Cómo saber si has perdido la conexión con tu instinto maternal

 

Cuando una mujer queda embarazada vive un proceso muy fuerte de conexión con su instinto maternal. De repente una se encuentra con una sensibilidad mucho más acentuada que antes. Pasa con los sentidos: el olfato de sabueso, la vista, la sensibilidad a los ruidos. También a nivel físico: la comida ya no sabe igual, sentimos deseo por unos alimentos y aversión por otros. Es como si de repente el cuerpo nos gritase lo que necesita, lo que es bueno o malo para el bebé y para nosotras mismas.

A nivel mental pasa exactamente lo mismo. Antes de estar embarazadas, teníamos unas ideas de lo que íbamos a hacer respecto al bebé, de cómo lo íbamos a criar, de en qué momento íbamos a hacer tal o cual cosa. Y como si de nubes se tratase, esas ideas a veces toman fuerza y a veces se van desvaneciendo.

Poco a poco va ocurriendo un cambiar de opinión sobre de todo lo que el entorno y nuestra propia infancia nos indica porque nos encontramos con un latido interno que nos dice lo que sí y lo que no. En esos momentos la conexión con el instinto maternal y las necesidades de nuestro bebé (nacido o por nacer) es muy grande.

A partir de aquí pueden ocurrir dos cosas. Una es que el entorno y nuestras historias de apego sean más fuertes que esa llamada y que la vayan silenciando poco a poco. Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá y poco a poco ésta se va desconectando de él, siguiendo las indicaciones de todo el mundo, que a veces son contradictorias entre sí y la mayoría de las veces con el instinto maternal.

Entonces haremos por adaptar al niño a esas indicaciones y negaremos nuestro propio instinto maternal y los reclamos de tu hij@ que llorará, enfermará, vomitará y hará lo que sea necesario por recuperar a su mamá conectada, tal y como su instinto de supervivencia le dicta. Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con él ya desde antes de nacer.

Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá

También puede ocurrir que nuestra voz interior sea más fuerte que la exterior. Entonces nos sentiremos extrañas en un mundo que nos parece hostil y con poco en común con nosotras. Entonces buscaremos otros apoyos, en los libros, en los estudios, en los grupos de mamás y, si tenemos suerte, los encontraremos. Si esto ocurre, entonces esa voz se convertirá en un grito y tendremos que confrontar al entorno, a lo de afuera, y encontrar nuestras propias estrategias para sobrevivir a la experiencia de la maternidad contra el mundo.

Todas nosotras nos situamos en algún punto de estos dos extremos. Pero no nos engañemos, los dos son lugares muy incómodos que nos llevan desde la culpa por no seguir el instinto, la inseguridad de haber perdido el pulso de lo que el bebé necesita, a la necesidad de complacer y hacer caso a lo que nos dicen o el miedo a perder el control o cometer errores.

Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con el bebé ya desde antes de nacer.

Pero el problema no es que lo que nos digan no esté bien. Seguro que cuando alguien nos da un consejo es porque le funcionó, o porque hay un estudio que lo avala, o porque hay un porcentaje de niños con los que funciona, pero eso no quiere decir que vaya a funcionar con mi hijo. Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los bebés pero no con MI hij@. Mi hij@ es único y ese libro está por escribir, y lo escribiremos mi bebé y yo.

Pero el asunto aquí no es que lo que dice el entorno esté bien o mal, sino que al escuchar a lo de afuera, dejamos de escuchar a lo de dentro: a mi misma y a mi hij@. Para saber qué necesita mi hij@ necesito entrenar la conexión con mi instinto que funciona como un músculo. Y eso sólo lo conseguiré mirando a mi bebé y escuchando mi interior. Las recomendaciones y opiniones están bien siempre y cuando las pongamos a prueba con la mirada hacia a mi hj@ y a mi misma. Entonces sabremos qué está bien o qué no está bien, en ese momento, para nosotros.

¿Y por qué nos pesa tanto el afuera? La mayoría de las mamás venimos de historias de apego inseguro, esto es, con nuestros instintos trastocados, más desarrollados en la parte de la supervivencia, con una gran tendencia a respuestas desproporcionadas ante el estrés. La inseguridad, el miedo, la culpa, son activadores de adrenalina, hormona que inhibe la tan necesaria oxitocina tanto en el parto como en la lactancia. Para mi esa es la causa principal de los partos complejos que acaban en cesáreas, los problemas de lactancia y de establecimiento de un apego seguro con nuestro hij@: El miedo, el miedo a soltar, a dejarme ir, a confiar, a ser.

Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los hij@ pero no con MI hij@

En mi opinión, lo más importante para ayudar a que estos bebés puedan disfrutar de una infancia feliz, con mamás sensibles a sus necesidades, pasa por que reeducar el entorno, para que entre todos aprendiéramos cómo apoyar a las mamás, antes y después del parto, para que hagan lo que su sabiduría interior sabe hacer.

