Límites para prevenir el abuso

No hago más que ver posts de cómo manejar berrinches, de cómo poner límites, de cómo disciplinar (aunque sea de forma positiva) y al mismo tiempo leo más y más noticias terribles de abusos hacia los niños, sexuales y no sexuales, y veo más comportamientos intolerantes y poco respetuosos hacia los niños. ¿Tendrá que ver? Yo creo que sí.

Sobre todo necesitamos proteger a nuestros hijos

En el mundo nos encontramos todo tipo de seres en diferentes condiciones mentales. Es lamentable, pero así es.

El problema es que no podemos estar ahí el 100% del tiempo para protegerles.

¿Entonces? ¿Qué hacer?

No podemos estar ahí el 100% del tiempo para protegerlos

Debemos enseñar a nuestros hijos a distinguir lo que está bien de lo que está mal para ellos, para que diferencien cuando alguien viene de buena fe y cuando no.

Y la clave está en que estén conectados con lo que está bien o mal para ellos y se den permiso para actuar en consecuencia.

Cuando ya tienen ocho o diez años uno les puede explicar: mira, es tu cuerpo y no debes dejar que nadie lo manipule, si algo te parece mal no lo hagas, si te pasa algo ven y cuéntamelo, yo te protegeré.

Los niños de esa edad comprenden y si tienen confianza contigo, si les has escuchado y atendido sus demandas, seguramente te cuenten que algo anda mal.

Antes de los tres años, los niños son más vulnerables. Pero la buena noticia es que también son más conscientes de lo que está bien y mal para ellos y si somos cuidadosos con nuestros mensajes hacia ellos, lo expresarán abiertamente.

La edad de cero a tres años es mágica. Es donde se fundamentan la autoestima, la empatía, los valores, donde un niño se forja la identidad, sus fortalezas y sus debilidades para toda la vida

Esta es la buena noticia. Lo que aprenda ahora sobre sí mismo le acompañará el resto de su vida. ¿Y por qué esto es importante? Porque los mensajes que les trasmitamos marcarán su autoconcepto, su sensación de seguridad y de valía.

Si acostumbramos a nuestros hijos pequeños a hacer caso a sus sensaciones e intuiciones, si les escuchamos cuando no quieren hacer algo hasta averiguar cuál es el problema, estaremos dejando intacta esa capacidad y conexión interior innatas.

El problema es cuando abusamos de decirles o mostrarles que nosotros «sabemos» que es mejor para ellos, porque entonces, lo que les trasmitimos es que lo que ellos sienten no vale, que es más válido lo que alguien externo les dice que es la verdad.

Tenemos que pensar que nosotros les enviamos al colegio o a otras actividades donde interactúan con otros adultos. Al hacerlo, les damos el mensaje, a veces explícito, de que tienen que obedecerles y portarse bien.

Cuando esos adultos no tienen buenas intenciones, se produce un conflicto en el interior del niño, que quiere obedecer a nuestro mandato, pero siente que eso que está pasando no está bien.

Un niño de menos de tres o cuatro años no tiene la capacidad de discernimiento, pero sí podemos enseñarles que si para ellos algo no está bien, entonces no está bien y que debe expresarlo. 

Para eso debemos dejar que expresen su descontento libremente, ya sea ante nosotros, con familiares y amigos o con personas de la escuela.

Lo normal es que lo hagan, que se resistan a algo que no les gusta, pero va a depender mucho de los mensajes que les hallamos trasmitido sobre obedecer y cómo comportarse con otros adultos.

Lo importante es que  les dejemos claro que:

  • SI ELLOS CREEN QUE ALGO ESTÁ MAL, ENTONCES ESTÁ MAL, y que nosotras estamos ahí para ayudarles a resolverlo
  • SI NO LES GUSTA ALGO NO DEBEN HACERLO. Luego podemos hablar con ellos de por qué no les gusta y ver alternativas con ellos. Pero siempre debemos escucharles.
  • SI NO ME GUSTA ALGUIEN O ALGO NO TENGO QUE TOLERARLO. A veces «obligamos» a los niños a dar besos, a no protestar cuando les tocan aunque sea cariñosamente, a no poner una mala cara a un adulto… Y eso es un mensaje que en una situación de abuso puede confundirlos.
  • MI MAMÁ SIEMPRE, SIEMPRE SIEMPRE ME VA A ESCUCHAR. Si siempre le escuchamos, entonces nos contará las cosas. Si a veces le escuchamos y a veces no, dejará de hacerlo. Si pensamos, o a veces incluso les decimos, que lo que les pasa son tonterías, dejarán de hablarnos.
  • MI MAMÁ ME va a DEFENDER. Y si le escucho me pongo en su lugar y le doy su parte de razón. Luego ya le explicaré y le daré alternativas, pero ellos siempre deben saber que estás de su lado

Espero que nunca se presente una situación desagradable en la vida de tu hijo o hija, pero si afianzamos su confianza y su asertividad, estoy segura de que les estaremos ayudando.

