Cómo convertir las agresiones de o hacia tu hijo o hija en oportunidades de aprendizaje

 

Hoy quiero compartir contigo un aprendizaje que surgió entre un grupo de padres de una comunidad Waldorf donde fui invitada a dar una charla.

El tema que les preocupaba era cómo responder adecuadamente en una situación de conflicto con agresión, donde tu hijo o hija o bien es el agredido o el agresor o ambos.

Las preguntas principales fueron: ¿Le decimos que se defienda? ¿Si no se defiende se va a volver codependiente? ¿Es lícito agredir para defenderse? ¿Cómo evitar esas situaciones? Me pareció muy interesante y quiero compartir lo que aprendimos en el blog.

En primer lugar, las situaciones en las que los niños (sobre todo de menos de tres o cuatro años) llegan a las manos son normales, desde el punto de vista del desarrollo al menos. Tenemos que pensar que antes que racionales, somos animales en proceso de socialización. La socialización viene después y se va asimilando según nuestro cerebro «superior» o cognitivo va desarrollándose. 

Es normal que nuestros hijos e hijas peleen si son pequeños, porque ante todo somos animales que no entendemos de normas o de lo socialmente aceptable. Eso hay que enseñarlo.

Desde el primer momento debemos evitar que los niños se hagan daño, ya sea ellos mismos o por manos de otros. Eso está claro. Pero jamás debemos etiquetar a ningún niño o niña por sus acciones, sino su comportamiento.

Igual que unos hablan, dejan el pañal, caminan, etc. antes o después, el auto control y el manejo socialmente aceptado de las emociones dependen de cada niño y su desarrollo. Dicho esto, siempre, siempre, siempre que hay agresión hay que intervenir. Como adultos, somos los responsables de mitigar, resolver y enseñar a manejar esas situaciones, sobre todo con el ejemplo.

Un adulto enfadado, que se siente culpable, que se siente agredido por la situación, acusador, etc. no está en el estado más indicado para resolver de forma constructiva una situación así. Así que lo primero es respirar, tranquilizarse y no hacer caso al juez interno para actuar con la mayor ecuanimidad posible.

Siempre, siempre, siempre que hay agresión hay que intervenir.

Es un conflicto en el que siempre las dos partes creen tener razón. El agresor lo es porque se está defendiendo de algo: del otro (aunque tuviera buenas intenciones en realidad) o de sí mismo (su miedo a ser menos, a quedar mal delante de otros, a perder su autoridad, etc.) Si tenemos esto en cuenta, nos será más fácil entender de forma equilibrada y equitativa la situación y actuar de forma adecuada.

Si nuestro hijx agrede a otro, lo que tienes que tener en cuenta es desde donde lo hizo, de qué se estaba defendiendo. Si se siente comprendido, después aceptará mejor las alternativas más socialmente aceptadas que le propongas. Debemos enseñar a nuestro hijo o hija son otras maneras de expresar su disgusto, enfado, miedo o la emoción subyacente, de formas más socialmente aceptadas, sin juzgarle ni condenarle personalmente, sino su coportamiento.

Idealmente, él mismo, si tiene la edad suficiente, puede pensar en las alternativas a la agresión que crea que podrían ayudarle en próximas ocasiones. No esperes que deje de reaccionar de esa forma a la primera, pueden pasar meses hasta que desarrolle el autocontrol que necesita, pero la clave está en que no pierdas la paciencia o la calma y en la repetición.

En cuanto al agredido, si es nuestro hijo o hija, lo que más va a ayudarle es que le mostremos cómo evitar ese tipo de situaciones en el futuro, enseñándole a conectar con su sentir, con su propia sabiduría interior sobre lo que está «bien» y lo que está «mal” (desde un punto de vista social), a leer en el otro su intención y su estado de ánimo, para que aprenda a prevenir esas situaciones y, lo más importante, a distinguir lo que le lastima de lo que no.

Si tu hijo agrede a otro, enséñale a ponerse en el lugar del otro y a diferenciar lo que está bien de lo que está mal por sí mismo

Este punto podría ser materia de otro artículo completo, pero lo más importante aquí es que le enseñemos a no ser una víctima, a no necesitar la aprobación o el amor de los otros a toda costa y a darse cuenta de cuándo algo es dañino para él o ella, ya sea física o emocionalmente, ya sea en cuanto a su integridad como persona o ya sea un precio a pagar por amistad o amor de otro.

Los conflictos en la vida son inevitables, eso es así. Uno no puede ni debe estar evitando confrontaciones, porque a veces son muy necesarias. No se trata de huir o de convertir a nuestros hijxs en pusilánimes. Se trata de que ellos aprendan a diferenciar a las personas, animales o cosas que, potencialmente, pueden hacerles daño. Ese es un aprendizaje invaluable para su bienestar futuro.

Lo más importante es que enseñemos a nuestros hijos a sentir lo que no les conviene, ya sean situaciones, personas o cosas

Para eso tienen que tener el suficiente nivel de desarrollo como para entender al otro, cómo piensa, qué siente, cuál es su ánimo y su intención. Para los niños de hasta cinco años, entender las intenciones de otra persona, es decir, poder adivinar lo que el otro estaba pensando y cuál era su intención al hacer algo, es madurativamente hablando imposible o al menos poco probable.

