super-951190_1280En todo este lío de la maternidad, hay una cosa que tengo diametralmente clara: todas las mamás del mundo quieren lo mejor para sus hijos. Punto. Unas ponen el foco en la alimentación, otras en la educación, unas los llevan a los “mejores” colegios y otras los educan en casa porque consideran que eso es lo mejor para sus hijos. Como sea que lo quieran conseguir, todas lo hacen pensando en el bienestar de sus hijos. Esto está claro.

Muchas veces, esta intención nos lleva a realizar un cambio radical de vida y a renunciar a aspectos importantes. Aunque no lo veamos como una renuncia, en muchas ocasiones este cambio de vida nos hace pagar un precio bastante alto: físico, emocional, económico, de realización personal, etc. 

Una vez que hemos elegido un camino, normalmente nos ponemos en una posición bastante radical en cuanto a la crianza y nos juzgamos unas a otras de forma muy dura. En este sentido, para mi, cada mamá conoce mejor que nadie su vida, la vida de su familia y a su hijo y nadie tiene derecho a juzgar. Educamos como fuimos educadas. Hacemos todo lo mejor que sabemos y aun así, parece que no es suficiente. Nos visita la culpa varias veces al día. Descubrimos facetas propias que no nos gustan. Y en muchas, muchas ocasiones nos sentimos fatal con nosotras mismas.

Por este motivo, me gustaría  compartir contigo un concepto que me pareció de lo más interesante: La mamá lo suficientemente buena, acuñado por Donald Winnicott. Este célebre pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés, se especializó en el estudio de la relación mamá-bebé y las implicaciones de esta relación en el infante a lo largo de toda su vida.

Según Winnicott, la mamá influye en la vida de su hijo de manera significativa, sobre todo en lo emocional y en lo psicológico, hasta el punto que de sus cuidados depende que éste se desarrolle plenamente. Ahí es nada.

Para este experto, la mamá lo suficientemente buena es la que desarrolla un instinto que le hace poner las necesidades del bebé por encima de las propias, está más atenta a los ritmos del bebé que a los suyos propios y es capaz de verlo como un ser integral con todas las potencialidades en su interior. Esto sería la mamá que se quita el abrigo para tapar a su bebé, la que decide comer cuando su bebé ya se ha dormido porque percibe que tiene sueño o la que le deja que se suba a la silla solo porque ya se ha dado cuenta de que el niño ya puede hacerlo por sí solo. Hasta aquí vamos bien.

En lo que se refiere a necesidades físicas parece que todas nos sentimos más o menos cómodas al ejercer la maternidad. Pero la cosa se pone un poco más difícil cuando hablamos de necesidades emocionales. Para Winnicott, un cuidador lo suficientemente bueno, es aquel que busca trascender las limitaciones personales, sus estados de ánimo y sus propias reacciones en beneficio de los pequeños. En este sentido, al ponerse en lugar del bebé, la madre se vuelve capaz de darle el amor y cuidado que sus requerimientos físicos y emocionales requieren. 

Aquí ya vamos un poco más limitadas. Esto no es tan fácil como podría parecer en un primer momento. A veces somos excesivamente individualistas y somos incapaces de ver las necesidades del otro (hijo o no hijo) dado el tamaño de nuestra propia necesidad. Otras veces la limitación es la falta de habilidad de poner límites de forma amorosa. Y no me refiero solamente a nuestros hijos. También suele ocurrir que nuestro propio perfeccionismo nos haga ser irracionalmente exigentes y rígidos con nuestra forma de crianza y con el trato al prójimo (y sí, aquí estoy pensando también en nuestras parejas).

Así nos pasamos la vida saltando de la autoexigencia feroz al reconocimiento de las propias necesidades, que tampoco llegamos a cubrir porque la culpa llega para hacer estragos en nuestra realidad emocional. Queremos ser buenas madres pero sentimos un vacío interior tan inmenso, una necesidad emocional tan grande que no nos llega para dar lo que nosotras mismas nos exigimos.

Y ¿por qué nos resulta tan difícil?. Lo que más nos limita en realizar nuestra función de cuidador suelen ser las limitaciones de nuestro propio carácter. Los rasgos dominantes y automáticos que quedaron fijados en nuestra más tierna infancia al defendernos de formas de crianza irrespetuosas e invasivas y de aceptar inconscientemente como buenos estos patrones.

Esta visión de la maternidad es, además de irreal, muy dañina para nosotras mismas y sobre todo para nuestros hijos. Si tenemos en cuenta la definición de Winnicott, este experto no dice que el buen cuidador es el que es capaz de trascender sus limitaciones personales, sino el que BUSCA trascenderlas. Y aquí está la diferencia, sutil pero importantísima porque aquí estamos la gran mayoría de nosotras.

Él no habla de ser una madre sufrida y dedicada que entrega su vida al cuidado de su bebé. No. Tampoco habla de dejar el trabajo, ni de dar la teta hasta los siete años ni nada de esto. ¡Ojo! que no estoy diciendo que esto no sea deseable ni conveniente, sino que no es imprescindible ni mucho menos suficiente. A veces no se puede, y eso está bien. A veces no se quiere, y eso también está bien. Lo que nos convierte en un buen cuidador es buscar trascender nuestras propias limitaciones y buscar alternativas que permitan llegar a cubrir las necesidades de nuestros bebés de forma balanceada con nuestra forma de vida. ¿Y de esa forma también somos buenas madres? Sí, así somos madres lo suficientemente buenas también.

Efectivamente, ser un cuidador suficientemente bueno es un trabajo de tiempo completo que exige una apertura a la transformación personal sin precedente para comprender, aceptar y cubrir nuestras propias necesidades para ser capaces después de cubrir las necesidades del bebé. Sin esta apertura y esa autosuficiencia emocional será muy difícil darnos cuenta de cómo resolver nuestros propios dilemas personales antes de que pueden llegar a limitar el desarrollo emocional, psicosocial y cognitivo del niño.

Puede que no sea fácil, pero espero que sirva que recordemos que el punto óptimo está en la búsqueda, en la intención y en la indagación personal para sacarnos las autolimitaciones y los autosabotajes que seguro también impactan en otras áreas de la vida.

¿Y cómo lo hago? 

  1. Sigue como vas: lo estás haciendo muy bien.
  2. No te dejes engañar: tú sabes qué es lo mejor para tu hijo.
  3. No te engañes a ti misma: tienes necesidades. Míralas de frente. Acéptalas. Atiéndelas.
  4. No te cuentes cuentos. No busques excusas: tú sabes lo que necesitas. Si tú no estás bien, ninguna persona a tu alrededor lo estará. Tu hijo el que menos.
  5. Busca ayuda. Grita ayuda: ayuda profesional de un coach, un psicólogo, lo que mejor te cuadre, pero siempre especializados en lo que te pasa a ti, alguien que te entienda; busca a alguien que te ayude con la limpieza; busca a alguien que te ayude con los niños; busca un gimnasio con guardería; busca lo que o que sea que necesites PARA ESTAR BIEN TÚ.
  6. Busca tiempo para ti. Me remito al punto 5: busca ayuda para conseguir tiempo.
  7. Quiérete mucho. Tú a ti. Ese es el cariño que más necesitas. Deja a los demás con su vida, sus amores y sus elecciones. Tú sólo necesitas quererte tú.

¡Mucho ánimo mamás!

Espero que te haya servido el post y me cuentes tu opinión en los comentarios.

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