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Gracias por leerme.

Les mando un beso

Eva Martínez

Cuando ser una buena mamá puede no ser tan bueno para tu bebé

Todas las mamás del mundo queremos ser una buena mamá. Ser buena mamá parece una finalidad ideal, independientemente de lo que signifique para ti. Quizá para ti la buena mamá es la que lleva los niños limpios, o la que tiene hijos que nunca hacen berrinches, o la aquella cuyos hijos comen bien, la que les lava los dientes tres veces al día, la que alimenta a sus hijos con la lista de nutrientes en mano, la que los ha educado para que se porten bien, la que tiene la comida a punto, la ropa lavada y planchada y puntualmente va a recoger a sus hijos del colegio y tiene todo listo en casa… Todas estas descripciones están bien, no hay nada de malo con ellas. Todas tienen el objetivo de dar lo mejor a los hijos y eso es perfecto.

Entonces ¿Por qué no es tan bueno ser una “buena mamá”? La buena mamá tiene algunas consecuencias muy negativas tanto para ti como para tus hijos. Primero porque la buena mamá no existe. Es una meta imposible de alcanzar. En segundo lugar porque la buena mamá siempre actúa para los de fuera. Parece que si nuestro hijo come todo lo que le ponemos, duerme toda la noche, dice gracias, se deja peinar y da besos a los familiares hemos hecho un buen trabajo. Nada más lejos de la realidad.

La buena mamá tiene algunas consecuencias muy negativas tanto para ti como para tus hijos

En tercer lugar porque lo normal es que las cosas no salgan como hemos previsto: en algún momento no vamos a estar a ese nivel, vamos a perder los nervios, en algún momento los niños van a necesitar algo que es contrario a lo que nosotras decidimos que era lo mejor para ellos, o vamos a querer que pase en un momento en el que ellos quieran hacer otra cosa. Cuando esto pasa, y pasa muchas veces, aparece el conflicto. A veces el conflicto es interno: tu mente te azota diciendo que lo has hecho mal, que deberías haber hecho otra cosa, o algo de otra manera. Ya sabes de lo que hablo. Otras veces el conflicto es con el niño. Entonces comienza una lucha de poder en la que a veces ganas tú y otras veces todo se sale de control y estalláis en mil pedazos. Ambas situaciones crean estrés y el estrés te saca del equilibrio que hace que tu día fluya.

¿Por qué ocurre esto? Cuando queremos ser una buena mamá estamos siguiendo creencias y dictados externos, no estamos fluyendo con el aquí y ahora de la realidad de lo que está pasando. Perdemos de vista a nuestro hijo y a sus necesidades, gustos y preferencias. No estamos respondiéndole de una forma sensible. Y de eso se trata.

Cuando queremos ser una buena mamá estamos siguiendo creencias y dictados externos, no estamos fluyendo con el aquí y ahora de la realidad de lo que está pasando

El prestigioso psicólogo Donald Winnicott, cuando definió la relación psicológicamente sana entre madre e hijo, ni siquiera habló de “buena mamá” sino de una “mamá lo suficientemente buena. Suficientemente buena significa atenta a las necesidades del niño y sensible ante ellas, es decir, que detecta y responde a esas necesidades. ¿Todas las veces? No todas, las suficientes. La mamá suficientemente buena no tiene que seguir un estándar, este experto no habla de reglas, normas, pasos a seguir, sino que habla de “sensibilidad” a las necesidades del bebé. 