A las mamás no hay que enseñarles nada. No lo necesitamos. Sí necesitamos médicos que nos ayuden con las enfermedades de nuestros hij@s, sí necesitamos papás, abuelas, amigas que nos apoyen -sobre todo emocionalmente- que nos digan que estamos haciendo lo que podemos, que nos quiten de las tareas que nos apartan de él, que nos escuchen y que nos digan la frase mágica: ¿qué necesitas?. Entonces la maternidad será más fluida y tan placentera como nos venden en la TV (o casi).

Con todo, esta tarea me parece bien difícil, porque ese entorno también viene de un sistema de apego inseguro, muchas veces ansioso y otras desconectado y empuja a las nuevas mamás a hiper angustiarse realizando intervenciones médicas excesivas, obligando a comer a sus hij@s, con un exceso de medicación, etc. o a desconectarse emocionalmente de ellos (dejándolos llorar, ignorándolos cuando hacen berrinche, no arrullándolos, con el uso excesivo de carreolas, balancines y demás aparatos), con la demonización de la dependencia, etc.

En mi experiencia la prevención es difícil porque parece que la maternidad es fácil, que se trata de tener controlado a los hij@s, de no mal educarlos y ya está, pero no es así. Todas antes de ser mamás decimos «esto no me va a pasar a mi» y luego me pasa eso y más. Las mamás embarazadas están pendientes del parto y poco más: cómo cambio pañales, cada cuanto lo alimento… es decir, cuestiones prácticas, el manual de instrucciones, pero nadie las prepara emocionalmente para lo que va a suceder o para acoger y atender de forma sensible a sus hij@s, muchas veces porque no lo consideran importante.

Y esto es lo que hay que cambiar, lo que vamos a cambiar, entre todas y todos. Contar nuestra experiencia ayuda, criar y educar a nuestra manera en entornos “no amigables” también ayuda, compartir estudios que apoyen el bienestar de los niñ@s y de las mamás puede ser una opción. Pero sobre todo recordar pedir ayuda para reconectarnos, para re-aprender a mirar a nuestr@s hij@s con otros ojos, los ojos de mamá conectada, sensible. Y desconectarnos de los deberías del afuera, de los libros de crianza que hablan de los niños y sus etapas como si fueran coches en lugar de personas. 

Tu hij@ es único y necesita tu mirada única. Saber qué necesita, cuándo, qué te está pidiendo y cómo se lo puedes dar, es lo que hará la diferencia en tu vida en esta etapa, pero sobre todo, marcará la diferencia en su infancia y, desde aquí, en su vida adulta.

Si te ha gustado esta entrada, por favor, compártela porque puede ayudar a muchas otras mamás. Si quieres que te acompañe personalmente en tu proceso de reconexión, en esta etapa de tu vida tan apasionante como es la crianza, cuenta conmigo y mira aquí como te puedo ayudar.

Por tu felicidad y la de tu hij@

Los pediatras no deben opinar de crianza

Se que este post no le va a gustar a muchos, pero creo que es muy necesario empoderar a las mamás en este sentido y, como siempre, me pongo a su disposición para contestar a sus comentarios. Intentaré ser lo más respetuosa y clara posible.

El otro día en un comentario a uno de mis posts, una mamá me explicaba que había llevado a su hija de un año a la guardería porque el pediatra le había dicho que estaba demasiado apegada y que necesitaba estar con otros niños. Tengo que decir que cuando lo leí de verdad me molesté. Le di una respuesta a la mamá, en caliente, y me gustaría ahora explicarme con más detalle.

Los pediatras, en general, son grandísimos profesionales, dedicados, con una gran sabiduría en cuanto a enfermedades y dolencias infantiles, prevención, diagnóstico, tratamientos, etc. Cuando una mamá tiene una preocupación sobre la salud de su hijo, ya sea un salpullido, una tos, una caída, o lo que sea de esa índole, mi consejo siempre es: llévalo al pediatra y haz lo que te diga. Y si no te convence su diagnóstico, ve a otro pediatra.

En cambio, cuando una mamá viene diciendo que el pediatra le dijo que debía hacer tal o cual cosa en relación con cómo es criado su hijo, los criterios de los papás en cuanto a cuando llevarlo a la guardería, si es muy demandante o no (esto es totalmente subjetivo de cada niño y cada mamá/papá), cuánto o con quién debe dormir, si la mamá quiere seguir dandole pecho (sea cual sea la edad del bebé), o si es manipulador, mañoso, malcriado o si le debe cuidad la nana o la abuela, sólo puedo decirla una cosa: un pediatra no sabe nada de crianza por ser pediatra. Otra cosa es que se haya especializado en crianza, lactancia o la disciplina que sea. Pero ya no será su opinión como doctor o como pediatra. Será en calidad de otra cosa (persona que se informa de crianza??? no lo se).