Predecir el pensamiento ajeno es una habilidad del cerebro cognitivo que necesita estar madura para producirse. Por eso, los niños menores de cinco años no saben si alguien hizo algo a propósito o accidentalmente o si su intención era lastimarles, engañarles o tener una atención con ellos. ¿Te ha pasado que golpeas a tu hijo o hija menor de cinco años sin querer y se enfada como si lo hubieras hecho a propósito? Es por esta razón.

Aunque madurativamente sea un desafío para ellos, tanto el aplicar otras formas de expresar sus emociones como el entender las intenciones de los otros, nuestra labor es explicarles la realidad de lo que pasó en la situación, sin poner ni quitar nada. Que nosotros traduzcamos con palabras su experiencia les ayuda a entender lo que pasa, cómo funciona el mundo, a que esa maduración se realice de acuerdo con la realidad de los que pasa y a desarrollar sus propias estrategias para resolver los conflictos.

 

Errores que no debemos cometer

 

  1. Culpabilizar a los objetos

El típico ejemplo de un error que no debemos cometer ya desde muy temprano es cuando nuestro hijx de un año o menos, que empieza a caminar y se golpea la cabeza con la mesa y nosotros le intentamos consolar diciendo “mala mesa, mala mesa”. Este es un claro ejemplo de “contra-educación”. Si hacemos eso, les estamos enseñando a:

  1. Culpar al otro sistemáticamente
  2. A no responsabilizarse de las situaciones y de su propio cuerpo
  3. A vivir la vida desde su subjetividad sin cuestionarse la realidad de los hechos

¿A cuántos adultos conoces que tienen este comportamiento ante los conflictos con los otros?

 

2. Jamás etiquetar ni a al agredido ni al agresor

Cuando etiquetamos, estamos siendo agresivos. Debemos recordad que el agresor siempre se está defendiendo, al menos en el caso de los niños pequeños. No existe la maldad en los niños. Ellos reaccionan de una forma socialmente incorrecta, pero no son malos.

 

3. Jamás pegar, castigar, regañar o humillar

Cuando un niño expresa rabia o agresividad desproporcionada es porque la ha sufrido en algún momento. Es esa sensación de impotencia, injusticia, abuso que sufren cuando, por ejemplo, les pegamos o castigamos sin tener en cuenta sus motivaciones. Esto de forma reiterada causa la agresividad y la rabia en otros más pequeños o en un posición de menor poder. Normalmente se pega, castiga o regaña al agresor, pero también, sin querer a veces humillamos a la víctima. Le decimos que no sea “niña”, que no sea cobarde, que actúe, que se defienda, cuando a veces no puede. Los seres humanos estamos diseñados para atacar, huir o congelarnos ante una amenaza. Cuando un niño no se defiende puede que su organismo le haya paralizado de forma automática.

 

4. Decirle a un niño que actúe de una determinada forma 

Siempre debemos enseñar a responder y ofrecer diferentes alternativas y a distinguir las personas o situaciones problemáticas y a valorar cómo actuar sobre ellas. Si le decimos que peque de vuelta si le pegan, le estamos autorizando a pegar cuando sea conveniente, pero no le estamos enseñando a valorar primero la situación y a actuar en consecuencia. Tal y como la naturaleza nos ha equipado de “serie”, cuando otro te agrede a veces es mejor huir, otras veces hacerse el “muerto” y otras atacar. Un niñx menor de 5 años todavía no va a poder distinguir una cosa de la otra.

Hay múltiples formas de actuar en una situación de agresión, enseñarle a distinguir cuál utilizar en cada momento usando su propio criterio, es lo más educativo que podemos hacer. Debemos, en primer lugar, validar su reacción, después enseñarle a usar su guía interna para actuar en consecuencia y de forma socialmente aceptable. Una y otra vez. La repetición es la clave [/box]

 

Hagamos que nuestros hijxs se conviertan en adultos más equilibrados, seguros y empáticos. Es nuestra responsabilidad ?

 

Me encantará que compartas conmigo tus dudas sobre este u otros temas que te preocupen a través de una asesoría de crianza. Es un espacio de 1 hora, online, en el que te ayudaré de forma personalizada a resolver tu problema con la crianza, con el comportamiento de tu hijx o con cualquier situación personal que te esté impidiendo dar lo mejor como mamá. Puedes ver aquí en qué consiste https://mamaenequilibrio.com/asesoria-de-crianza/

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Mi hijo está insoportable, irritable y de mal humor

Sabes, hoy estoy de bastante mal humor. He dormido poco. Me he despertado mucho por la noche y me ha costado dormirme. Además he tenido que hacer todo el día actividades tediosas. He estado en lugares donde no quería estar. Me he tenido que poner ropa con la que no me sentía a gusto y he tenido que comer algo que no me agradaba en absoluto. No ha sido mi día. Me he pasado todo el tiempo irritable, enfadada, contestando mal. Me molestaba cualquier cosa que me dijeran.