Otra prestigiosa y célebre psiquiatra infantil, Mary Ainsworth quien colaboró considerablemente a desarrollar la teoría del apego comenzada por John Bowlby, afirma lo siguiente como conclusión de su estudio denominado La situación extraña (ver video) sobre las habilidades de las mamás cuyos bebés tienen un apego seguro a las que denomina altamente cooperativas:

“…la tercera escala se ocupa de características maternas generales del tipo cooperación-interferencia. Las madres que son de interferir mucho, no respetan la autonomía del bebé y la separación esencial entre ambos. Trata de controlarlo y de darle forma a su comportamiento, o simplemente sigue sus propias reacciones y sin la consideración por los los deseos o el proceso de actividades que desarrolla el bebé. La madre altamente cooperativa respeta a su bebé como una persona separada y planifica evitar situaciones en las cuales necesitará interferir con sus actividades o llegar a tener que ejercer un control directo sobre él. Cuando debe intervenir, es muy hábil en sintonizar el modo o la manera que el bebé es persuadido que él desea hacer lo que ella necesita o desea…”. (M. Ainsworth, La situación extraña)

Me dirás, sí, pero cuando es la hora de salir es la hora de salir. Estoy totalmente de acuerdo. Muchas veces la vida es imperativa. Pero otras veces no. Si analizamos cada situación por separado, si nos preguntamos qué es imprescindible e inamovible y qué no, nos daremos una sorpresa. Es cuestión de priorizar lo importante.

El problema es que no tenemos conciencia de lo importante que es minimizar los momentos de conflicto y tensión con tu hijo. La base de su determinación y de autoestima se fragua en los primeros años de vida mediante sus interacciones contigo. Él sabrá que tiene derechos, capacidad de decisión, que merece atención, reconocimiento y amor incondicional (hasta cuando se porta “mal” o hace berrinche) y estará en contacto con sus necesidades, en la medida en que tú le des “permiso” para decidir, negarse, preferir, expresar sus emociones (el enfado o enojo también es una emoción), y que no pasa nada si se equivoca. Eso lo aprenderá de la convivencia contigo.

Él sabrá que tiene derechos, capacidad de decisión, que merece atención, reconocimiento y amor incondicional (hasta cuando se porta “mal” o hace berrinche) y estará en contacto con sus necesidades, en la medida en que tú le des “permiso” para decidir, negarse, preferir, expresar sus emociones (el enfado o enojo también es una emoción), y que no pasa nada si se equivoca

Pero lo más importante de todo es el amor incondicional: que tu hijo aprenda que pase lo que pase, si no se lava los dientes, incluso si se le caen, si es más tonto, flaco, torpe, perezoso, flojo, enojón o lo que sea que exprese está bien porque él es perfecto como es y lo que hace es sólo una pequeña parte de lo que él es. Ya sabemos que tú lo amas incondicionalmente pero no te das cuenta de que cuando mantienes un conflicto con él le estás transmitiendo lo contrario: si no haces lo que yo digo o espero me enfado, me pongo triste, me defraudas.

Ya sabemos que tú lo amas incondicionalmente pero no te das cuenta de que cuando mantienes un conflicto con él le estás transmitiendo lo contrario: si no haces lo que yo digo o espero me enfado, me pongo triste, me defraudas

Lo más paradójico es que los momentos más importantes para crear un apego sano y una relación satisfactoria con tu hijo son los momentos de estrés, cuando queréis cosas diferentes, cuando tienes que tomar la decisión entre ser una buena mamá que alimenta correctamente a su hijo, que le lava los dientes a diario, que llega puntual a la escuela, que los lleva perfectamente limpios, peinados y aseados a pesar de que tu hijo está jugando, cansado, explorando, de mal humor, feliz en otras cosas etc. Es en esos momentos de “conflicto” cuando si estamos atentas y ponemos límites a esa “buena mamá” para dejar actuar a la “mamá suficientemente buena” de Winnicott cuando podremos ofrecer una respuesta sensible a la necesidad del niño y transmitirle que es importante para nosotras, más importante que los dientes limpios, el pelo peinado, que lleve zapatos o que hacer la compra.

Y sí, yo se que a veces no se puede, entonces hay que negociar, convencer, despistar, aplazar, etc. Convierte estos momentos tan valiosos en oportunidades “ganar-ganar”, en la que todo el mundo gana y nadie pierde. Estas medidas de “negociación” no solamente evitarán el conflicto, sino que le estarás enseñando a tu hijo herramientas imprescindibles para la vida que no son autoritarias. Eliminarás el “porque yo lo digo” o el “porque yo soy tu madre”, que en su adolescencia se convertirá en rebeldía y en una necesidad básica de autodeterminación que no tuvo en su infancia.