Un pediatra no sabe nada de mi, de mi vida o de cómo es mi bebé (a nivel emocional o psicológico) ni tiene derecho a opinar con quién duermo yo o duerme mi bebé, si quiero seguir dándole pecho, de si está muy apegado a mi o no, de si mi bebé me manipula o no (no es su problema), o por supuesto cuando es la edad idónea para que mi hijo vaya a la guardería, si lo debería atender la abuela o la prima, o si lo consiento o no. Puede parecer fuerte pero no es su problema. No es un psicólogo infantil, ni experto en traumas de la primera infancia, ni en apego, ni en lactancia

En la carrera de pediatría no se da la asignatura de crianza, ni siquiera les enseñan sobre teoría del apego, lactancia, trastornos psicológicos en la primera infancia. Lo que nos sueltan en la consulta, la mayoría de las veces sin que se les pregunte, son puras opiniones, como las puede tener cualquiera: yo, mi abuela, la abuelita del pediatra o la vecina de al lado. Lo que pasa, es que todo lo que sale de la boca de cualquiera con una bata blanca (incluida la señora que sirve las tortillas en el Superama), en un momento tan vulnerable como es la maternidad, cala profundamente en nuestro interior y nos lo creemos a pies juntitas. Es más, nos siembra una duda que nos aleja de nuestra sabiduría interior y refuerza la opinión externa que te aconseja: “ves, si hasta el pediatra lo dice”. Entonces empezamos a tomar decisiones contradictorias, totalmente alejadas de lo que nos indica lo que sabemos de nuestro bebé (con el que hemos estado muchas más horas que el pediatra y lo conocemos mejor) y de nuestro sentido común. La culpa y la opinión externa ganan. Y nuestra autoestima, nuestro instinto, y lo más importante, nuestro bebé pierden. Así de injusto.

De crianza no debería opinar ningún pediatra. Ni Carlos González, al que sigo, admiro y cito en muchos post, si lo hiciera solamente en calidad de pediatra. Él mismo reconoce que tras acabar la carrera de pediatría no sabes nada de crianza. Él se interesó en el tema y se convirtió en un experto cuando comenzó a investigar acerca de crianza respetuosa con la infancia y de los trastornos asociados a su carencia. Sólo hay que leer sus libros para ver cuántas referencias menciona a estudios científicos, psicólogos infantiles y expertos en trauma infantil.

Igualmente tengo que decir, para que no se me mal interprete,  que por el mundo hay excepcionales pediatras, expertos en tratar patologías en niños, enfermedades, prevención, etc, que es su campo. Algunos de estos buenísimos profesionales opinan de crianza y otros no. Nuestra labor como madres es buscar a estos profesionales, darles todo el crédito en su ámbito de sabiduría y experiencia pero dudar a la hora de seguir sus consejos de crianza. Unos consejos serán buenos y otros malos, igual que los de la vecina.

De entre estos buenísimos profesionales yo prefiero aquellos que son respetuosos con mi bebé y conmigo. Es decir, no obligan a mi hija ser examinada contra su voluntad sólo por rutina y si es estrictamente necesario lo hacen con el máximo respeto y sin insistir; no la tratan como si ella no estuviera allí, sino que se dirigen a ella y son cuidadosos con sus comentarios: “esta niña está muy mimada” o “es una cuentista” o “esta niña es un poco manipuladora”. Para mi el límite salta cuando oigo algo acerca de mi hija que me molestaría que lo hubiera dicho de mi: “señora está usted muy mimada” o “es usted un poco cuentista” o “es usted un poco manipuladora”. Si alguna vez le escucho esto a algún pediatra, o a cualquier persona, creanme que notará mi disgusto y no me volverá a ver por su consulta.

Otra señal de un pediatra poco respetuoso es que me regañe. Este punto me da hasta risa. Nadie puede tomarse la libertad de regañarme. Soy una adulta, soy madre y todas, todas y cada una de las decisiones que tomo a lo largo del día, las tomo porque creo que hago lo mejor para mi bebé y tomo responsabilidad por ellas. También apechugo con las consecuencias. Y no sólo yo, esto es cierto para todas las madres del mundo (menos las que tengan un trastorno severo de la personalidad). Entonces: “no me regañe señor pediatra, lo que hice lo hice pensando que era lo mejor para mi bebé (como siempre), pero quizá me equivoqué porque soy HUMANA, igual que me he equivocado viniendo a su consulta. Buenas tardes”.

Busquen a esos grandísimos profesionales de la pediatría que aman su trabajo y a los niños, que son respetuosos con ellos y con nosotras. Eso es lo que merecemos, un trato respetuoso y razonable, nada menos que eso.

Ya saben que sus comentarios son bien recibidos.

Les mando un beso

¿Eres una madre lo suficientemente buena?

super-951190_1280En todo este lío de la maternidad, hay una cosa que tengo diametralmente clara: todas las mamás del mundo quieren lo mejor para sus hijos. Punto. Unas ponen el foco en la alimentación, otras en la educación, unas los llevan a los “mejores” colegios y otras los educan en casa porque consideran que eso es lo mejor para sus hijos. Como sea que lo quieran conseguir, todas lo hacen pensando en el bienestar de sus hijos. Esto está claro.

Muchas veces, esta intención nos lleva a realizar un cambio radical de vida y a renunciar a aspectos importantes. Aunque no lo veamos como una renuncia, en muchas ocasiones este cambio de vida nos hace pagar un precio bastante alto: físico, emocional, económico, de realización personal, etc. 

