¿Estás quemada como mamá?

El Síndrome del Burnout o síndrome de desgaste profesional es muy frecuente entre profesiones relacionadas con el cuidado de personas como médicos, enfermeras, psicólogos, maestros y trabajadores sociales. Pocas vemos nuestra labor como mamá como un trabajo, pero de lejos es mucho más demandante que los anteriores y además no está remunerado.

Qué es el síndrome del burnout

Es una afección relacionada con el estrés laboral que tiene graves secuelas en la salud física y emocional de quienes lo padecen. 

Motivado por largas jornadas y reducidos o ausentes descansos entre otros factores, se perfila como una de las tragedias de las nuevas condiciones laborales del siglo XXI.

Los investigadores Pines, Aronson y Kafry, en su libro Burnout, From Tedium to Personal Growth, definieron este síndrome en 1981 como El estado de agotamiento mental, físico y emocional producido por una persistente implicación en situaciones emocionalmente demandantes.
Si a esta demanda emocional le sumamos un trabajo de 24 horas al día 7 días a la semana, casi sin descansos, con interrupciones del sueño, como las que sufrimos las mamás, la situación se vuelve terrible e insostenible.

¿Es posible que como mamá este quemada?

Si tu labor como mamá, que al principio llevabas con alegría, acaba ahora con jornadas en las que te sientes agotada y vacía. Cuando hasta ves la hora de estar con tus hijos con angustia, porque tu cuerpo no da más de sí. Cuando ya no tienes ratos de ocio en los que refugiarte y a lo único que aspiras es a que llegue el fin de semana y anestesiarte frente al televisor, …

Sí es posible que estés quemada. 

El burnout es un problema de salud y de calidad de vida. Es un tipo de estés crónico que se podría definir, en palabras de Marisa Bosqued en su libro Quemados, como la respuesta psicofísica que tiene lugar en el individuo como consecuencia de un esfuerzo frecuente cuyos resultados, la persona considera ineficaces e insuficientes, ante lo cual reacciona exhausta, con sensación de indefensión y con retirada psicológica y a veces física de la actividad a causa del estrés excesivo y de la insatisfacción.

¿Te ves en ese estado? Yo tengo que reconocer que sí. Muchas veces.
Esa sensación de no hacer lo suficiente pero no haber descansado desde antes del día del parto en los primeros años, de ver pasar los días haciendo siempre lo mismo, cada vez con menos energía, vitalidad y alegría por vivir.
Esos síntomas podrían compararse con los de la depresión transitoria y son creados por un estrés excesivo y, sobre todo, falta de descanso.

Las sensaciones relacionadas son, según Bosqued, Agotamiento emocional, despersonalización, es decir, una separación del objeto de cuidado, en este caso de nuestros hijos y de nuestra pareja, a quienes culpamos de nuestra situación, y sensación de baja realización personal.

No importa lo exitosas que hayamos sido en el pasado, la maternidad hace que nos cuestionemos a nosotras mismas, nos mantiene en un estado de altísimas expectativas constantes y bajo la opinión de toda la sociedad, pero sobre todo de las personas más cercanas a nosotras. Esto causa que nuestra autoestima baje en picado hasta un nivel que ya no reconocemos ni quien somos.

Entre los factores de riesgo más elevados entre las profesiones del cuidado, las madres nos llevamos la palma, ya que todas cumplimos casi el 100% entre los factores de riesgo:

  • Fuerte idealismo y altruismo: queremos dar lo mejor para nuestros hijos sin recibir nada a cambio
  • Elevadas expectativas sobre nosotras mismas: y muchas veces irreales sobre lo que podemos cumplir en un tiempo concreto y el grado de impecabilidad al hacerlo.
  • Mayor sensibilidad hacia los sentimientos y necesidades de los demás: que cuando somos madres no sólo se circunscriben en nuestros hijos, sino en nuestra pareja, nuestra madre, amigas hermanas que parece que al sentirnos menos disponibles empiezan a demandar como nunca antes.
  • Elevado nivel de autoexigencia: como si tuviéramos que hacer todo perfecto y además mejor que nadie más
  • Excesiva autocrítica: lo que se deriva de lo anterior, porque como humanas que somos, jamás podremos estar a la altura de nuestros propios niveles de autoexigencia
  • Falta de habilidad para afrontar y manejar el estrés y las situaciones conflictivas: porque estamos tan agotadas que nuestras emociones están a flor de piel, nuestra autoestima es baja no somos capaces de pedir lo que necesitamos de forma apropiada.
  • Locus de control externo: o la atribución excesiva de las consecuencias de nuestros actos, como si de nosotras dependiera que el mundo entero fuera a caer o el bienestar de nuestros hijos, sin que nadie pueda ayudarnos.



¿Cuáles son los pasos que nos llevan desde el cansancio al burnout extremo?