Convierte estos momentos tan valiosos en oportunidades “ganar-ganar”, en la que todo el mundo gana y nadie pierde. Estas medidas de “negociación” no solamente evitarán el conflicto, sino que le estarás enseñando a tu hijo herramientas imprescindibles para la vida que no son autoritarias

¿Y entonces qué puedo hacer?

El primer paso es poner límites a tu “buena mamá” interior. No es que sea mala, lo que está mal es que ser una buena mamá sea un fin en si mismo, en lugar de un medio para el verdadero fin, que es el bienestar de los niños.

 

¿Cómo lo hago?

1. Aprende a detectar cuando la “buena mamá” toma el control. El conflicto y el enfado de tu hijo pueden ser buenas señales. Un berrinche es una señal de que ya has ido demasiado lejos con él.

2. No hace falta que corrija a “la buena mamá” en ese momento, sólo toma conciencia de ella actuando, se corregirá sola cuando la vayas aprendiendo a verla.

3. Valora la importancia real de lo que quieres hacer. ¿Es tan importante lo que quiero imponer? ¿es imprescindible que tengamos que hacer esa actividad en ese momento?. Plantéate ¿es tan grave que no se bañe hoy? ¿es tan grave que no se coma ahora el brócoli? ¿es tan importante que no coma brócoli nunca más?

4. Ensaya herramientas ganar-ganar: negocia, despista, ofrece alternativas…

5. Cede. No es una competencia. Cuando cedes también ganas. Enseñas a tu hijo que ceder también es una opción y que no pasa nada. Que uno no siempre tiene la razón. Al fin y al cabo, así es la vida y queremos prepararles precisamente para la vida real.

 

 

Si te ha gustado esta entrada me encantaría que la compartieras o le dieras un like. También me gustaría mucho saber tu opinión y que escribieras en los comentarios. Todos son publicados, los positivos y los negativos. Me ayudarán mucho para saber cómo apoyarte mejor.

Y recuerda: ¡lo estás haciendo muy bien! ¿Cómo lo se? Porque estás aquí, leyendo esto, ocupándote de ti, de mejorar, de darle lo mejor a tu bebé.

Te mando un beso.

Si estás en contacto con una mamá reciente, ¡por favor, lee esto!

 

Todos queremos ayudar a las nuevas mamás. Cada uno tiene sus buenas razones, pero no se por qué cada quién tiene una visión de lo que se debe hacer y se siente en la obligación de “salvar” a esa madre que no tiene experiencia.

Está claro que las mamás necesitamos ayuda. Es un momento nuevo, muy importante, diría crucial en nuestra vida y a veces nos sentimos desbordadas. Eso sí es verdad. El problema es que cada uno quiere “salvarnos” a su manera. A veces pienso que es para subsanar sus propios errores o no se, pero nadie se da cuenta del daño que nos hacen con los comentarios.

En primer lugar nos dañan porque nos hacen ver como incapaces. El mensaje subliminal es “yo se, tú no”. Esto, además de irrespetuoso es falso. La mamá sabe. Quizá tú tengas más experiencia de mamá, pero ella tiene más experiencia como la mamá que es con el hijo que tiene y con el que tú has pasado apenas minutos. Además, nos hace mucho daño a la autoestima, nos genera dudas y lo que es más importante, nos aleja de nuestro instinto. No lo hagas por favor.

Quizá tú tengas más experiencia de mamá, pero ella tiene más experiencia como la mamá que es con el hijo que tiene y con el que tú has pasado apenas minutos

Este es uno de los post que me gustaría que lo compusiéramos entre todas, y que lo compartiéramos para que llegue a toda esa gente que, con la mejor intención (o no), nos irrita, nos ofende y nos hace sentir mal, cuando en la mayoría de los casos pretende lo contrario. Me gustaría que además de estas frases añadieses las tuyas en los comentarios y que lo compartieses donde creas que pueda servir. Con una sola persona que tome consciencia y cambie su actitud, habremos cumplido un gran objetivo.