Una vez que hemos elegido un camino, normalmente nos ponemos en una posición bastante radical en cuanto a la crianza y nos juzgamos unas a otras de forma muy dura. En este sentido, para mi, cada mamá conoce mejor que nadie su vida, la vida de su familia y a su hijo y nadie tiene derecho a juzgar. Educamos como fuimos educadas. Hacemos todo lo mejor que sabemos y aun así, parece que no es suficiente. Nos visita la culpa varias veces al día. Descubrimos facetas propias que no nos gustan. Y en muchas, muchas ocasiones nos sentimos fatal con nosotras mismas.

Por este motivo, me gustaría  compartir contigo un concepto que me pareció de lo más interesante: La mamá lo suficientemente buena, acuñado por Donald Winnicott. Este célebre pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés, se especializó en el estudio de la relación mamá-bebé y las implicaciones de esta relación en el infante a lo largo de toda su vida.

Según Winnicott, la mamá influye en la vida de su hijo de manera significativa, sobre todo en lo emocional y en lo psicológico, hasta el punto que de sus cuidados depende que éste se desarrolle plenamente. Ahí es nada.

Para este experto, la mamá lo suficientemente buena es la que desarrolla un instinto que le hace poner las necesidades del bebé por encima de las propias, está más atenta a los ritmos del bebé que a los suyos propios y es capaz de verlo como un ser integral con todas las potencialidades en su interior. Esto sería la mamá que se quita el abrigo para tapar a su bebé, la que decide comer cuando su bebé ya se ha dormido porque percibe que tiene sueño o la que le deja que se suba a la silla solo porque ya se ha dado cuenta de que el niño ya puede hacerlo por sí solo. Hasta aquí vamos bien.

En lo que se refiere a necesidades físicas parece que todas nos sentimos más o menos cómodas al ejercer la maternidad. Pero la cosa se pone un poco más difícil cuando hablamos de necesidades emocionales. Para Winnicott, un cuidador lo suficientemente bueno, es aquel que busca trascender las limitaciones personales, sus estados de ánimo y sus propias reacciones en beneficio de los pequeños. En este sentido, al ponerse en lugar del bebé, la madre se vuelve capaz de darle el amor y cuidado que sus requerimientos físicos y emocionales requieren. 

Aquí ya vamos un poco más limitadas. Esto no es tan fácil como podría parecer en un primer momento. A veces somos excesivamente individualistas y somos incapaces de ver las necesidades del otro (hijo o no hijo) dado el tamaño de nuestra propia necesidad. Otras veces la limitación es la falta de habilidad de poner límites de forma amorosa. Y no me refiero solamente a nuestros hijos. También suele ocurrir que nuestro propio perfeccionismo nos haga ser irracionalmente exigentes y rígidos con nuestra forma de crianza y con el trato al prójimo (y sí, aquí estoy pensando también en nuestras parejas).

Así nos pasamos la vida saltando de la autoexigencia feroz al reconocimiento de las propias necesidades, que tampoco llegamos a cubrir porque la culpa llega para hacer estragos en nuestra realidad emocional. Queremos ser buenas madres pero sentimos un vacío interior tan inmenso, una necesidad emocional tan grande que no nos llega para dar lo que nosotras mismas nos exigimos.

Y ¿por qué nos resulta tan difícil?. Lo que más nos limita en realizar nuestra función de cuidador suelen ser las limitaciones de nuestro propio carácter. Los rasgos dominantes y automáticos que quedaron fijados en nuestra más tierna infancia al defendernos de formas de crianza irrespetuosas e invasivas y de aceptar inconscientemente como buenos estos patrones.

Esta visión de la maternidad es, además de irreal, muy dañina para nosotras mismas y sobre todo para nuestros hijos. Si tenemos en cuenta la definición de Winnicott, este experto no dice que el buen cuidador es el que es capaz de trascender sus limitaciones personales, sino el que BUSCA trascenderlas. Y aquí está la diferencia, sutil pero importantísima porque aquí estamos la gran mayoría de nosotras.

Él no habla de ser una madre sufrida y dedicada que entrega su vida al cuidado de su bebé. No. Tampoco habla de dejar el trabajo, ni de dar la teta hasta los siete años ni nada de esto. ¡Ojo! que no estoy diciendo que esto no sea deseable ni conveniente, sino que no es imprescindible ni mucho menos suficiente. A veces no se puede, y eso está bien. A veces no se quiere, y eso también está bien. Lo que nos convierte en un buen cuidador es buscar trascender nuestras propias limitaciones y buscar alternativas que permitan llegar a cubrir las necesidades de nuestros bebés de forma balanceada con nuestra forma de vida. ¿Y de esa forma también somos buenas madres? Sí, así somos madres lo suficientemente buenas también.

Efectivamente, ser un cuidador suficientemente bueno es un trabajo de tiempo completo que exige una apertura a la transformación personal sin precedente para comprender, aceptar y cubrir nuestras propias necesidades para ser capaces después de cubrir las necesidades del bebé. Sin esta apertura y esa autosuficiencia emocional será muy difícil darnos cuenta de cómo resolver nuestros propios dilemas personales antes de que pueden llegar a limitar el desarrollo emocional, psicosocial y cognitivo del niño.