Y, claro, a veces he perdido el control y he gritado a las personas que se cruzaban en mi camino. Me he negado a vestirme y a comer lo que no quería, pero me ha dado igual. Lo he tenido que hacer. Al final del día sólo quería que de dejaran en paz. No aguantaba ni una petición más sin perder el control. 🙁

¿Te suena? ¿Te has sentido así alguna vez? Yo sí. Muchos días. Hay días que no me aguanto ni yo. Todo me parece mal, todo me sale mal y todo me molesta. No me gustan esos días, no me gusta estar así. Y cuando me pasa, aunque no quiero, pierdo en control de mis emociones. No puedo cambiar mi estado.

Ahora quiero que vuelvas a leer estas líneas pensando que es tu hijo o tu hija los que te habla. La diferencia entre ellos y yo es que ellos o no saben hablar o no saben expresar sus emociones, y además no tienen el desarrollo cerebral suficiente para auto controlarse. Si te pasa a ti, imagina cuando les pasa a ellos.

Ahora quiero que pienses en qué te pasa a ti, o cómo llegas normalmente a esas situaciones. Quizá no dormiste bien, quizá tenías un tema que te preocupaba. Quizá, como una mamá sugirió en el grupo de Mamás Criando en Equilibrio. Es posible que tú también estabas en la fase pre menstrual de tu ciclo -ahora que no nos oyen los hombres, tenemos que reconocer que nos afecta mucho-. Analiza los factores internos y externos que han podido influir en tu estado de ánimo.

Piensa que tu estado emocional también afecta mucho a tus hijos. Esto no lo digo para que te sientas culpable, al contrario, te estoy dando una herramienta para que las cosas estén un poco mejor: si sabes qué te afecta a ti y mantenerlo bajo control, es posible que el bienestar emocional de ambos cambie. Sentir lo que debe estar sintiendo tu hijo o hija, también te puede ayudar a sentir empatía por él, en lugar de ponerte a gritar o dejar de sentir que él o ella te están amargando el día. También son humanos y no hacen lo que hacen por hacernos la vida imposible. No tienen el desarrollo cerebral suficiente para eso, sobre todo si todavía si son menores de cuatro años.

Cuanto te pase, cuando te des cuenta de que te vas a desbordar, quizá te ayuden los tips de esta guía para Dejar de perder el control con mi hijo que escribí para ayudar a las mamás a estar en un estado calmado cuando sus hijos hacen berrinche o están insoportables. Puedes leerla para estar preparada para cuando uno de esos momentos llegue. Es muy breve y práctica. Puedes descargarla en este enlace.

Tú lo sabrás mejor, pero probablemente no habrán dormido bien, estarán fuera de su rutina o les habremos forzado para estar en actividades que no son propias de niños. Créeme, cuando yo lo hago, mi hija se sube por las paredes y acabamos con un día horrible las dos.

Ahora te pregunto:

  • ¿qué puedes hacer para darte cuenta de tu estado y el de tu hijo o hija?
  • ¿Dónde has forzado “la máquina”?
  • ¿Qué has aprendido?
  • ¿Qué puedes delegar o dejar para otro momento otro día?
  • ¿Qué cambiaría tu día a partir de ahora?
  • ¿Qué quiere hacer tu hijo o hija?
  • ¿Que juegues con él/ella?
  • ¿Que le prestes atención?
  • ¿Que dejes todo y le hagas caso?
  • ¿Por qué no probar a hacerlo?
  • ¿Por qué no poner música y empezar a saltar y a cantar juntos y a dejar todo lo demás para otro momento?
  • ¿Haría eso algún cambio?
  • ¿Qué tal descansar, dormir una siesta o regresar a casa?

 

Quizá pueda funcionar. No lo sabrás hasta que no lo pruebes. Y luego puedes contármelo en los comentarios abajo del post.

Si crees que necesitas que yo personalmente te ayude para este u otro problema que tengas con la crianza, con tu hijo o tu pareja, si sientes que no estás dando lo mejor de ti a tu familia, que necesitas ayuda, puedes pedir una cita de descubrimiento conmigo enviándome un correo a eva@criandoenequilibrio.com, y en ella te explicaré cómo te puedo ayudar a través de mis servicios de Coaching o asesoría de crianza individualizados, personalizados, para que juntas, diseñemos la forma más adecuada para ti, tu hijo y tu familia de solucionar este problema y yo te acompañe en el proceso hasta que consigas el resultado que deseas.

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Te mando un abrazo cargado de paciencia.

 

Qué hacer cuando mi pareja no comparte mi estilo y decisiones de crianza

 

Muchas de las mamás que le apostamos a esto de la crianza con apego o respetuosa nos quejamos de lo mismo: mi pareja no entiende, no opina lo mismo o no le parece bien lo que quiero para mi bebé. Menos para algunas afortunadas, esto algo generalizado.

Y no es que no entiendan, es que no entienden las cosas como las entendemos nosotras. No es que estén mal, es que no están donde estamos nosotras.