 

A las abuelitas (mamás de las mamás y papás), a la señora que me encuentro por la calle, a mi amiga la que no tiene hijos y a la que sí los tiene, a mi pareja, a mi hermana, a mi prima y a mi cuñada. Por favor, lee esto, es importante:
  • No me digas lo que tengo que hacer
  • No me digas que yo tengo la culpa de lo que le pasó a mi bebé
  • No me digas que no lo cargue, me gusta hacerlo y a él/ella también que lo cargue
  • No me digas que no duerma con él, yo no te pregunto con quién duermes tú
  • No me digas que lo estoy malcriando, malcriar es criar mal y criar con amor es criar bien
  • No me digas que usted sabe mucho porque tiene experiencia, sabe mucho de sus hijos, pero no del mío
  • No me quieras quitar a mi bebé de los brazos, no nos gusta
  • No le hables a mi bebé de cómo lo crío como si yo no estuviera allí, es una falta de respeto hacia mi
  • No le pongas adjetivos (enojón, llorón, caprichoso), mi bebé es mucho más que su actitud o su comportamiento
  • No le arrebates las cosas a mi bebé de las manos, es una falta de respeto hacia él
  • No le digas que su mamá es esto o lo otro, eso es una falta de respeto hacia mi
  • No asustes o amenaces a mi bebé, el miedo no es nuestro estilo de enseñanza y es malo para su desarrollo
  • Jamás le digas que no le vamos a querer, porque primero no es verdad y segundo porque le hará sentir muy triste
  • No le digas que no se ensucie, que algo es peligroso, que no grite, ¡es un niño por el amor de Dios!
  • No le digas jamás que no llore, que no se enfade, que no se ponga triste, porque estará dañando su capacidad de sentir y su inteligencia emocional no se desarrollará correctamente
  • No le toques los pies a mi bebé. No tiene frío. No se va a enfermar porque tenga frío sino por los virus que tú traes en las manos
  • No me digas si tiene frío o calor. Créeme yo soy la persona en el mundo que más se preocupa por su salud y su bienestar
  • Si llegas a casa, pregúntame qué necesito, en lugar de quitarme a mi bebé
  • Ayúdame con las tareas que me separan del bebé
  • Si estoy en el baño y el bebé llora, no te pasees con él por la puerta del baño para que me de prisa
  • Si me quejo, no me digas qué hacer, a lo mejor sólo quiero desahogarme
  • Si estoy estresada, sólo escúchame y pregúntamé “¿Qué necesitas?” Esas palabras son mágicas para mi
  • Si me quejo de algo, no me digas que tus hijos nunca lo hicieron (berrinche, dormir toda la noche, enfermar, comer…) eso me hace sentir como una tonta y como una mala mamá (además dudo de que sea verdad)
  • No compares a tus hijos con los míos, ellos son únicos y especiales (también)
  • No presumas de lo que hacen tus hijos, eso no es bueno para los tuyos porque muestras que tu amor es condicionado ni para los míos porque los estás comparando (ver arriba)
  • No trates mal a tus hijos delante de mi o de mis hijos, es una situación muy violenta para todos
  • Si todavía no tienes hijos no me juzgues, solamente toma nota y prepárate para lo que te viene

 

Seguro que he olvidado muuuuchas actitudes tóxicas con las mamás. Ayúdame a completar este post poniendo las tuyas en los comentarios y ¡comparte!

Muchas gracias por ser una voz más en defensa del respeto en la crianza.

 

 

Cómo saber si has perdido la conexión con tu instinto maternal

 

Cuando una mujer queda embarazada vive un proceso muy fuerte de conexión con su instinto maternal. De repente una se encuentra con una sensibilidad mucho más acentuada que antes. Pasa con los sentidos: el olfato de sabueso, la vista, la sensibilidad a los ruidos. También a nivel físico: la comida ya no sabe igual, sentimos deseo por unos alimentos y aversión por otros. Es como si de repente el cuerpo nos gritase lo que necesita, lo que es bueno o malo para el bebé y para nosotras mismas.

A nivel mental pasa exactamente lo mismo. Antes de estar embarazadas, teníamos unas ideas de lo que íbamos a hacer respecto al bebé, de cómo lo íbamos a criar, de en qué momento íbamos a hacer tal o cual cosa. Y como si de nubes se tratase, esas ideas a veces toman fuerza y a veces se van desvaneciendo.

Poco a poco va ocurriendo un cambiar de opinión sobre de todo lo que el entorno y nuestra propia infancia nos indica porque nos encontramos con un latido interno que nos dice lo que sí y lo que no. En esos momentos la conexión con el instinto maternal y las necesidades de nuestro bebé (nacido o por nacer) es muy grande.