Puede que no sea fácil, pero espero que sirva que recordemos que el punto óptimo está en la búsqueda, en la intención y en la indagación personal para sacarnos las autolimitaciones y los autosabotajes que seguro también impactan en otras áreas de la vida.

¿Y cómo lo hago? 

  1. Sigue como vas: lo estás haciendo muy bien.
  2. No te dejes engañar: tú sabes qué es lo mejor para tu hijo.
  3. No te engañes a ti misma: tienes necesidades. Míralas de frente. Acéptalas. Atiéndelas.
  4. No te cuentes cuentos. No busques excusas: tú sabes lo que necesitas. Si tú no estás bien, ninguna persona a tu alrededor lo estará. Tu hijo el que menos.
  5. Busca ayuda. Grita ayuda: ayuda profesional de un coach, un psicólogo, lo que mejor te cuadre, pero siempre especializados en lo que te pasa a ti, alguien que te entienda; busca a alguien que te ayude con la limpieza; busca a alguien que te ayude con los niños; busca un gimnasio con guardería; busca lo que o que sea que necesites PARA ESTAR BIEN TÚ.
  6. Busca tiempo para ti. Me remito al punto 5: busca ayuda para conseguir tiempo.
  7. Quiérete mucho. Tú a ti. Ese es el cariño que más necesitas. Deja a los demás con su vida, sus amores y sus elecciones. Tú sólo necesitas quererte tú.

¡Mucho ánimo mamás!

Espero que te haya servido el post y me cuentes tu opinión en los comentarios.

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¿Quieres saber qué puedo hacer por ti?

Descubre cuál es mi fórmula para que tu crianza sea placentera, equilibrada y eficaz para que tu hijo crezca como un adulto feliz

Aprendiendo crianza respetuosa con Pepa Pig

Peppa Pig - Serie de TV - PORTADAMe imagino que también te pasa: Mi hija es fan de Pepa Pig. Sí, yo también tengo esa vocecita cursi y sabionda metida en el cerebro. A veces desearía poder desconectar la tableta con la mente para parar tener aun poco de paz. Pero también tengo que reconocer que cuando vamos en el coche o me tengo me meter al baño me viene muy bien.

No estoy diciendo que sea lo correcto. Me encantaría no tener nunca la necesidad de hacerlo. Pero las mamás también necesitamos unos minutos para tomar aire. Esa es mi opinión, pero hoy no voy a hablar de eso.

Hoy quiero compartir contigo algo que me llama profundamente la atención. No se si te has fijado, pero en la familia Pig los niños son niños: se enfadan, hacen travesuras, rompen cosas, no saben compartir, compiten… Son niños normales. Los que no son normales son los papás.

Yo me reconozco fan de Mamá y Papá Pig y de su forma de resolver los conflictos. Jamás se enfadan, pero ni entre ellos. Y eso que a veces se nota la tensión. Pero aunque algo no les guste, siempre tienen una palabra amable o una ironía para quitar hierro a la situación. ¡Me encantan!

La idea no es ser perfecta imitando un ideal imposible. Yo no soy una caricatura, pero a mi los Pig me dan que pensar y sobre todo un modelo a seguir: ¿De verdad es tan importante que Pepa haya metido su vestido rojo en la lavadora con la camiseta de jugar al fútbol de Papá Pig y que esta se haya vuelto rosa? Pues seguro que a mi me hubiera enfadado mucho, pero Papá Pig supo mantener el tipo, no culpar a nadie y disfrutar de su partido. ¡Chapó!

Igual yo no voy a ser capaz de mantener el tipo de esa forma, ni aunque me lo proponga. Yo soy humana igual que tú. Pero esta familia me da una idea de lo que está bien y de lo que está mal con los hijos. De que se puede bajar la intensidad de las situaciones con los niños y que está bien hacerlo. De que nada importa más que predicar con el ejemplo que las cosas materiales importan menos que herir los sentimientos de las personas.

Sabes, alguna vez he pensado que no me gustaría que mi hija pudiera desear pertenecer a la familia Pig en lugar de a la nuestra. Pero a mi sí me pasa que me hubiera gustado ser una Pig y saltar en los charcos de barro con mi familia alguna vez. Eso nunca pasó, de hecho hubiera sido impensable, pero que mi hija sienta que es feliz en la familia a la que pertenece, eso sí depende de mi.

¿Cómo podemos conseguirlo?