No es que no vean, es que no ven las cosas como las vemos nosotras. Y es lógico, no son nosotras, son “otro». Seguro nos pasará con muchos otros, pero este “otro” es muy importante, porque es el papá de nuestro hijo o hija.

Otras veces, nosotras simplemente cambiamos. Cambiamos de opinión, cambiamos en lo que creemos, cambiamos la forma en la que queremos criar a nuestros hijos.

Nosotras pasamos por un apasionante proceso de conexión con nuestros hijos por el que ellos no pasan. No es posible que se hagan a la idea de cómo nosotras sentimos a nuestros hijos y sus necesidades.

Para ellos todo es racional, blanco o negro, pero para nosotras, con relación a nuestros hijos, ya casi nada lo será. La parte instintiva y emocional a veces los hombres no son capaces de entenderla. Para eso debemos pedirles que hagan un acto de fe y que confíen en nosotras y en nuestra intuición.

Nosotras pasamos por un apasionante proceso de conexión con nuestros hijos por el que ellos no pasan

El peor problema para un hombre es vernos desbordadas emocional y psicológicamente y no saber qué hacer. Es muy difícil para ellos sostener eso, porque no están acostumbrados a manejar las emociones, mucho menos las de otro.

Si tu pareja se desborda cuando tú necesitas contención y toma decisiones radicales en cuanto a la crianza cuando tú le pides ayuda en ese estado, yo te sugiero que busques otra ayuda primero, que te de el impulso que necesitas para salir de ese estado de desborde emocional y que después le plantees a tu pareja soluciones de forma más racional, que él sepa entender mejor.

No es que no vean, es que no ven las cosas como las vemos nosotras.

Mi propuesta de hoy es que pruebes a ver a ese otro no como alguien que no entiende, que está mal, que no ve, sino simplemente como un otro que no soy yo, que no ha vivido lo mismo que yo.

Ellos no han experimentado los mismos procesos existenciales que yo, que fisiológica y biológicamente es diferente a mi. Y que entiendas tú que eso no está mal, sino que está bien. Que es como tiene que ser.

Los niños y niñas necesitan convivir con diferentes estilo de crianza. No nos engañemos, aquí la importante eres tú, pero sobre todo a partir del primer año, el papá o «los otros» involucrados en la vida del niño o la niña les ayudan a tener una experiencia más rica de la vida.

Ellos pronto podrán elegir qué es lo mejor para ellos, con quién quieren estar o quien es la verdadera autoridad y referencia. Pero lo importante es que les demos experiencias reales y amplias sobre qué es la vida en realidad.

Y en la vida hay muchos tipos de personas, con diferentes personalidades y gustos, a las que nosotras queremos, a veces a pesar de ellos. Confía en el otro, pero sobre todo confía en tu hijo o hija.

Hoy te propongo que simplemente le reconozcas como otro que viene desde otro lugar. Porque así te será más fácil no juzgar, comprender y empatizar para que después, desde esta perspectiva, le puedas explicar quién eres tú, cómo ves las cosas, de dónde vienes, cómo las has aprendido, lo que significan y lo importantes que son para ti.

Y así, después, juntos, sumando perspectivas, podréis encontrar el camino del diálogo y la comprensión para ser el equipo perfecto que ese bebé necesita en realidad.

Tu perspectiva no es la única. Seguro que tu pareja tiene mucho que aportarte. Si le tienes en cuenta, si entiendes sus por qués es más fácil que podáis llegar a un acuerdo.

Habrá límites, por supuesto. Uno de ellos puede ser el no agredir ni física ni verbalmente a vuestros hijos, o no castigarlos… pero siempre puedes intentar alguna de las propuestas que tu pareja te hace.

Seguro que te sirve hacer que él se ponga en el lugar del niño:

  • ¿cómo se siente cuando le tratáis así?,
  • ¿cómo se sentiría él si una persona del doble de su tamaño abusara de él o le humillara o le obligara a hacer algo?.
  • Pregúntale ¿qué está aprendiendo tu hijo o hija cuando recibe esa educación? ¿valores? ¿a hacer las cosas por placer o por superarse a sí mismo?
  • ¿o está aprendiendo obediencia ciega?
  • ¿qué pasará cuando no le vea nadie?
  • ¿habrá desarrollado un valor que no le haga simplemente responder al castigo o a la gratificación?

Algunas veces, el problema es otro pero no nos lo muestran tal cual. En ocasiones porque no lo identifican como tal. A veces nuestra pareja se sienten desplazada, poco atendida o incluso celosa de tu relación con tu hijo o hija. Si crees que es esto, puedes intentar hablarlo y buscar otras ratos de intimidad física y emocional con él o ella y darle un lugar diferenciado en tu vida.

Muchos hombres también tienen problemas con el colecho, por ejemplo, porque creen que va a afectar a sus relaciones sexuales.

No se trata de tener razón o de que tu hijo duerma en tu cama o fuera de ella. Se trata de escucharse los unos a los otros, encontrar el problema REAL de fondo y después juntos, encontrar alternativas y soluciones al problema.