  1. Fase de entusiasmo o luna de miel. Esta es la fase por la que pasamos todas las mamás en el embarazo y los primeros días de nuestra maternidad. Queremos dar lo mejor de nosotras, cueste lo que cueste. Pensamos que vamos a poder con todo y decidimos que vamos a hacer todo de la mejor manera. Yo siempre digo que todas pensamos, en esta fase, cuando vemos a amigas pasarlo mal como madres o tener malos resultados con sus hijos “esto no me va a pasar a mi cuando sea madre»
  2. Estancamiento. Despertar. La luna de miel se acaba, y empiezas a darte cuenta de que todo lo soñado hasta ahora, nada tiene que ver con la realidad. Ni lo que sucede ni yo misma soy capaz de dar lo que me había propuesto. Así que me siento mal conmigo misma, creo que las situaciones me sobrepasan y siento que soy un desastre total como madre.
  3. Fase de frustración. El entusiasmo y la energía desaparecen. A duras penas somos capaces de mantener nuestras propias rutinas de auto cuidado. Nos alimentamos mal, abandonamos casi casi las prácticas de aseo personal. Casi nos volvemos zombies, nos alteramos por cualquier cosa y nos desbordamos emocionalmente con frecuencia. Llega la sensación de querer salir corriendo de allí. Nos volvemos críticas, irritadas, culpables y no suficientes.
  4. Apatía o burnout total. La desesperanza es la nota predominante. Realmente queremos salid de allí a toda costa, pero estamos paralizadas y no tenemos autoestima suficiente para conseguirlo. Empezamos a sentirnos deprimidas, con ideas negativas sobre el futuro y empezamos a pensar que no servimos como madres o que nuestra vida no tiene sentido. Casi que nuestros hijos estarían mejor sin nosotras.

¿Cómo salir de esta situación?

Estemos en la fase que estemos, revertir este estado es posible. En casos como en depresión extrema, es necesario a veces pasar por el psiquiatra, aunque lo menos aconsejable para nuestros hijos es que estemos anestesiadas, hasta las orejas de antidepresivos.

La alternativa es volver a ponernos nosotras en primer lugar. Revertir el proceso tal y como se generó: descansando más, pidiendo ayuda, siendo conscientes de nuestras propias necesidades externas e internas y ocupándonos de satisfacerlas.

Tanto el burnout como el estrés extremo que padecemos las madres nos quitan la energía y la vitalidad, que podemos recuperar conectándonos con la mujer que siempre fuimos. Equilibrando nuestra vida dándonos momentos frecuentes de descanso, pero también ocupándonos en otras labores que nos permitan desconectar y que nos devuelvan nuestra autoestima.

No estoy pensando en hacer algo útil, sino todo lo contrario, útil o no, en algo que nos devuelva la ilusión, la alegría de vivir, que seamos capaces de hacer sin esfuerzo y que no sea tan importante como ser madres.

Darle a nuestra vida, a nuestra psique, estos momentos nos sacará progresivamente del estado de estrés crónico, ya que si nuestro organismo detecta que podemos dedicar tiempo a nuestro ocio y autocuidado, automáticamente percibirá que la situación general no es tan grave y nos permitirá aflojar un poco la marcha.

Para eso necesitamos parar, ser conscientes de las señales de nuestro cuerpo y esto, básicamente, conlleva dedicarnos tiempo. «Tiempo para mi” es la respuesta más frecuente a la pregunta “¿qué necesitas?” Que le planteo tantas veces a las mamás a las que ayudo.

¿Cómo puedo tener tiempo para mi?

Para una madre, parece una misión imposible, pero no lo es. Se trata de volver a conectarte con aquello que te hacer feliz, que no son tus hijos cuando por fin se durmieron. Que seas una guardiana de tus momentos de descanso, que aprendas a pedir ayuda y cuáles son tus ladrones del tiempo.

curso tiempo-para-ti

Para eso he diseñado el curso Tiempo para ti, para ayudarte a hacerlo paso a paso. Para que no te sientas culpable y tengas una estrategia y un plan que te ayudaré personalmente a elaborar.

También te ayudaré a que te liberes de los bloqueos internos y las creencias limitantes que te mantienen en ese estado de estrés que hace que seas tu peor versión para tu familia.

Date permiso, encuentra tu equilibrio y aprende a ser la mamá que quieres para tus hijos sin dejarte tu salud y tu felicidad en el intento. 

¿Quieres saber si este curso es para ti?

Ve este video

Cómo dejar de sentirte culpable como mamá

 

Muchas veces nos sentimos culpables como mamás. Porque se cayó el bebé, porque enfermó, porque llegaste tarde a buscarlo a la escuela, porque gritaste…

La culpa no sirve de nada. No repara el daño y no nos prepara para la próxima vez. Las cosas pasan porque pasan.

Entonces, ¿por qué nos sentimos culpables?  Inconscientemente, lo hacemos para compensar el dolor que hemos causado en el otro. Cuanto más cercano el o la persona a la que hemos dañado y menos «merecido» el daño, más culpables nos sentimos. En el caso de los hijos, la culpa es mayúscula, porque ellos son a los que más queremos y, en el fondo, sabemos que ellos siempre son inocentes.

Parece ilógico, pero sentirnos culpables nos ayuda a calmar el dolor que sentimos por habernos equivocado con una persona a la que amamos. Visto así parece un acto bastante egoísta, y lo es, porque no repara, no ayuda al otro, no consigue que no nos volvamos a equivocar. Sólo sirve para aliviar nuestro dolor por dañar, con más dolor auto infligido.

El mecanismo es este: Si yo te he hecho sentir mal, sintiéndome mal yo parece que me solidarizo contigo y eso arregla algo. Pero esto no es cierto. La culpa no hace nada por nadie. Y menos por ti.