Cuando se da una situación conflictiva a mi me ayuda seguir estos pasos. Primero casi casi tendría que anotarlos en una lista y sacarla para no olvidar nada

  1. Observar la situación SIN reaccionar
  2. Respirar
  3. Evaluar objetivamente y sin juzgar: Lo que ha pasado es A y B
  4. Respirar otra vez
  5. Pensar si en realidad merece la pena hacer sentir mal a mi hija por esa cosa que ha pasado
  6. Sí, respirar o más bien suspirar
  7. Ponerme en modo solución: ¿Qué podemos hacer ahora para resolverlo?
  8. Involucrar a mi hija en la solución
  9. Celebrar (esta es la que más me gusta) que lo solucionamos juntas

De esta forma no juzgamos a nuestros hijos por sus errores. No les hacemos sentir culpables, con lo que no dañamos su autoestima y no les trasmitimos el mensaje de que son malos. Les enseñamos a no juzgar, a no culpar y a no culparse. Les enseñamos a ser positivos y a resolver ante las situaciones problemáticas de la vida. Aprenden que las cosas no valen más que las personas y que nunca merece la pena herir a otro ser humano. ¿Suena bien verdad? Pues a aprender con la familia Pig 😉

Me encanta todo lo que he descubierto con esta familia, pero sobre todo me encanta que esta serie ayude a normalizar un trato justo, equilibrado y respetuoso con los niños.

¡Un 10 para la familia Pig!

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Sin premios ni castigos, ¿cómo se hace eso?

Archivo 13-10-15 17 29 34Quiero darles las gracias por la gran acogida del último post sobre la conferencia de Carlos González en DF. A raíz de ese post, alguna mamá preguntó «Bueno, ok, sin castigos y sin premios, pero entonces ¿cómo?». Me pareció un muy buen punto y le prometí un post para aclarar sus dudas. Aquí va.

Lo que Carlos González apuntaba en la conferencia es que a los niños les gusta naturalmente imitar, colaborar y que haya un ambiente cordial. A veces puede parecer que esto no es así. A veces no quieren seguir nuestros deseos. Como yo lo veo, casi nunca es por llevar la contraria. Normalmente es porque están cansados, no le ven el chiste a la cosa o porque simplemente quieren hacer otra cosa.

Lo que Carlos González apuntaba en la conferencia es que a los niños les gusta naturalmente imitar, colaborar y que haya un ambiente cordial.

A nosotras las mamás, con nuestra agenda apretada, las tareas y tantas cosas que hacer, que no quieran hacer lo que nosotras les pedimos es un inconveniente, y a veces muy grande. Hay que llegar en hora a los sitios, hay que asearse, lavarse los dientes, comer o dejarse cortar las uñas. Todas esas cosas son importantes, para nosotras, pero no para nuestros bebés.

De esta forma, la situación se convierte en un «o tú o yo». O hacemos lo que mamá dice «porque yo soy tu madre y punto» o tenemos un bebé consentido, que se sale con la suya, malcriado, chillón… Nuestra reacción suele ser con enfado, en cierta forma agresiva, porque vivimos como una agresión la negativa del niño a seguir las instrucciones. Ahí es cuando viene el grito, la mala contestación e incluso la bofetada.

¿Esto nos hace malas madres? Yo pienso que no. Lo que somos es madres desbordadas, abrumadas, que se sintieron atacadas por sus hijo y estos pagaron las consecuencias.

La invitación es que te pongas por un momento en los zapatos del niño. Hasta los dos años o más no tienen el sentido del tiempo desarrollado a nivel cerebral. Tú le puedes decir a tu bebé, voy a venir dentro de un minuto, o dentro de tres horas, que él lo que entenderá es que tú has desaparecido y que él está solo en el mundo y que va a venir un depredador y se lo va a comer. Esto es así porque tu hijo tiene un nivel de desarrollo perfecto para su edad y su instinto de conservación está intacto. Ese es el mismo instinto de conservación que le servirá en la adolescencia para no saltar por la ventana cuando sus amigos lo hagan. Entonces si tú hijo no te deja ni a sol ni a sombra y llora cuando te vas, ¡enhorabuena! Tienes un hijo sano.

La invitación es que te pongas por un momento en los zapatos del niño.

Por otro lado, piensa que a tu hijo no le interesan nada tus obligaciones. Y tiene toda la razón. Él está diseñado para explorar, aprender, tener experiencias nuevas, jugar, divertirse…. Y eso es lo que hace. Es paradójico lo mucho que las mamás nos esforzamos en llevarlos a centros de estimulación para que se desarrollen y lo poco que les dejamos hurgar en nuestros cajones para que desarrollen su curiosidad.

Si lo piensas es un poco absurdo: desarróllate pero a mi manera y como yo decido. Yo se lo que es mejor para ti. Ahora aprendes y ahora obedeces. Seguro sería mucho más cómodo para nosotras, pero los niños no funcionan así. Y no deben funcionar así. Por ahí oí un vez que queremos hijos creativos, líderes, inteligentes y felices, pero cuando son niños les obligamos a ser obedientes y a hacer las cosas de una sola manera, la nuestra, a pesar de que eso no les haga muy felices. Creo que no puede ser más cierto.

Es paradójico lo mucho que las mamás nos esforzamos en llevarlos a centros de estimulación para que se desarrollen y lo poco que les dejamos hurgar en nuestros cajones para que desarrollen su curiosidad.