Si te has visto en alguna de estas situaciones, te ofrezco mi apoyo.  Puedes pedir una Sesión de Descubrimiento conmigo, totalmente gratuita y sin compromiso, en la que te daré las claves de la solución de tu problema y los siguientes pasos que puedes dar para poder trabajarlo con mi apoyo.

Juntas, podemos diseñar la forma más adecuada para ti, tu hijo y tu familia de solucionar este problema y yo te acompañe en el proceso hasta que consigas el resultado que deseas.

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Límites para prevenir el abuso

No hago más que ver posts de cómo manejar berrinches, de cómo poner límites, de cómo disciplinar (aunque sea de forma positiva) y al mismo tiempo leo más y más noticias terribles de abusos hacia los niños, sexuales y no sexuales, y veo más comportamientos intolerantes y poco respetuosos hacia los niños. ¿Tendrá que ver? Yo creo que sí.

Sobre todo necesitamos proteger a nuestros hijos

En el mundo nos encontramos todo tipo de seres en diferentes condiciones mentales. Es lamentable, pero así es.

El problema es que no podemos estar ahí el 100% del tiempo para protegerles.

¿Entonces? ¿Qué hacer?

No podemos estar ahí el 100% del tiempo para protegerlos

Debemos enseñar a nuestros hijos a distinguir lo que está bien de lo que está mal para ellos, para que diferencien cuando alguien viene de buena fe y cuando no.

Y la clave está en que estén conectados con lo que está bien o mal para ellos y se den permiso para actuar en consecuencia.

Cuando ya tienen ocho o diez años uno les puede explicar: mira, es tu cuerpo y no debes dejar que nadie lo manipule, si algo te parece mal no lo hagas, si te pasa algo ven y cuéntamelo, yo te protegeré.

Los niños de esa edad comprenden y si tienen confianza contigo, si les has escuchado y atendido sus demandas, seguramente te cuenten que algo anda mal.

Antes de los tres años, los niños son más vulnerables. Pero la buena noticia es que también son más conscientes de lo que está bien y mal para ellos y si somos cuidadosos con nuestros mensajes hacia ellos, lo expresarán abiertamente.

La edad de cero a tres años es mágica. Es donde se fundamentan la autoestima, la empatía, los valores, donde un niño se forja la identidad, sus fortalezas y sus debilidades para toda la vida

Esta es la buena noticia. Lo que aprenda ahora sobre sí mismo le acompañará el resto de su vida. ¿Y por qué esto es importante? Porque los mensajes que les trasmitamos marcarán su autoconcepto, su sensación de seguridad y de valía.

Si acostumbramos a nuestros hijos pequeños a hacer caso a sus sensaciones e intuiciones, si les escuchamos cuando no quieren hacer algo hasta averiguar cuál es el problema, estaremos dejando intacta esa capacidad y conexión interior innatas.

El problema es cuando abusamos de decirles o mostrarles que nosotros «sabemos» que es mejor para ellos, porque entonces, lo que les trasmitimos es que lo que ellos sienten no vale, que es más válido lo que alguien externo les dice que es la verdad.

Tenemos que pensar que nosotros les enviamos al colegio o a otras actividades donde interactúan con otros adultos. Al hacerlo, les damos el mensaje, a veces explícito, de que tienen que obedecerles y portarse bien.

Cuando esos adultos no tienen buenas intenciones, se produce un conflicto en el interior del niño, que quiere obedecer a nuestro mandato, pero siente que eso que está pasando no está bien.

Un niño de menos de tres o cuatro años no tiene la capacidad de discernimiento, pero sí podemos enseñarles que si para ellos algo no está bien, entonces no está bien y que debe expresarlo. 

Para eso debemos dejar que expresen su descontento libremente, ya sea ante nosotros, con familiares y amigos o con personas de la escuela.

Lo normal es que lo hagan, que se resistan a algo que no les gusta, pero va a depender mucho de los mensajes que les hallamos trasmitido sobre obedecer y cómo comportarse con otros adultos.

Lo importante es que  les dejemos claro que:

  • SI ELLOS CREEN QUE ALGO ESTÁ MAL, ENTONCES ESTÁ MAL, y que nosotras estamos ahí para ayudarles a resolverlo
  • SI NO LES GUSTA ALGO NO DEBEN HACERLO. Luego podemos hablar con ellos de por qué no les gusta y ver alternativas con ellos. Pero siempre debemos escucharles.
  • SI NO ME GUSTA ALGUIEN O ALGO NO TENGO QUE TOLERARLO. A veces «obligamos» a los niños a dar besos, a no protestar cuando les tocan aunque sea cariñosamente, a no poner una mala cara a un adulto… Y eso es un mensaje que en una situación de abuso puede confundirlos.
  • MI MAMÁ SIEMPRE, SIEMPRE SIEMPRE ME VA A ESCUCHAR. Si siempre le escuchamos, entonces nos contará las cosas. Si a veces le escuchamos y a veces no, dejará de hacerlo. Si pensamos, o a veces incluso les decimos, que lo que les pasa son tonterías, dejarán de hablarnos.
  • MI MAMÁ ME va a DEFENDER. Y si le escucho me pongo en su lugar y le doy su parte de razón. Luego ya le explicaré y le daré alternativas, pero ellos siempre deben saber que estás de su lado

Espero que nunca se presente una situación desagradable en la vida de tu hijo o hija, pero si afianzamos su confianza y su asertividad, estoy segura de que les estaremos ayudando.