Al contrario, la consecuencia a corto plazo de la culpa en ti, es que te hace sentir mala persona en ese momento. Pero la peor consecuencia es en el largo plazo, ya que, como nos equivocamos taaaantas veces (porque somos humanas) vamos reforzando la creencia de que sí somos malas mamás, malas amigas, malas cuidadoras, malas trabajadoras… malas personas en definitiva.

Cómo lo puedes solucionar

Si te sientes culpable por algo, automáticamente, date cuenta del daño que te estás auto infligiendo para nada. Después reconoce que ese sentimiento no ayuda tampoco al otro en absoluto.

La culpa no beneficia a nadie. Y no te hace mejor persona. Al contrario. Sentirte mal por algo que has hecho, después de hacerlo sólo te indica que has de aprender algo, intentar hacer las cosas de otra manera la próxima vez.

Pero a veces, ni eso es posible, porque todos actuamos bajo condicionamientos en muchas ocasiones. Y esos condicionamientos no son fáciles de modificar. 

Tener la intención de hacerlo, pensar en qué vamos a hacer diferente la próxima vez y ser compasivas con nosotras mismas, son las claves para conseguirlo.

¿Qué es lo que sí puedes hacer?

  1. Repara el error si tiene arreglo
  2. Tanto si tiene arreglo como si no, discúlpate con la persona a la que has dañado
  3. Piensa qué puedes hacer para que no vuelva a repetirse
  4. Si se repite la situación, y te das cuenta de que te estás sintiendo culpable, repite el proceso: eliminar la culpa es como entrenar un músculo, sólo se consigue con repeticiones.

Me encantaría que me digas si te sientes culpable alguna vez en comentarios y qué vas a hacer diferente la próxima vez.

Si te ha gustado el post, dale un like y compártelo, estarás ayudando a que más mamás dejen de sentirse culpables.

Si crees que necesitas ayuda con este tema o con otro que te haga sentir mal como mamá, recuerda que yo puedo apoyarte. Sólo tienes que seguirme en redes sociales o contactar conmigo para que veamos cómo podemos colaborar  Mas información en www.criandoenequilibrio.com

Te mando un abrazo.

Eva Martínez

7 errores que puedes evitar para dejar de sentirte culpable e insatisfecha con la crianza

 

Criar y educar a un hijo es, posiblemente, la tarea más difícil, demandante y agotadora que tengamos que afrontar nunca. Parece que cometer una equivocación irreversible pende de un hilo. Pero no tiene por qué ser así.

Yo siempre digo que esto es a base de prueba y error. Uno toma decisiones, con la mejor intención, esperando un resultado concreto. Pero esto casi nunca ocurre como esperábamos. Porque de lo que hablamos es de seres humanos y de la vida. La vida es aquello que transcurre mientras tú haces otros planes, como decía John Lennon. Y así es.

Uno quiere hacer las cosas lo mejor posible… y lo consigue. Lo mejor posible con lo que se, con lo que me han dicho, con lo que he experimentado en mis carnes… y luego toca ver qué sale de todo eso y rectificar. Siempre rectificar.

Pero parece que tenemos que acertar siempre. Sobre todo en un tema tan importante como este. Y no es así. Eso es totalmente imposible. Pero hay algunos errores que debes conocer para intentar evitarlos. No porque vaya a ser irreparable, sino porque tenerlos presente y rectificar, rectificar, rectificar, puede cambiar radicalmente tu experiencia en la crianza.

Estos 7 errores son los que más pueden influir en que tu experiencia con la crianza sea una pesadilla o no. Todo lo demás, es menos importante, porque recuerda: si tú estás bien, tu familia estará bien.

 

  1. Comparar a tu hijo con los demás

Este es el number one. Una tiene unas expectativas de cómo quiere que sean sus hijos… y de cómo no quiere que sean. Error. Error máximo. Los hijos son, cada uno con sus días buenos y sus días malos, con sus dones y sus errores. ¿Sabes por qué? Porque son humanos. Como tú, como yo, como todos.

Aaaahhh! Pero parece que la hierva crece más verde en el jardín del vecino, ¿verdad? Los niños de los demás siempre parecen mas obedientes, más listos, menos traviesos, … Y encima eso es lo que nos dicen: nuestras mamás, nuestras vecinas, nuestras hermanas: “pues mis hijos nunca hicieron eso”, “pues tú de pequeña te portabas muy bien”…. Patrañas. Por no decir mentiras.

Tu hijo es un ser único, inigualable, especial, es UN MILAGRO viviente. Es un humano excepcional, que está aprendiendo qué es esto de la vida y cómo manejarse con ella. Merece todo nuestro amor y respeto, por sus aciertos y por sus errores también.

Si alguien, alguna vez, te dice o insinúa algo así, piensa jamás pretendieron ayudarte, sólo pretenden ningunearte e infantilizarte. Puedes responderle lo que quieras, pero que suene parecido a “claro, tienes razón, ¡es que mi hijo es único!” Y quédate tan ancha 🙂

 

  1. Escuchar los consejos de todo el mundo

Esta va al hilo de la primera. ¿Qué sabrá nadie de tu vida, de lo que te conviene, de lo que necesitas, de cómo es tu familia…? Harta ya estoy de todo eso. Ni yo lo se, escúchame bien, ni yo se se lo que te conviene. Ni tu madre, ni el pediatra, ni el médico de la familia, ni tu hermana, ni tu amiga la que tiene hijos, ni la que no los tiene… Grrrr… Porque tú y tu familia sois únicos. Nadie debe decirte cómo hacer las cosas, ni opinar de si lo estás haciendo bien o mal. ¡Hombre ya!