Llegados a este punto, seguro piensas, «ok, le debo dejar que haga lo que quiera?». Pues tampoco. En la vida hay cosas que son obligatorias. Carlos González mencionó varios tipos de límites. Hay límites que son infranqueables. Si hay un precipicio uno no puede avanzar. Si sales a la calle sin zapatos pues igual te lastimas. Si pegas a un amigo, es posible que ya no lo quiera ser más. ¿Cómo le enseñamos esto a nuestros hijos? Con mucha paciencia y pensando siempre que ellos ni saben estas cosas ni tendrían que saberlas. NO lo hacen por fastidiar, lo hacen porque son niños y es nuestra obligación enseñárselo con mucha paciencia y desde el amor.

No es una guerra. No quiere fastidiarte. No quiere que te sientas mal. No te está retando. Sólo es un niño que a lo más lo que está haciendo es llamar tu atención. ¿Y por qué se empeña en demandar tu atención? Porque la necesita para sobrevivir. Está escrito es sus genes de mamífero. No es su culpa. Es su diseño humano. «Ya, pero es que mi hijo es Alto dependiente», ok, entonces es que tu hijo la necesita mucho más que otros. Esto a veces es un inconveniente para nuestra vida, igual que cuando se despierta mucho o cuando no duerme, pero no lo hace a propósito.

NO lo hacen por fastidiar, lo hacen porque son niños y es nuestra obligación enseñárselo con mucha paciencia y desde el amor.

¿Cómo actuar? Pues ¿qué haces cuando tu hijo te necesita?, ¿cuando enferma, cuando se cae, cuando se asusta?. Lo atiendes ¿no?. Cuando mi hija me necesita me da la oportunidad de estar ahí para ella y fortalecer el vínculo que tenemos y la fortaleza de su apego conmigo. Es un momento que debemos aprovechar para que entiendan que estamos allí para ellos.

Y hay cosas, muchas cosas, que no se las podremos dar, que no están en nuestra mano o que por la razón que sea es mejor para ellos que no ocurran. Pero si lo pensamos un poco, son las menos. Es mejor que seamos firmes con muy pocas situaciones que estar toooodo el día peleando con ellos. En esta conferencia, Carlos González advertía: si gasta toda tu autoridad cuando son bebés, no te quedará nada cuando sean adolescentes y estemos hablando de situaciones mucho más graves.

De hecho no deberíamos pelear nunca. Porque como he dicho arriba no es una guerra. Tu hijo no está contra ti. Soy yo la que se siente agredida. Incluso, si somos realmente honestas con nosotras mismas, te diría que el motivo principal de nuestra frustración casi nunca son nuestros hijos. Porque a mi me pasa que hay días que aguanto más y otros menos por las mismas negativas de mi bebé. ¿Y a ti?.

De hecho hay días en los que ni siquiera me molesto y otros sí. Normalmente tiene más que ver con lo estricta que sea mi agenda, los planes que yo haya hecho, con terceras personas, con mi autoexigencia o con la exigencia de otros.

Carlos González advertía: si gasta toda tu autoridad cuando son bebés, no te quedará nada cuando sean adolescentes y estemos hablando de situaciones mucho más graves.

En otra conferencia oí decir a Carlos González que si mi jefe es inflexible con mi hora de entrada al trabajo pero mi hijo no lo entiende, al final aquí el importante es el niño, y además mi jefe tiene 40 años y es el que, en teoría, tiene la capacidad de entender y negociar, no mi hijo (que aún no tiene el cerebro desarrollado para eso). Esta visión puede ser un poco simplista si pensamos que el hijo es el más importante, porque que yo conserve mi trabajo también lo es. Pero y si cambiamos la palabra jefe por esposo, amiga, mamá, el quehacer, … Entonces nos encontramos que en muchas ocasiones la guerra es inútil y contraproducente, porque todos pueden ganar con un poco de paciencia y flexibilidad.

A esa mamá que tan acertadamente puntualizó la entrada anterior al blog, se me ocurrió prestarle una idea que a mi me sirve y espero que a alguien más también le sea útil. La idea es pedirle a mi hijo que haga algo que yo quiero que haga como si le pidiera esa cosa a mi jefe, precisamente. ¿Cómo lo haría? ¿Le exigiría? Oiga, quiero mis vacaciones la primera semana de junio ¿Le amenazaría? Si no me da las vacaciones cuando quiero me marcho ¿Le haría chantaje emocional? Claro, no me da las vacaciones cuando quiero porque no me quiere o peor si no me das las vacaciones cuando quiero ya no te voy a querer. ¿Le darías un premio? Si me das las vacaciones cuando yo quiera trabajaré dos horas más cada día. ¿Le castigarías? Si no me das las vacaciones cuando quiero entonces no atenderé a los clientes. Esta forma de proceder sería totalmente ridícula, ¿cierto?.

¿Qué sería lo más inteligente entonces? Pues me imagino, corrígeme si me equivoco, que le tratarías con el máximo respeto, por supuesto. Le darías buenas razones para que a ÉL le interese que te vayas de vacaciones en ese momento. Le darías alguna alternativa más. Y si todavía se negase, pues igual intentarías llegar a un acuerdo intermedio que fuese bueno para ambas partes, aunque no puedas irte de vacaciones en la semana que en principio te interesaba.