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Gracias por leerme.

Les mando un beso

Eva Martínez

Cómo saber si has perdido la conexión con tu instinto maternal

 

Cuando una mujer queda embarazada vive un proceso muy fuerte de conexión con su instinto maternal. De repente una se encuentra con una sensibilidad mucho más acentuada que antes. Pasa con los sentidos: el olfato de sabueso, la vista, la sensibilidad a los ruidos. También a nivel físico: la comida ya no sabe igual, sentimos deseo por unos alimentos y aversión por otros. Es como si de repente el cuerpo nos gritase lo que necesita, lo que es bueno o malo para el bebé y para nosotras mismas.

A nivel mental pasa exactamente lo mismo. Antes de estar embarazadas, teníamos unas ideas de lo que íbamos a hacer respecto al bebé, de cómo lo íbamos a criar, de en qué momento íbamos a hacer tal o cual cosa. Y como si de nubes se tratase, esas ideas a veces toman fuerza y a veces se van desvaneciendo.

Poco a poco va ocurriendo un cambiar de opinión sobre de todo lo que el entorno y nuestra propia infancia nos indica porque nos encontramos con un latido interno que nos dice lo que sí y lo que no. En esos momentos la conexión con el instinto maternal y las necesidades de nuestro bebé (nacido o por nacer) es muy grande.

A partir de aquí pueden ocurrir dos cosas. Una es que el entorno y nuestras historias de apego sean más fuertes que esa llamada y que la vayan silenciando poco a poco. Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá y poco a poco ésta se va desconectando de él, siguiendo las indicaciones de todo el mundo, que a veces son contradictorias entre sí y la mayoría de las veces con el instinto maternal.

Entonces haremos por adaptar al niño a esas indicaciones y negaremos nuestro propio instinto maternal y los reclamos de tu hij@ que llorará, enfermará, vomitará y hará lo que sea necesario por recuperar a su mamá conectada, tal y como su instinto de supervivencia le dicta. Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con él ya desde antes de nacer.

Lo de afuera comienza a «pisotear» las indicaciones instintivas de la mamá

También puede ocurrir que nuestra voz interior sea más fuerte que la exterior. Entonces nos sentiremos extrañas en un mundo que nos parece hostil y con poco en común con nosotras. Entonces buscaremos otros apoyos, en los libros, en los estudios, en los grupos de mamás y, si tenemos suerte, los encontraremos. Si esto ocurre, entonces esa voz se convertirá en un grito y tendremos que confrontar al entorno, a lo de afuera, y encontrar nuestras propias estrategias para sobrevivir a la experiencia de la maternidad contra el mundo.

Todas nosotras nos situamos en algún punto de estos dos extremos. Pero no nos engañemos, los dos son lugares muy incómodos que nos llevan desde la culpa por no seguir el instinto, la inseguridad de haber perdido el pulso de lo que el bebé necesita, a la necesidad de complacer y hacer caso a lo que nos dicen o el miedo a perder el control o cometer errores.

Es por esto por lo que para el ser humano la tarea de la maternidad es compleja y se rompe el vínculo seguro saludable con el bebé ya desde antes de nacer.

Pero el problema no es que lo que nos digan no esté bien. Seguro que cuando alguien nos da un consejo es porque le funcionó, o porque hay un estudio que lo avala, o porque hay un porcentaje de niños con los que funciona, pero eso no quiere decir que vaya a funcionar con mi hijo. Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los bebés pero no con MI hij@. Mi hij@ es único y ese libro está por escribir, y lo escribiremos mi bebé y yo.

Pero el asunto aquí no es que lo que dice el entorno esté bien o mal, sino que al escuchar a lo de afuera, dejamos de escuchar a lo de dentro: a mi misma y a mi hij@. Para saber qué necesita mi hij@ necesito entrenar la conexión con mi instinto que funciona como un músculo. Y eso sólo lo conseguiré mirando a mi bebé y escuchando mi interior. Las recomendaciones y opiniones están bien siempre y cuando las pongamos a prueba con la mirada hacia a mi hj@ y a mi misma. Entonces sabremos qué está bien o qué no está bien, en ese momento, para nosotros.

¿Y por qué nos pesa tanto el afuera? La mayoría de las mamás venimos de historias de apego inseguro, esto es, con nuestros instintos trastocados, más desarrollados en la parte de la supervivencia, con una gran tendencia a respuestas desproporcionadas ante el estrés. La inseguridad, el miedo, la culpa, son activadores de adrenalina, hormona que inhibe la tan necesaria oxitocina tanto en el parto como en la lactancia. Para mi esa es la causa principal de los partos complejos que acaban en cesáreas, los problemas de lactancia y de establecimiento de un apego seguro con nuestro hij@: El miedo, el miedo a soltar, a dejarme ir, a confiar, a ser.