A partir de aquí pueden ocurrir dos cosas. Una es que el entorno y nuestras historias de apego sean más fuertes que esa llamada y que la vayan silenciando poco a poco. Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá y poco a poco ésta se va desconectando de él, siguiendo las indicaciones de todo el mundo, que a veces son contradictorias entre sí y la mayoría de las veces con el instinto maternal.

Entonces haremos por adaptar al niño a esas indicaciones y negaremos nuestro propio instinto maternal y los reclamos de tu hij@ que llorará, enfermará, vomitará y hará lo que sea necesario por recuperar a su mamá conectada, tal y como su instinto de supervivencia le dicta. Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con él ya desde antes de nacer.

Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá

También puede ocurrir que nuestra voz interior sea más fuerte que la exterior. Entonces nos sentiremos extrañas en un mundo que nos parece hostil y con poco en común con nosotras. Entonces buscaremos otros apoyos, en los libros, en los estudios, en los grupos de mamás y, si tenemos suerte, los encontraremos. Si esto ocurre, entonces esa voz se convertirá en un grito y tendremos que confrontar al entorno, a lo de afuera, y encontrar nuestras propias estrategias para sobrevivir a la experiencia de la maternidad contra el mundo.

Todas nosotras nos situamos en algún punto de estos dos extremos. Pero no nos engañemos, los dos son lugares muy incómodos que nos llevan desde la culpa por no seguir el instinto, la inseguridad de haber perdido el pulso de lo que el bebé necesita, a la necesidad de complacer y hacer caso a lo que nos dicen o el miedo a perder el control o cometer errores.

Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con el bebé ya desde antes de nacer.

Pero el problema no es que lo que nos digan no esté bien. Seguro que cuando alguien nos da un consejo es porque le funcionó, o porque hay un estudio que lo avala, o porque hay un porcentaje de niños con los que funciona, pero eso no quiere decir que vaya a funcionar con mi hijo. Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los bebés pero no con MI hij@. Mi hij@ es único y ese libro está por escribir, y lo escribiremos mi bebé y yo.

Pero el asunto aquí no es que lo que dice el entorno esté bien o mal, sino que al escuchar a lo de afuera, dejamos de escuchar a lo de dentro: a mi misma y a mi hij@. Para saber qué necesita mi hij@ necesito entrenar la conexión con mi instinto que funciona como un músculo. Y eso sólo lo conseguiré mirando a mi bebé y escuchando mi interior. Las recomendaciones y opiniones están bien siempre y cuando las pongamos a prueba con la mirada hacia a mi hj@ y a mi misma. Entonces sabremos qué está bien o qué no está bien, en ese momento, para nosotros.

¿Y por qué nos pesa tanto el afuera? La mayoría de las mamás venimos de historias de apego inseguro, esto es, con nuestros instintos trastocados, más desarrollados en la parte de la supervivencia, con una gran tendencia a respuestas desproporcionadas ante el estrés. La inseguridad, el miedo, la culpa, son activadores de adrenalina, hormona que inhibe la tan necesaria oxitocina tanto en el parto como en la lactancia. Para mi esa es la causa principal de los partos complejos que acaban en cesáreas, los problemas de lactancia y de establecimiento de un apego seguro con nuestro hij@: El miedo, el miedo a soltar, a dejarme ir, a confiar, a ser.

Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los hij@ pero no con MI hij@

En mi opinión, lo más importante para ayudar a que estos bebés puedan disfrutar de una infancia feliz, con mamás sensibles a sus necesidades, pasa por que reeducar el entorno, para que entre todos aprendiéramos cómo apoyar a las mamás, antes y después del parto, para que hagan lo que su sabiduría interior sabe hacer.

A las mamás no hay que enseñarles nada. No lo necesitamos. Sí necesitamos médicos que nos ayuden con las enfermedades de nuestros hij@s, sí necesitamos papás, abuelas, amigas que nos apoyen -sobre todo emocionalmente- que nos digan que estamos haciendo lo que podemos, que nos quiten de las tareas que nos apartan de él, que nos escuchen y que nos digan la frase mágica: ¿qué necesitas?. Entonces la maternidad será más fluida y tan placentera como nos venden en la TV (o casi).

Con todo, esta tarea me parece bien difícil, porque ese entorno también viene de un sistema de apego inseguro, muchas veces ansioso y otras desconectado y empuja a las nuevas mamás a hiper angustiarse realizando intervenciones médicas excesivas, obligando a comer a sus hij@s, con un exceso de medicación, etc. o a desconectarse emocionalmente de ellos (dejándolos llorar, ignorándolos cuando hacen berrinche, no arrullándolos, con el uso excesivo de carreolas, balancines y demás aparatos), con la demonización de la dependencia, etc.