Y si esta es la estrategia que utilizarías con una persona que merece tu máximo respeto, ¿por qué no utilizarla con tu hijo? Él también merece respeto. Pero eso no es lo más importante, sino que le estarás enseñando con el ejemplo cómo conseguir lo que quiere desde el respeto mutuo, la empatía y la asertividad, que no es poca cosa.

Espero que te haya servido el post y me cuentes tu opinión en los comentarios.

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Por qué educar sin premios, según Carlos González

CONFERENCIA CARLOS GONZALEZ
Estuvimos en la charla de Carlos Gonzalez en la Ciudad de México.

Como cabía esperar, no tuvo desperdicio. En próximos post me iré refiriendo a algunos de los temas que el pediatra español fue apuntando tanto en la charla como en el coloquio.

Como primera entrada, me gustaría contaros la opinión de este experto sobre los premios ya que, hace un tiempo, yo misma me sorprendía cuando leía que este gurú de la crianza hablaba negativamente de los premios, ya que para mi eran algo positivo. ¿Te pasa a ti algo parecido? Pues verás.

Pero ¿qué es un buen premio?

En primer lugar, el experto se cuestiona qué es un buen premio. «Si te portas bien, te doy un caramelo» ¿¿¿Un caramelo???. No habíamos dicho que no se pueden comer caramelos, que si el azúcar, que si te quitan el hambre… ¿Cómo podemos premiar a nuestros hijos con algo que no es bueno para ellos? No, no. No podemos premiar con algo que en otro momento negaríamos a nuestro hijo. Entonces premiemos con algo saludable: «Si te dejas poner el pañal saldremos a jugar» ¿¿¿??? ¿Y si no? ¿No saldrán a jugar?. Claro que no. Jugarán igual. Así que esto tampoco es un buen premio sino que además no es verdad. En palabras de Carlos Gozález: Las cosas buenas se las tienes que dar igual y las cosas malas nunca. ¿Y en el caso de algo neutro? Pues como veremos a continuación puede ser algo ni bueno ni malo, pero la verdad es que no sirve.

«Las cosas buenas se las tienes que dar igual y las malas nunca»

Por qué los premios no sirven

Carlos González nos explicaba que existen dos formas de premiar. La primera es del tipo recompensa condicionada: si recoges los juguetes te daré un dulce. Lo que estamos enseñando a nuestros hijos con este tipo de recompensa es a esperar siempre algo a cambio. No es lo mismo que un día llegue a casa el primito y nuestro hijo juegue con él, lo cuide y lo entretenga y que después validemos su labor, que ordenarle «anda cuida al primo para que no nos moleste y luego te dejo repetir el postre».

Lo que estamos enseñando a nuestros hijos con este tipo de recompensa es a esperar siempre algo a cambio.

En la primera opción el niño sentirá que ha hecho algo bien porque él es una buena persona, cariñosa, empática. Quizá podría descubrir su vocación como docente o psicólogo infantil… ¿Quién sabe?. En la segunda, seguro sentirá que se ha salido con la suya y es posible que se sienta bien por haber sacado provecho de una situación. Pero realmente a mi no me gustaría que mi hija aprendiese de esta experiencia que en la vida siempre hay que sacar tajada y se convierta en una oportunista. ¿Y a ti?

La segunda forma de premiar sería con premios tipo «me gané la lotería». Según Carlos González, esa sí funciona. Es cuando se recibe un premio de manera aleatoria o fortuita. No es seguro que lo vayas a recibir. El premio se recibe como una sorpresa. Sería como si estuviesen en el casino: «voy a recoger los juguetes a ver si hoy me toca premio».

Pero este método tiene más inconvenientes que ventajas. En primer lugar, como comentó el experto, es poco ético. Nos pidió que nos imaginásemos cómo nos sentiríamos si nuestra pareja nos dijera «por plancharme las camisas, hoy te voy a llevar de paseo», en primer lugar sería muy confuso: «si te las plancho siempre, ¿por qué me hoy me vas a llevar de paseo?», y algo denigrante «Si te gusta ir de paseo conmigo vamos, y si no, no». Al final esto es una manipulación en toda regla. Y nosotros no queremos manipular a nuestros seres queridos y mucho menos a nuestros hijos. ¿No es así?

Con los castigos, el experto fue mucho más contundente. Para Carlos González los castigos no sirven, son inútiles. Según él, un castigo no modifica una conducta, sino que agudiza el ingenio para que no ser «cazados» en la próxima ocasión. Puso un ejemplo muy claro. Nadie diría «mira qué bueno, la niña ahora tiene un novio que ha pasado 20 años en la cárcel. Seguro después de salir estará totalmente reformado ya no será un delincuente nunca más». No, tampoco sería mi reacción. XD

Un castigo no modifica una conducta, sino que agudiza el ingenio para que no ser «cazados» en la próxima ocasión.

Como siempre, muy interesante Carlos González. Seguiré poniendo post de los aprendizajes de su charla en los próximos días. !Suscríbete y no te los pierdas!

Espero haberte servido.

 

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