Hay muchos libros que dicen cómo hacer con los hij@ pero no con MI hij@

En mi opinión, lo más importante para ayudar a que estos bebés puedan disfrutar de una infancia feliz, con mamás sensibles a sus necesidades, pasa por que reeducar el entorno, para que entre todos aprendiéramos cómo apoyar a las mamás, antes y después del parto, para que hagan lo que su sabiduría interior sabe hacer.

A las mamás no hay que enseñarles nada. No lo necesitamos. Sí necesitamos médicos que nos ayuden con las enfermedades de nuestros hij@s, sí necesitamos papás, abuelas, amigas que nos apoyen -sobre todo emocionalmente- que nos digan que estamos haciendo lo que podemos, que nos quiten de las tareas que nos apartan de él, que nos escuchen y que nos digan la frase mágica: ¿qué necesitas?. Entonces la maternidad será más fluida y tan placentera como nos venden en la TV (o casi).

Con todo, esta tarea me parece bien difícil, porque ese entorno también viene de un sistema de apego inseguro, muchas veces ansioso y otras desconectado y empuja a las nuevas mamás a hiper angustiarse realizando intervenciones médicas excesivas, obligando a comer a sus hij@s, con un exceso de medicación, etc. o a desconectarse emocionalmente de ellos (dejándolos llorar, ignorándolos cuando hacen berrinche, no arrullándolos, con el uso excesivo de carreolas, balancines y demás aparatos), con la demonización de la dependencia, etc.

En mi experiencia la prevención es difícil porque parece que la maternidad es fácil, que se trata de tener controlado a los hij@s, de no mal educarlos y ya está, pero no es así. Todas antes de ser mamás decimos «esto no me va a pasar a mi» y luego me pasa eso y más. Las mamás embarazadas están pendientes del parto y poco más: cómo cambio pañales, cada cuanto lo alimento… es decir, cuestiones prácticas, el manual de instrucciones, pero nadie las prepara emocionalmente para lo que va a suceder o para acoger y atender de forma sensible a sus hij@s, muchas veces porque no lo consideran importante.

Y esto es lo que hay que cambiar, lo que vamos a cambiar, entre todas y todos. Contar nuestra experiencia ayuda, criar y educar a nuestra manera en entornos “no amigables” también ayuda, compartir estudios que apoyen el bienestar de los niñ@s y de las mamás puede ser una opción. Pero sobre todo recordar pedir ayuda para reconectarnos, para re-aprender a mirar a nuestr@s hij@s con otros ojos, los ojos de mamá conectada, sensible. Y desconectarnos de los deberías del afuera, de los libros de crianza que hablan de los niños y sus etapas como si fueran coches en lugar de personas. 

Tu hij@ es único y necesita tu mirada única. Saber qué necesita, cuándo, qué te está pidiendo y cómo se lo puedes dar, es lo que hará la diferencia en tu vida en esta etapa, pero sobre todo, marcará la diferencia en su infancia y, desde aquí, en su vida adulta.

Si te ha gustado esta entrada, por favor, compártela porque puede ayudar a muchas otras mamás. Si quieres que te acompañe personalmente en tu proceso de reconexión, en esta etapa de tu vida tan apasionante como es la crianza, cuenta conmigo y mira aquí como te puedo ayudar.

Por tu felicidad y la de tu hij@

Los pediatras no deben opinar de crianza

Se que este post no le va a gustar a muchos, pero creo que es muy necesario empoderar a las mamás en este sentido y, como siempre, me pongo a su disposición para contestar a sus comentarios. Intentaré ser lo más respetuosa y clara posible.

El otro día en un comentario a uno de mis posts, una mamá me explicaba que había llevado a su hija de un año a la guardería porque el pediatra le había dicho que estaba demasiado apegada y que necesitaba estar con otros niños. Tengo que decir que cuando lo leí de verdad me molesté. Le di una respuesta a la mamá, en caliente, y me gustaría ahora explicarme con más detalle.

Los pediatras, en general, son grandísimos profesionales, dedicados, con una gran sabiduría en cuanto a enfermedades y dolencias infantiles, prevención, diagnóstico, tratamientos, etc. Cuando una mamá tiene una preocupación sobre la salud de su hijo, ya sea un salpullido, una tos, una caída, o lo que sea de esa índole, mi consejo siempre es: llévalo al pediatra y haz lo que te diga. Y si no te convence su diagnóstico, ve a otro pediatra.

En cambio, cuando una mamá viene diciendo que el pediatra le dijo que debía hacer tal o cual cosa en relación con cómo es criado su hijo, los criterios de los papás en cuanto a cuando llevarlo a la guardería, si es muy demandante o no (esto es totalmente subjetivo de cada niño y cada mamá/papá), cuánto o con quién debe dormir, si la mamá quiere seguir dandole pecho (sea cual sea la edad del bebé), o si es manipulador, mañoso, malcriado o si le debe cuidad la nana o la abuela, sólo puedo decirla una cosa: un pediatra no sabe nada de crianza por ser pediatra. Otra cosa es que se haya especializado en crianza, lactancia o la disciplina que sea. Pero ya no será su opinión como doctor o como pediatra. Será en calidad de otra cosa (persona que se informa de crianza??? no lo se).