No voy a añadir nada más 🙁

 

  1. Pensar que hay una respuesta correcta

No la hay. Esto no es contabilidad o matemáticas. Esto es la vida my darling. En la vida, todo es como debe ser, todo ocurre a su debido tiempo. No te pelees con ella, simplemente actúa con lo que venga.

En la vida no existen los errores, solo los resultados, deseados o no. Sea lo que sea lo que pase, es simplemente un resultado. Tú decidiste llevar a tu niño a su habitación con tres meses para que fuera más independiente (y para dormir un poco más, ¡pecado mortal!)… ¿pero cuál fue el resultado? Que acabaste levantándote cada tres horas a atenderlo.

Ok, está bien, no era lo que esperabas. Si dejarlo llorar no es una opción, ¿qué puedes hacer? Ya has aprendido una forma que no funciona, ya tienes una forma nueva que no probar. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Y si te quivocas? ¡Fantástico! Ya estás una decisión más cerca de acertar 🙂

 

  1. Juzgarte: pensar que te equivocaste

Esta podría haberla puesto la primera porque es lo peor que puedes hacer para tener la crianza satisfactoria y placentera que tanto soñaste. La he puesto aquí porque si has entendido las tres primeras, esta te costará un poco menos de poner en práctica.

De todas formas, el juicio vendrá, porque todas nosotras tenemos un juez interior implacable, que crece a tamaño Hulk cuando somos madres. “Te equivocaste” “tenías que haber echo caso a tu madre, prima, amiga, marido, perro…”. Pues no, no te equivocaste. Cometer errores en la crianza es imposible.

Claro que tendrás que apechugar con las consecuencias de tus decisiones. Por supuesto. De eso no nos libramos. Pero es un error pensar que si no me equivoco todo va a estar bien y me voy a librar de la miseria y el dolor. Ya te hablaré de esto en otro post, pero esas dos compañeras de viaje son irremediables: el dolor lo trae la vida sí o sí, y la miseria (o sufrimiento) es la elaboración mental que hacemos con lo que nos pasa. El sufrimiento lo crea el juicio.

A mi me ayuda mucho, cuando me doy cuenta de que me estoy flagelando, haber tomado la decisión de no cuestionar JAMÁS mis decisiones ni mis decisiones. No arrepentirme. Si me doy cuenta de que el arrepentimiento entra en mi mente lo bloqueo como si fuera un jugador de fútbol americano: placaje y fuera del campo.

Sí puedo rectificar. Si algo no ha salido como yo esperaba, pruebo otra cosa. Pero juzgarme, jamás.

 

  1. No pedir ayuda

Esta es una de las favoritas de todas nosotras ¿que no? Pretendemos ser la mujer maravilla. Unas imitan a sus propias madres, omnipotentes, poderosas, … miserables, tristes, amargadas, fingiendo para no hacer sentir culpables a sus hijos (en los mejores casos, que no en todos).

No hace falta que sufras. Nadie te va a poner en un altar. Eso no va a suceder nunca. Pide ayuda y clarito. Alto y claro. «Necesito que vengas a mi casa a lavar los platos para que yo me pueda echar una siesta”. El día que digas esta frase te habrás consagrado como la persona que se quiere, se respeta y se cuida como todas deberíamos hacerlo. Pero se que nunca lo has hecho, porque las que lo hacen no necesitan estar leyendo este post 😉

Da igual si es ayuda profesional, que alguien venga a limpiar tu casa, a llevar las bolsas del supermercado, a una amiga que te escuche, a tu pareja que se lleve a los niños un rato, PIDE LO QUE NECESITES.

Yo se que es difícil porque no tenemos ni idea de lo que necesitamos. Si te digo: “haz una lista de 10 cosas que necesitas pedir en este momento”, no te salen ni tres. Y de esas tres, con dos, con sólo leerlas otra vez, te sale una risita histérica y una voz en tu cabeza que dice, sí claro, si pides esto te mandan a… volar.

No soy adivina, es que yo también soy pésima pidiendo ayuda. Pero esto es un músculo como cualquier otro. Se entrena. Lo primero es hacer esa lista, cada día e ir pidiendo esas cosas que necesitas. Puedes empezar por lo que te cueste menos trabajo, pero hazla. Me encantará leer tus progresos. Contéstame a este correo y dime cómo te va. Y si lo necesitas… yo te ayudo 😉

 

  1. Dar explicaciones o justificarte con los demás

Si te pillas dando una explicación es porque alguien te está juzgando y tú piensas que tiene razón. Si alguien te juzga es como si alguien te pisa un pie, no debería haber pasado y que estuviera tu pie allí no justifica la pisada. El que se está equivocando es el otro, no tú. 

Grábate esto en tu mente: nadie, nadie, nadie, sabe nada de tu vida, de tu proceso mental cuando tomaste esa decisión, cómo había sido tu día, en qué estabas pensando o las razones por las que lo hiciste. Ni lo saben, ni lo deben saber. Es tu vida.