En mi experiencia la prevención es difícil porque parece que la maternidad es fácil, que se trata de tener controlado a los hij@s, de no mal educarlos y ya está, pero no es así. Todas antes de ser mamás decimos «esto no me va a pasar a mi» y luego me pasa eso y más. Las mamás embarazadas están pendientes del parto y poco más: cómo cambio pañales, cada cuanto lo alimento… es decir, cuestiones prácticas, el manual de instrucciones, pero nadie las prepara emocionalmente para lo que va a suceder o para acoger y atender de forma sensible a sus hij@s, muchas veces porque no lo consideran importante.

Y esto es lo que hay que cambiar, lo que vamos a cambiar, entre todas y todos. Contar nuestra experiencia ayuda, criar y educar a nuestra manera en entornos “no amigables” también ayuda, compartir estudios que apoyen el bienestar de los niñ@s y de las mamás puede ser una opción. Pero sobre todo recordar pedir ayuda para reconectarnos, para re-aprender a mirar a nuestr@s hij@s con otros ojos, los ojos de mamá conectada, sensible. Y desconectarnos de los deberías del afuera, de los libros de crianza que hablan de los niños y sus etapas como si fueran coches en lugar de personas. 

Tu hij@ es único y necesita tu mirada única. Saber qué necesita, cuándo, qué te está pidiendo y cómo se lo puedes dar, es lo que hará la diferencia en tu vida en esta etapa, pero sobre todo, marcará la diferencia en su infancia y, desde aquí, en su vida adulta.

Si te ha gustado esta entrada, por favor, compártela porque puede ayudar a muchas otras mamás. Si quieres que te acompañe personalmente en tu proceso de reconexión, en esta etapa de tu vida tan apasionante como es la crianza, cuenta conmigo y mira aquí como te puedo ayudar.

Por tu felicidad y la de tu hij@

Los pediatras no deben opinar de crianza

Se que este post no le va a gustar a muchos, pero creo que es muy necesario empoderar a las mamás en este sentido y, como siempre, me pongo a su disposición para contestar a sus comentarios. Intentaré ser lo más respetuosa y clara posible.

El otro día en un comentario a uno de mis posts, una mamá me explicaba que había llevado a su hija de un año a la guardería porque el pediatra le había dicho que estaba demasiado apegada y que necesitaba estar con otros niños. Tengo que decir que cuando lo leí de verdad me molesté. Le di una respuesta a la mamá, en caliente, y me gustaría ahora explicarme con más detalle.

Los pediatras, en general, son grandísimos profesionales, dedicados, con una gran sabiduría en cuanto a enfermedades y dolencias infantiles, prevención, diagnóstico, tratamientos, etc. Cuando una mamá tiene una preocupación sobre la salud de su hijo, ya sea un salpullido, una tos, una caída, o lo que sea de esa índole, mi consejo siempre es: llévalo al pediatra y haz lo que te diga. Y si no te convence su diagnóstico, ve a otro pediatra.

En cambio, cuando una mamá viene diciendo que el pediatra le dijo que debía hacer tal o cual cosa en relación con cómo es criado su hijo, los criterios de los papás en cuanto a cuando llevarlo a la guardería, si es muy demandante o no (esto es totalmente subjetivo de cada niño y cada mamá/papá), cuánto o con quién debe dormir, si la mamá quiere seguir dandole pecho (sea cual sea la edad del bebé), o si es manipulador, mañoso, malcriado o si le debe cuidad la nana o la abuela, sólo puedo decirla una cosa: un pediatra no sabe nada de crianza por ser pediatra. Otra cosa es que se haya especializado en crianza, lactancia o la disciplina que sea. Pero ya no será su opinión como doctor o como pediatra. Será en calidad de otra cosa (persona que se informa de crianza??? no lo se).

