable, que crece a tamaño Hulk cuando somos madres. “Te equivocaste” “tenías que haber echo caso a tu madre, prima, amiga, marido, perro…”. Pues no, no te equivocaste. Cometer errores en la crianza es imposible.

Claro que tendrás que apechugar con las consecuencias de tus decisiones. Por supuesto. De eso no nos libramos. Pero es un error pensar que si no me equivoco todo va a estar bien y me voy a librar de la miseria y el dolor. Ya te hablaré de esto en otro post, pero esas dos compañeras de viaje son irremediables: el dolor lo trae la vida sí o sí, y la miseria (o sufrimiento) es la elaboración mental que hacemos con lo que nos pasa. El sufrimiento lo crea el juicio.

A mi me ayuda mucho, cuando me doy cuenta de que me estoy flagelando, haber tomado la decisión de no cuestionar JAMÁS mis decisiones ni mis decisiones. No arrepentirme. Si me doy cuenta de que el arrepentimiento entra en mi mente lo bloqueo como si fuera un jugador de fútbol americano: placaje y fuera del campo.

Sí puedo rectificar. Si algo no ha salido como yo esperaba, pruebo otra cosa. Pero juzgarme, jamás.

 

  1. No pedir ayuda

Esta es una de las favoritas de todas nosotras ¿que no? Pretendemos ser la mujer maravilla. Unas imitan a sus propias madres, omnipotentes, poderosas, … miserables, tristes, amargadas, fingiendo para no hacer sentir culpables a sus hijos (en los mejores casos, que no en todos).

No hace falta que sufras. Nadie te va a poner en un altar. Eso no va a suceder nunca. Pide ayuda y clarito. Alto y claro. «Necesito que vengas a mi casa a lavar los platos para que yo me pueda echar una siesta”. El día que digas esta frase te habrás consagrado como la persona que se quiere, se respeta y se cuida como todas deberíamos hacerlo. Pero se que nunca lo has hecho, porque las que lo hacen no necesitan estar leyendo este post 😉

Da igual si es ayuda profesional, que alguien venga a limpiar tu casa, a llevar las bolsas del supermercado, a una amiga que te escuche, a tu pareja que se lleve a los niños un rato, PIDE LO QUE NECESITES.

Yo se que es difícil porque no tenemos ni idea de lo que necesitamos. Si te digo: “haz una lista de 10 cosas que necesitas pedir en este momento”, no te salen ni tres. Y de esas tres, con dos, con sólo leerlas otra vez, te sale una risita histérica y una voz en tu cabeza que dice, sí claro, si pides esto te mandan a… volar.

No soy adivina, es que yo también soy pésima pidiendo ayuda. Pero esto es un músculo como cualquier otro. Se entrena. Lo primero es hacer esa lista, cada día e ir pidiendo esas cosas que necesitas. Puedes empezar por lo que te cueste menos trabajo, pero hazla. Me encantará leer tus progresos. Contéstame a este correo y dime cómo te va. Y si lo necesitas… yo te ayudo 😉

 

  1. Dar explicaciones o justificarte con los demás

Si te pillas dando una explicación es porque alguien te está juzgando y tú piensas que tiene razón. Si alguien te juzga es como si alguien te pisa un pie, no debería haber pasado y que estuviera tu pie allí no justifica la pisada. El que se está equivocando es el otro, no tú. 

Grábate esto en tu mente: nadie, nadie, nadie, sabe nada de tu vida, de tu proceso mental cuando tomaste esa decisión, cómo había sido tu día, en qué estabas pensando o las razones por las que lo hiciste. Ni lo saben, ni lo deben saber. Es tu vida.

Recuerda que la crianza es un proceso de prueba y error, y nadie va a pagar las consecuencias más que tú, así que no le debes nada a nadie. Estás haciendo las cosas lo mejor que puedes. Y si el otro no lo sabe, esa es la única explicación que merece: “lo estoy haciendo lo mejor que puedo”. Y punto pelota.

 

  1. Dejar de atender tus necesidades

Me imagino que alguna vez en tu vida te habrás subido a un avión, ¿no?. Y si no lo has hecho, seguro que lo has visto en las películas. Todos los pasajeros se suben, intentan meter sus pertenencias en los minúsculos cajones de encima de sus cabezas. Por fin toman asiento, llega una azafata contando cuantos pasajeros están en su lugar, se cierran las puertas… Entonces la azafata se pone en medio del pasillo, sonrisa en su cara, con una mascara colgando de un tubo en mano, como si aquello fuera el regalo del día de San Valentín.

Exacto, esa máscara se desprenderá del cielo si ese vuelo se convierte en uno de los peores días de tu vida. Todo el mundo estará gritando nervioso, fuera de control. Parece una escena de un niño de dos años haciendo berrinche en el supermercado. Ohhh nooo!!! Socorro!!! Llamen a seguridad!!! Un niño haciendo berrinche!!! Bueno, así es como lo vives tú. Pero volvamos al avión.

¿Qué es lo que te dice esa azafata sonriente en dos o tres idiomas por lo general? Que, pase lo que pase a tu alrededor, da igual si ves saltar al piloto por la ventana con un paracaídas puesto, que te pongas tú primero la mascarilla, no matter what…. Y que únicamente cuando tú la tengas puesta y estés respirando perfectamente, que entonces te puedes ocupar de ayudar al pasajero de al lado.

Si no lo haces así ¿qué puede pasar? sólo una cosa: que mientras estés entretenida poniendo la máscara a la otra persona, nerviosa, te vayas quedando sin oxígeno y que pierdas el conocimiento antes de haber podido ayudar a nadie. Los dos muertos.

Ahora traslada esa escena a tu día a día. ¿Cuántas veces vas justa de energía, cansada, y en lugar de pedir pizza para cenar, ponerle los dibujos a los niños y darte un baño… decides ser la madre del año y meter a tus dos hijos, cansados, en el supermercado a hacer una fila sin fin al lado de las estanterías de los dulces? ¿Cuántas? Se honesta contigo misma. ¡Cientos! ¿Cómo lo se? Mejor no preguntes…

Así somos, las candidatas a madre del año. Y es un error. Tan catastrófico que lo he puesto el último. Para que no se te olvide. Para que la próxima vez que te duela el alma, no te metas en el supermercado.

Me encantará saber de tus peripecias de la maternidad y si te ha servido este post dímelo en los comentarios abajo. Me hará mucha ilusión.

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Te mando un abrazo enooooorme.

Eva Martínez