Recuerda que la crianza es un proceso de prueba y error, y nadie va a pagar las consecuencias más que tú, así que no le debes nada a nadie. Estás haciendo las cosas lo mejor que puedes. Y si el otro no lo sabe, esa es la única explicación que merece: “lo estoy haciendo lo mejor que puedo”. Y punto pelota.

 

  1. Dejar de atender tus necesidades

Me imagino que alguna vez en tu vida te habrás subido a un avión, ¿no?. Y si no lo has hecho, seguro que lo has visto en las películas. Todos los pasajeros se suben, intentan meter sus pertenencias en los minúsculos cajones de encima de sus cabezas. Por fin toman asiento, llega una azafata contando cuantos pasajeros están en su lugar, se cierran las puertas… Entonces la azafata se pone en medio del pasillo, sonrisa en su cara, con una mascara colgando de un tubo en mano, como si aquello fuera el regalo del día de San Valentín.

Exacto, esa máscara se desprenderá del cielo si ese vuelo se convierte en uno de los peores días de tu vida. Todo el mundo estará gritando nervioso, fuera de control. Parece una escena de un niño de dos años haciendo berrinche en el supermercado. Ohhh nooo!!! Socorro!!! Llamen a seguridad!!! Un niño haciendo berrinche!!! Bueno, así es como lo vives tú. Pero volvamos al avión.

¿Qué es lo que te dice esa azafata sonriente en dos o tres idiomas por lo general? Que, pase lo que pase a tu alrededor, da igual si ves saltar al piloto por la ventana con un paracaídas puesto, que te pongas tú primero la mascarilla, no matter what…. Y que únicamente cuando tú la tengas puesta y estés respirando perfectamente, que entonces te puedes ocupar de ayudar al pasajero de al lado.

Si no lo haces así ¿qué puede pasar? sólo una cosa: que mientras estés entretenida poniendo la máscara a la otra persona, nerviosa, te vayas quedando sin oxígeno y que pierdas el conocimiento antes de haber podido ayudar a nadie. Los dos muertos.

Ahora traslada esa escena a tu día a día. ¿Cuántas veces vas justa de energía, cansada, y en lugar de pedir pizza para cenar, ponerle los dibujos a los niños y darte un baño… decides ser la madre del año y meter a tus dos hijos, cansados, en el supermercado a hacer una fila sin fin al lado de las estanterías de los dulces? ¿Cuántas? Se honesta contigo misma. ¡Cientos! ¿Cómo lo se? Mejor no preguntes…

Así somos, las candidatas a madre del año. Y es un error. Tan catastrófico que lo he puesto el último. Para que no se te olvide. Para que la próxima vez que te duela el alma, no te metas en el supermercado.

Me encantará saber de tus peripecias de la maternidad y si te ha servido este post dímelo en los comentarios abajo. Me hará mucha ilusión.

También me encantará que te suscribas, y que compartas el post con otras madres también candidatas a madre del año que seguro conoces 😀

Recuerda que estaré encantada de apoyarte con lo que necesites. Ponme en tu lista ?

Te mando un abrazo enooooorme.

Eva Martínez

Quiero llegar a todo, pero no soy feliz

 

Las mujeres somos súper poderosas. Las que somos mamás, las que no, las que trabajan, las que son amas de casa, las que sostienen emocionalmente a su familia, a sus parejas, las que ponen proyectos en marcha… todas tenemos hijos propios, adoptados, inventados, acoplados, interesados… Y como nosotras podemos, pues ahí vamos con todo…

Pero nuestros hijos REALES son lo más importante, nuestras familias, ellos son todo para nosotras, pero, en el fondo, ¿somos felices? Es muy injusto para ellos ser un componente importante en nuestra infelicidad. No es justo para nadie. No lo es para nuestras parejas que quisieran vernos felices, no es justo para nuestros hijos, porque ellos no pidieron venir a este mundo. Pero sobre todo no es justo para ti. Tú no mereces ser infeliz.

Parece que todo depende de nosotras: la casa, los hijos, los papas (propios), los papas (de nuestros hijos), que nuestros hijos sean alguien en la vida (…), que estén «bien» educados, debemos ir siempre perfectas, no tener problemas (o que no se note mucho por lo menos). Es demasiado. Y lo peor es que no es verdad, no todo debe depender de nosotras. Nos han vendido la moto y nos la hemos tragado enterita.

Y lo peor es que no es verdad, no todo debe depender de nosotras.

Cuando trabajo con grupos de mujeres mamás, raro es el día que no bromeo diciendo que voy a comprar un perchero para que dejen la capa de súper heroína fuera. Suele causar risa nerviosa y después una bajada de hombros y un «si, es cierto». Pero esta toma de conciencia nos dura poco.

Estamos entrenadas para poder con todo. «Si quieres puedes», «si te organizas, lo lograras»… esos son los mensajes externos e internos que nos bombardean y nos empujan a seguir tirando del carro. Y son ciertos. Podemos, pero ¿queremos? ¿somos más felices por eso? o, por el contrario, tanto si lo conseguimos como si no, sentimos que nos estamos abandonando y eso nos produce una profunda tristeza.

Podemos, pero ¿queremos? ¿somos más felices por eso? o, por el contrario, tanto si lo conseguimos como si no, sentimos que nos estamos abandonando y eso nos produce una profunda tristeza.