Un pediatra no sabe nada de mi, de mi vida o de cómo es mi bebé (a nivel emocional o psicológico) ni tiene derecho a opinar con quién duermo yo o duerme mi bebé, si quiero seguir dándole pecho, de si está muy apegado a mi o no, de si mi bebé me manipula o no (no es su problema), o por supuesto cuando es la edad idónea para que mi hijo vaya a la guardería, si lo debería atender la abuela o la prima, o si lo consiento o no. Puede parecer fuerte pero no es su problema. No es un psicólogo infantil, ni experto en traumas de la primera infancia, ni en apego, ni en lactancia

En la carrera de pediatría no se da la asignatura de crianza, ni siquiera les enseñan sobre teoría del apego, lactancia, trastornos psicológicos en la primera infancia. Lo que nos sueltan en la consulta, la mayoría de las veces sin que se les pregunte, son puras opiniones, como las puede tener cualquiera: yo, mi abuela, la abuelita del pediatra o la vecina de al lado. Lo que pasa, es que todo lo que sale de la boca de cualquiera con una bata blanca (incluida la señora que sirve las tortillas en el Superama), en un momento tan vulnerable como es la maternidad, cala profundamente en nuestro interior y nos lo creemos a pies juntitas. Es más, nos siembra una duda que nos aleja de nuestra sabiduría interior y refuerza la opinión externa que te aconseja: “ves, si hasta el pediatra lo dice”. Entonces empezamos a tomar decisiones contradictorias, totalmente alejadas de lo que nos indica lo que sabemos de nuestro bebé (con el que hemos estado muchas más horas que el pediatra y lo conocemos mejor) y de nuestro sentido común. La culpa y la opinión externa ganan. Y nuestra autoestima, nuestro instinto, y lo más importante, nuestro bebé pierden. Así de injusto.

De crianza no debería opinar ningún pediatra. Ni Carlos González, al que sigo, admiro y cito en muchos post, si lo hiciera solamente en calidad de pediatra. Él mismo reconoce que tras acabar la carrera de pediatría no sabes nada de crianza. Él se interesó en el tema y se convirtió en un experto cuando comenzó a investigar acerca de crianza respetuosa con la infancia y de los trastornos asociados a su carencia. Sólo hay que leer sus libros para ver cuántas referencias menciona a estudios científicos, psicólogos infantiles y expertos en trauma infantil.

Igualmente tengo que decir, para que no se me mal interprete,  que por el mundo hay excepcionales pediatras, expertos en tratar patologías en niños, enfermedades, prevención, etc, que es su campo. Algunos de estos buenísimos profesionales opinan de crianza y otros no. Nuestra labor como madres es buscar a estos profesionales, darles todo el crédito en su ámbito de sabiduría y experiencia pero dudar a la hora de seguir sus consejos de crianza. Unos consejos serán buenos y otros malos, igual que los de la vecina.

De entre estos buenísimos profesionales yo prefiero aquellos que son respetuosos con mi bebé y conmigo. Es decir, no obligan a mi hija ser examinada contra su voluntad sólo por rutina y si es estrictamente necesario lo hacen con el máximo respeto y sin insistir; no la tratan como si ella no estuviera allí, sino que se dirigen a ella y son cuidadosos con sus comentarios: “esta niña está muy mimada” o “es una cuentista” o “esta niña es un poco manipuladora”. Para mi el límite salta cuando oigo algo acerca de mi hija que me molestaría que lo hubiera dicho de mi: “señora está usted muy mimada” o “es usted un poco cuentista” o “es usted un poco manipuladora”. Si alguna vez le escucho esto a algún pediatra, o a cualquier persona, creanme que notará mi disgusto y no me volverá a ver por su consulta.

Otra señal de un pediatra poco respetuoso es que me regañe. Este punto me da hasta risa. Nadie puede tomarse la libertad de regañarme. Soy una adulta, soy madre y todas, todas y cada una de las decisiones que tomo a lo largo del día, las tomo porque creo que hago lo mejor para mi bebé y tomo responsabilidad por ellas. También apechugo con las consecuencias. Y no sólo yo, esto es cierto para todas las madres del mundo (menos las que tengan un trastorno severo de la personalidad). Entonces: “no me regañe señor pediatra, lo que hice lo hice pensando que era lo mejor para mi bebé (como siempre), pero quizá me equivoqué porque soy HUMANA, igual que me he equivocado viniendo a su consulta. Buenas tardes”.

Busquen a esos grandísimos profesionales de la pediatría que aman su trabajo y a los niños, que son respetuosos con ellos y con nosotras. Eso es lo que merecemos, un trato respetuoso y razonable, nada menos que eso.

Ya saben que sus comentarios son bien recibidos.

Les mando un beso