Un pediatra no sabe nada de mi, de mi vida o de cómo es mi bebé (a nivel emocional o psicológico) ni tiene derecho a opinar con quién duermo yo o duerme mi bebé, si quiero seguir dándole pecho, de si está muy apegado a mi o no, de si mi bebé me manipula o no (no es su problema), o por supuesto cuando es la edad idónea para que mi hijo vaya a la guardería, si lo debería atender la abuela o la prima, o si lo consiento o no. Puede parecer fuerte pero no es su problema. No es un psicólogo infantil, ni experto en traumas de la primera infancia, ni en apego, ni en lactancia

En la carrera de pediatría no se da la asignatura de crianza, ni siquiera les enseñan sobre teoría del apego, lactancia, trastornos psicológicos en la primera infancia. Lo que nos sueltan en la consulta, la mayoría de las veces sin que se les pregunte, son puras opiniones, como las puede tener cualquiera: yo, mi abuela, la abuelita del pediatra o la vecina de al lado. Lo que pasa, es que todo lo que sale de la boca de cualquiera con una bata blanca (incluida la señora que sirve las tortillas en el Superama), en un momento tan vulnerable como es la maternidad, cala profundamente en nuestro interior y nos lo creemos a pies juntitas. Es más, nos siembra una duda que nos aleja de nuestra sabiduría interior y refuerza la opinión externa que te aconseja: “ves, si hasta el pediatra lo dice”. Entonces empezamos a tomar decisiones contradictorias, totalmente alejadas de lo que nos indica lo que sabemos de nuestro bebé (con el que hemos estado muchas más horas que el pediatra y lo conocemos mejor) y de nuestro sentido común. La culpa y la opinión externa ganan. Y nuestra autoestima, nuestro instinto, y lo más importante, nuestro bebé pierden. Así de injusto.

De crianza no debería opinar ningún pediatra. Ni Carlos González, al que sigo, admiro y cito en muchos post, si lo hiciera solamente en calidad de pediatra. Él mismo reconoce que tras acabar la carrera de pediatría no sabes nada de crianza. Él se interesó en el tema y se convirtió en un experto cuando comenzó a investigar acerca de crianza respetuosa con la infancia y de los trastornos asociados a su carencia. Sólo hay que leer sus libros para ver cuántas referencias menciona a estudios científicos, psicólogos infantiles y expertos en trauma infantil.

Igualmente tengo que decir, para que no se me mal interprete,  que por el mundo hay excepcionales pediatras, expertos en tratar patologías en niños, enfermedades, prevención, etc, que es su campo. Algunos de estos buenísimos profesionales opinan de crianza y otros no. Nuestra labor como madres es buscar a estos profesionales, darles todo el crédito en su ámbito de sabiduría y experiencia pero dudar a la hora de seguir sus consejos de crianza. Unos consejos serán buenos y otros malos, igual que los de la vecina.

De entre estos buenísimos profesionales yo prefiero aquellos que son respetuosos con mi bebé y conmigo. Es decir, no obligan a mi hija ser examinada contra su voluntad sólo por rutina y si es estrictamente necesario lo hacen con el máximo respeto y sin insistir; no la tratan como si ella no estuviera allí, sino que se dirigen a ella y son cuidadosos con sus comentarios: “esta niña está muy mimada” o “es una cuentista” o “esta niña es un poco manipuladora”. Para mi el límite salta cuando oigo algo acerca de mi hija que me molestaría que lo hubiera dicho de mi: “señora está usted muy mimada” o “es usted un poco cuentista” o “es usted un poco manipuladora”. Si alguna vez le escucho esto a algún pediatra, o a cualquier persona, creanme que notará mi disgusto y no me volverá a ver por su consulta.

Otra señal de un pediatra poco respetuoso es que me regañe. Este punto me da hasta risa. Nadie puede tomarse la libertad de regañarme. Soy una adulta, soy madre y todas, todas y cada una de las decisiones que tomo a lo largo del día, las tomo porque creo que hago lo mejor para mi bebé y tomo responsabilidad por ellas. También apechugo con las consecuencias. Y no sólo yo, esto es cierto para todas las madres del mundo (menos las que tengan un trastorno severo de la personalidad). Entonces: “no me regañe señor pediatra, lo que hice lo hice pensando que era lo mejor para mi bebé (como siempre), pero quizá me equivoqué porque soy HUMANA, igual que me he equivocado viniendo a su consulta. Buenas tardes”.

Busquen a esos grandísimos profesionales de la pediatría que aman su trabajo y a los niños, que son respetuosos con ellos y con nosotras. Eso es lo que merecemos, un trato respetuoso y razonable, nada menos que eso.

Ya saben que sus comentarios son bien recibidos.

Les mando un beso