Este es un planteamiento que a veces perdemos de vista. ¿Quién me dicta lo que tengo que hacer, donde tengo que llegar, qué meta tengo que alcanzar? ¿Yo? No siempre. Una pista: ¿cuántas de las cosas que haces te llenan de energía? O mejor, de todas las cosas que haces, nombra una que te llene de energía. ¿Cada cuánto la haces?

 

Hemos perdido el contacto con nosotras mismas, con nuestros pulsos internos, con nuestra voz interior.

Hemos aprendido a malgastar nuestro poder, a entregarlo, por ser aceptadas en un mundo al que no pertenecemos. Y lo peor es que, si alguna de las tareas que nos han encomendado fallan, nos sentimos culpables, incapaces, defectuosas, sin poder y, en lugar de pararnos a reflexionar si en realidad toda esa responsabilidad es en realidad nuestra, simplemente nos levantamos y volvemos a la carga.

Hasta el gran Steven Covey lo dice: hay que afilar el hacha. Para las que no habéis oído el cuento del que el gran gurú de la organización del tiempo se inspiró, os lo hago corto. Dos leñadores hicieron una competencia para saber quién era capaz de cortar más árboles.

La verdad, no recuerdo por qué. Uno comenzó venga a talar y a talar como un loco, hasta que su hacha ya no pudo cortar más. Mientras tanto, el otro se dedicó a afilar su hacha. ¿Quién ganó?. Pues eso, el que se ocupó de poner a punto su herramienta. ¿Cuál es tu herramienta? Tu instinto, tu alma, tu intuición, tu cuerpo, tu energía, tu alegría, tu empuje y tú amor. ¿Los estás dando el mantenimiento que merecen?

¿Cuál es tu herramienta? Tu instinto, tu alma, tu intuición, tu cuerpo, tu energía, tu alegría, tu empuje y tú amor. ¿Los estás dando el mantenimiento que merecen?

Te doy otra razón. Mira, puede que nadie te lo dijera antes, pero todas las personas del mundo tienen unos derechos fundamentales irrevocables, y que aunque no estén en ninguna constitución, todos poseemos. Estos son:

NUESTROS DERECHOS ASERTIVOS BÁSICOS

1. El derecho a ser tratado con respeto y dignidad.

2. El derecho a tener y expresar los propios sentimientos y opiniones.

3. El derecho a ser escuchado y tomado en serio.

4. El derecho a juzgar mis necesidades, establecer mis prioridades y tomar mis propias decisiones.

5. El derecho a decir “NO” sin sentir culpa.

6. El derecho a pedir lo que quiero, dándome cuenta de que también mi interlocutor tiene derecho a decir “NO”.

7. El derecho a cambiar (añado: y a no cambiar)

8. El derecho a cometer errores.

9. El derecho a pedir información y ser informado.

10. El derecho a obtener aquello por lo que pagué.

11. El derecho a decidir no ser asertivo.

12. El derecho a ser independiente.

13. El derecho a decidir qué hacer con mis propiedades, cuerpo, tiempo, etc., mientras no se violen los derechos de otras personas.

14. El derecho a tener éxito.

15. El derecho a gozar y disfrutar.

16. El derecho a mi descanso, aislamiento, siendo asertivo.

17. El derecho a superarme, aún superando a los demás.

 

Y no lo digo yo. El recopilador original de estos derechos fue Manuel J. Smith en su libro «Cuando digo, no me siento culpable». Toma nota.

¿Y por dónde empezar?

A lo mejor ya te has dado cuenta de que necesitas cortar, pararte y pensar qué te hace feliz a ti. Pero en la práctica es difícil, el día a día nos supera con la rutina. Hacemos las cosas sin pensar. Y sólo somos conscientes de que nos estamos extralimitando cuando nos sentimos dolidas con los otros por no reconocer nuestro esfuerzo o cuando estamos exhaustas.

¿Por dónde empezar a reclamar mi espacio, mi tiempo, mis derecho a ser o no ser o dar o a no dar todo de mi? Te doy una pista. ¿Alguno de estos derechos universales te ha tocado? ¿Crees que alguno no debería estar en esa lista? Pues ese. Empieza por ese.

¿Alguno de estos derechos universales te ha tocado? ¿Crees que alguno no debería estar en esa lista? Pues ese. Empieza por ese

Si quieres te doy otra pista: sólo tus hijos necesitan de ti (si tienen menos de 20 años). Del resto de tropa que anda ahí encaramada en tu carro te puedes ir deshaciendo de todos, como hojas de margarita. Porque al final, la única persona en el mundo que te tiene que querer a estas alturas del cuento eres tú. 

Para poder seguir a delante sin rompernos, sin dejarnos el alma en el intento, sin fallar a los que nos importan, sin gritarles, sin explotar, sólo podemos hacer una cosa: aunque podamos hacer más, debemos dosificar nuestras fuerzas, encontrar aquellas cosas que nos hacen felices, que nos llenan de energía y darnos una dosis de vez en cuando. Porque lo mejor que podemos hacer por los que más amamos es estar bien para poder darles lo mejor de nosotras mismas.

Te mando un abrazo enorme y ya sabes: a afilar el hacha.

Si descubriste algo, si encontraste algún aprendizaje o algo que te gustó en esta entrada, ayúdame a difundir el mensaje regalándonos un “me gusta” y compartiendo el post. También me encantará conocer tu experiencia en este sentido y tu opinión abajo en la parte de comentarios.

Si quieres que te ayude, personalmente, a que aprendas a poner límites en tu vida, a cuidarte y a darte y dar a tu familia la calidad de vida que necesitas, por favor, cuenta conmigo. Mira los programas que tengo en marcha para poder apoyarte aquí. Juntas podemos hacer que todo esté bien. Te lo garantizo.

Si estás en contacto con una mamá reciente, ¡por favor, lee esto!

 

Todos queremos ayudar a las nuevas mamás. Cada uno tiene sus buenas razones, pero no se por qué cada quién tiene una visión de lo que se debe hacer y se siente en la obligación de “salvar” a esa madre que no tiene experiencia.

Está claro que las mamás necesitamos ayuda. Es un momento nuevo, muy importante, diría crucial en nuestra vida y a veces nos sentimos desbordadas. Eso sí es verdad. El problema es que cada uno quiere “salvarnos” a su manera. A veces pienso que es para subsanar sus propios errores o no se, pero nadie se da cuenta del daño que nos hacen con los comentarios.

En primer lugar nos dañan porque nos hacen ver como incapaces. El mensaje subliminal es “yo se, tú no”. Esto, además de irrespetuoso es falso. La mamá sabe. Quizá tú tengas más experiencia de mamá, pero ella tiene más experiencia como la mamá que es con el hijo que tiene y con el que tú has pasado apenas minutos. Además, nos hace mucho daño a la autoestima, nos genera dudas y lo que es más importante, nos aleja de nuestro instinto. No lo hagas por favor.

Quizá tú tengas más experiencia de mamá, pero ella tiene más experiencia como la mamá que es con el hijo que tiene y con el que tú has pasado apenas minutos

Este es uno de los post que me gustaría que lo compusiéramos entre todas, y que lo compartiéramos para que llegue a toda esa gente que, con la mejor intención (o no), nos irrita, nos ofende y nos hace sentir mal, cuando en la mayoría de los casos pretende lo contrario. Me gustaría que además de estas frases añadieses las tuyas en los comentarios y que lo compartieses donde creas que pueda servir. Con una sola persona que tome consciencia y cambie su actitud, habremos cumplido un gran objetivo.

 

A las abuelitas (mamás de las mamás y papás), a la señora que me encuentro por la calle, a mi amiga la que no tiene hijos y a la que sí los tiene, a mi pareja, a mi hermana, a mi prima y a mi cuñada. Por favor, lee esto, es importante:
  • No me digas lo que tengo que hacer
  • No me digas que yo tengo la culpa de lo que le pasó a mi bebé
  • No me digas que no lo cargue, me gusta hacerlo y a él/ella también que lo cargue
  • No me digas que no duerma con él, yo no te pregunto con quién duermes tú
  • No me digas que lo estoy malcriando, malcriar es criar mal y criar con amor es criar bien
  • No me digas que usted sabe mucho porque tiene experiencia, sabe mucho de sus hijos, pero no del mío
  • No me quieras quitar a mi bebé de los brazos, no nos gusta
  • No le hables a mi bebé de cómo lo crío como si yo no estuviera allí, es una falta de respeto hacia mi
  • No le pongas adjetivos (enojón, llorón, caprichoso), mi bebé es mucho más que su actitud o su comportamiento
  • No le arrebates las cosas a mi bebé de las manos, es una falta de respeto hacia él
  • No le digas que su mamá es esto o lo otro, eso es una falta de respeto hacia mi
  • No asustes o amenaces a mi bebé, el miedo no es nuestro estilo de enseñanza y es malo para su desarrollo
  • Jamás le digas que no le vamos a querer, porque primero no es verdad y segundo porque le hará sentir muy triste
  • No le digas que no se ensucie, que algo es peligroso, que no grite, ¡es un niño por el amor de Dios!
  • No le digas jamás que no llore, que no se enfade, que no se ponga triste, porque estará dañando su capacidad de sentir y su inteligencia emocional no se desarrollará correctamente
  • No le toques los pies a mi bebé. No tiene frío. No se va a enfermar porque tenga frío sino por los virus que tú traes en las manos
  • No me digas si tiene frío o calor. Créeme yo soy la persona en el mundo que más se preocupa por su salud y su bienestar
  • Si llegas a casa, pregúntame qué necesito, en lugar de quitarme a mi bebé
  • Ayúdame con las tareas que me separan del bebé
  • Si estoy en el baño y el bebé llora, no te pasees con él por la puerta del baño para que me de prisa
  • Si me quejo, no me digas qué hacer, a lo mejor sólo quiero desahogarme
  • Si estoy estresada, sólo escúchame y pregúntamé “¿Qué necesitas?” Esas palabras son mágicas para mi
  • Si me quejo de algo, no me digas que tus hijos nunca lo hicieron (berrinche, dormir toda la noche, enfermar, comer…) eso me hace sentir como una tonta y como una mala mamá (además dudo de que sea verdad)
  • No compares a tus hijos con los míos, ellos son únicos y especiales (también)
  • No presumas de lo que hacen tus hijos, eso no es bueno para los tuyos porque muestras que tu amor es condicionado ni para los míos porque los estás comparando (ver arriba)
  • No trates mal a tus hijos delante de mi o de mis hijos, es una situación muy violenta para todos
  • Si todavía no tienes hijos no me juzgues, solamente toma nota y prepárate para lo que te viene

 

Seguro que he olvidado muuuuchas actitudes tóxicas con las mamás. Ayúdame a completar este post poniendo las tuyas en los comentarios y ¡comparte!

Muchas gracias por ser una voz más en defensa del respeto en la crianza.

 

 

Objetivo volver al equilibrio

3654349493_7f6eabc6a0_zA veces pienso que este blog debería haberse llamado criando en la cuerda floja… ¿Te has sentido así alguna vez?

Quizá sí es verdad que el equilibrio esta sobrevalorado. Que después de años de salir de fiesta por ahí en las noches, a las mamás y a los papás nos da por querer dormir justo cuando tenemos hijos.

Es verdad que la maternidad es la época más caótica de la vida. Es cierto, pero creo que el equilibrio no está sobrevalorado, sino que está mal entendido.

El chiste del equilibrio no es permanecer en él, cuál estatua de mármol. Eso es imposible y además es muy aburrido. La cosa está en regresar al equilibrio, una y otra vez, con todo lo que la vida te trae cada día.

El esposo, el bebe, la suegra, la lluvia, el tráfico, la prima que acaba de tener un bebé… Con todo y con eso, ahí vamos. De eso se trata este blog: de aprender a ir con lo que hay.

La cosa está en regresar al equilibrio, una y otra vez, con todo lo que la vida te trae cada día.

¿Y por qué ahora, en la maternidad? Porque en otros momentos podíamos o creíamos poder controlar, más o menos. A mí misma, al otro, las circunstancias… Pensábamos que podíamos trabajar duro, organizarnos, planificar… Pero con la maternidad esa ilusión de control se esfumó como nube de verano. Si ya tienes a tu bebé ya sabes que cualquiera que sean tus planes, cualquiera que sea tu propósito y tu voluntad, seguro no tendrá más que ver con la realidad que una película de marcianos. Y si no tienes a tu bebé aún, dentro de poco sabrás de lo que te hablo.

Ahora es una cuestión de pura supervivencia, mental, física, emocional, de nuestra vida en pareja y agregados. Pero esa no es la razón más importante para que te pongas manos a la obra. Lo mejor de este momento es que ahora tenemos al mejor maestro del mundo allí 24 horas mostrándonos el camino: nuestro bebé. Ellos son maestros del aquí y ahora.

Mi hija tiene las cosas muchísimo más claras que yo. Cuando tiene hambre llora. Pide lo que necesita. Si se aburre se pone a otra cosa. Si ya no le interesa algo, abre su mano y lo deja caer. Si tiene sueño duerme, pero si no lo tiene…

…ahora tenemos al mejor maestro del mundo allí 24 horas mostrándonos el camino: nuestro bebé. Ellos son maestros del aquí y ahora

No sé si a ti te pasa, pero yo no soy capaz de todo eso. Mi cabeza se llena de lo que estará bien y lo que estará mal, de lo que toca, de lo que yo u otro tenía previsto, de qué pensaran de mi. De lo qué hice o no debería haber hecho ayer. De lo que debería hacer o lo que voy a hacer mañana. ¿Y mientras? Mientras la vida pasa mirándome de reojo, con la sonrisa sarcástica de quién sabe que al final se saldrá con la suya.

Así que este es mi propósito: aprender a vivir la vida de otra manera. Oler las flores. Aprender cuando toca hacer y cuando no. Observar a mi maestra (mi hija) con ojos limpios de prejuicios y condicionamientos. Desaprender lo absurdo de esta vida y que tan a fuego tenemos metido.

La vida pasa, todo pasa. Lo único seguro en la vida es la impermanencia. Nada se queda como está. Y va rápido. Mi hija ya no será la misma mañana, dentro de un rato. En un abrir y cerrar de ojos será una adolescente y luego se convertirá en adulta y me dirá adiós, formará su vida y su familia. Y así debe de ser.

three-balls-1537831

…este es mi propósito: aprender a vivir la vida de otra manera. Oler las flores. Aprender cuando toca hacer y cuando no

Mientras están ocurriendo los problemas, las enfermedades, las molestias, parece que no se van a acabar nunca. Pero si aprendemos a soltar y a vivir el momento, a tomar la vida tal y como viene mientras resolvemos lo que podemos, estaremos un abismo más cerca de la paz mental que tanto anhelamos.

 

Como una vez leí a Paulo Coelho, aunque no nos demos cuenta, somos como los malabaristas, que después de lanzar las bolas al aire, hacemos nuestra pirueta y ya sólo nos resta poner las manos, y esperar que Dios esté de acuerdo con nuestro plan para que vuelvan a caer en ellas.

Si te parece te invito a recorrer este viaje de autodescubrimiento conmigo. Porque tu bebé se merece una madre consciente y en equilibrio que le de alas para volar. ¿Me acompañas?

 

Si te ha gustado esta entrada, suscríbete a nuestro blog y estarás al día de nuevos posts, novedades, encuentros y más.

No te enviaremos spam ni compartiremos tus datos con nadie.